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Leila Guerriero: Las migajas

 

Una colega me envía un fragmento de la carta que le escribió Saul Bellow a Bette Howland, una escritora que había tomado pastillas para suicidarse y que contó esa experiencia en su libro S-3, quizás siguiendo el consejo que le dio Bellow en aquella carta: “En cuanto a escribir, creo que deberías hacerlo, en la cama, y aprovechar tu infelicidad. Yo lo hago. Muchos lo hacen. Uno debería cocinar y comerse su miseria. Encadenarla como a un perro. Aprovecharla como si fueran las Cataratas del Niágara, para generar luz y suministrar voltaje para sillas eléctricas”. No siempre el sufrimiento puede capitalizarse, ni siquiera si se tiene talento. Allí está Silvia Plath, que abandonó la poesía para abrazar la muerte por gas. Por otra parte, el sufrimiento psíquico no es requisito para ser extraordinario, ni lo garantiza. En España, el 29% de los adultos presenta síntomas depresivos. Un 10% de la población consume antidepresivos a diario. La demanda de esos fármacos subió un 24% en el último año. Hace meses, en Madrid, una persona me preguntó qué podía hacerse para abordar el problema de la salud mental. Dije que hay dos palabras que se me ocurren: rápido y fácil. No que el tratamiento sea rápido y fácil, sino el acceso a él. Que no haya que esperar meses para una consulta, que la (falsa) solución no se reduzca a una pastilla. El gasto mundial destinado a este rubro representa apenas el 2% del presupuesto de salud. Ese es el voltaje de importancia que los países adjudican al tema. Una cifra miserable que condena a la mayoría a cocinar el sufrimiento en soledad, sin más recurso que la resistencia propia. Capitalizar el dolor no es una virtud artística, es un milagro del talento. Para el resto, es una calamidad cotidiana. Mientras la respuesta sea una lista de espera infinita o una pastilla automática, seguiremos encadenando el dolor como a un perro. Sólo que, tarde o temprano, es un perro que muerde.