Hay temores que se aprenden en la infancia: La oscuridad, la soledad, el trueno. Y existen otros que se adquieren después, gobernando la propia vida como quien avanza descalzo sobre vidrios: el pánico a hablar, la desconfianza hacia el otro y el más terrible de todos, el recelo hacia la esperanza. Porque quien ha esperado demasiado y ha recibido poco termina protegiéndose de la única cosa que podría salvarlo. Ese es el punto exacto donde estamos: no vencidos por la fuerza, sino por el cansancio de creer.
La represión no irrumpió de golpe. Se instaló igual que la noche: primero una sombra, luego otra, hasta que nadie recordó cómo era la luz plena. No encarcela solo cuerpos; cierra conversaciones, gestos, miradas. Enseñó a las madres a advertirles a sus hijos «no escribas eso», tambien a los vecinos a bajar la voz, lo grave a un pueblo entero el arte de la autocensura. Cuando el silencio se vuelve costumbre, ya no hace falta carcelero: cada quien vigila su propia jaula.
El resultado es una nación que fue gigante y hoy duda de su propia sombra. La confianza en sí misma se erosiona como la montaña bajo la lluvia, y con ella se desplomó la autoestima colectiva. La dignidad de un pueblo se mide en la postura de sus ciudadanos al recorrer la calle, y hoy se anda encorvado, calcula, sobrevive. Nos convencieron de que éramos menos de lo que somos, y esa fue quizá la victoria más cruel de todas: nadie necesitó hacernos sumisos,, bastó con hacernos creer que ya estábamos derrotados.
La paradoja duele más porque nadamos sobre un mar de petróleo y nos morimos de sed. El país que pudo serlo todo y al que le negaron todo. El crudo, que debió ser bendición, se convirtió primero en anestesia y después en botín. El mar de oro negro sigue ahí, debajo de nosotros, mientras mendigamos en la orilla. Y eso, más que la pobreza misma, es lo que corroe el alma: la certeza de que la miseria no era destino, sino decisión.
Aun así, siempre surgen líderes que desafían. Hombres y mujeres que se niegan a arrodillarse, que saben que la cárcel los espera y aun así hablan. Su valentía incomoda porque funciona como espejo: demuestra que bajar la cabeza es, en el fondo, una elección. Pero flotamos alrededor de ellos sin sumarnos, porque el país perdió densidad, peso específico, profundidad. Todo es consigna y nada es convicción. La frivolidad también es una estrategia de dominación: un pueblo ocupado en sobrevivir mañana no tiene tiempo de transformar el siglo.
Aquí se cierra el círculo de nuestra derrota íntima. El optimismo ingenuo se estrelló contra la realidad tantas veces que la esperanza se volvió sospechosa. Cuando alguien afirma «vamos a salir de esto», la respuesta instintiva es la desconfianza. Creer, duele cuando se cae, y hemos caído demasiadas veces. Esa es la trampa perfecta: una nación que teme esperar ya está medio vencida, porque la esperanza no es un sentimiento decorativo, es el combustible de toda acción colectiva. Sin ella no hay marcha, no hay voto, no hay construcción posible.
La historia nos ha golpeado incluso desde la naturaleza. Recordemos diciembre de 1999: la vaguada que descargó sobre Vargas lluvias de días enteros, hasta que el Ávila se desbordó en aludes de barro y piedra que arrasaron pueblos completos y sepultaron a miles de venezolanos mientras el poder miraba hacia otro lado. Y recordemos también el doblete sísmico del 24 de junio de 2026, apenas unos meses atrás: dos sacudidas consecutivas que tumbaron casas, cobraron vidas y derrumbaron algo más profundo que las paredes: la certeza de que alguien acudiría a protegernos. Los desastres naturales desnudan a los gobiernos, y el nuestro quedó desnudo ante el mundo: incapaz, indiferente, ocupado en otras cosas mientras el barro y los escombros se tragaban a los nuestros. Los fallecidos de esas tragedias no son cifras: son la prueba documental del abandono. Desde entonces el rumbo se volvió borroso: un país que expulsa a sus hijos, que quema su futuro para calentar su presente, que confunde resistir con resignarse, ha perdido el mapa, y nadie se atreve a dibujar uno nuevo.
En medio de ese vacío, en los altares sigue viva el alma. El Negro Felipe recibiendo ofrendas, los orishas yoruba mezclados con los santos católicos, María Lionza en su montaña de Sorte. El pueblo que perdió la fe en las instituciones la depositó en los espíritus. Es hermoso y es terrible a la vez: cuando la política falla, el misticismo ocupa su lugar. Los altares se multiplican en proporción exacta a la desesperanza. El sincretismo es nuestra forma de rezar cuando ya no sabemos a quién reclamarle en la Tierra.
Porque la verdad es que no existió revolución: existió un cambio de dueño. La hacienda cambió de administrador, pero los peones siguen siendo los mismos. Las élites se turnaron el poder como quien se turna un botín, y el pueblo, siempre el pueblo, pagó la fiesta de todos. Ese sistema, que parece monolítico, es en realidad papel mojado. Su fragilidad es evidente: se sostiene no por su fuerza, sino por nuestra parálisis. Cada institución hueca, cada juez comprado, cada decreto absurdo es una grieta. Los imperios del terror son frágiles precisamente porque nadie los ama: solo los temen, y lo que se teme sin amor se abandona en cuanto flaquea.
Los signos de esa debilidad están a la vista. Los militares ocupando puestos civiles: donde debía haber un técnico hay un coronel; donde debía haber mérito hay lealtad. La militarización de lo civil es la confesión de que el poder no confía en nadie que no lleve fusil. Y la palabra libre, primera víctima de todo proceso autoritario, yace asfixiada: periódicos cerrados, radios clausuradas, periodistas exiliados, ciudadanos encarcelados por un mensaje. Un país sin libertad de expresión es un enfermo al que le prohibieron decir dónde le duele, condenado a empeorar en silencio. Y encima de todo, el mensaje más devastador de la era: robar paga. El corrupto prospera, el honesto emigra. Cuando la corrupción deja de ser excepción y se vuelve escalera social, la sociedad entera se pudre desde la cabeza hasta los pies, porque el esfuerzo honesto pierde sentido frente al enchufe y la maleta.
Nadie entiende del todo cómo llegamos hasta aquí, aunque todos lo sentimos: el abuelo frente a la nevera vacía, el joven en la fila del pasaporte, la madre rezando ante el altar. La incomprensión es también una forma de dolor, y quizá la más profunda, porque lo que no se comprende no se puede combatir.
Es aquí donde debemos volver la vista al Libertador, que lo vio claro hace dos siglos: «Moral y luces son nuestras primeras necesidades». No el petróleo, las armas, ni los caudillos: moral y luces. La moral cívica no se decreta: se ejerce, enseña, y contagia. Y hoy está en coma, porque durante décadas el ejemplo vino de arriba hacia abajo, y el ejemplo fue el saqueo. Las primeras necesidades del alma —la ética, la educación, la vergüenza de hacer el mal— fueron sustituidas por la supervivencia a cualquier precio. Una nación sin moral cívica es un edificio sin cimientos: puede exhibir fachada de riqueza, pero se derrumba con el primer temblor. Ahí está la raíz de todo lo demás: la represión, la corrupción, la fragilidad institucional son síntomas de esa enfermedad original.
Pero la esperanza no murió. Está herida, escondida, avergonzada de sí misma, pero viva. Vive en cada altar encendido, en cada líder que desafía, en cada madre que todavía dice «mi hijo volverá». Temerle es comprensible después de tantas caídas, pero esa cautela es la última trampa. El día que volvamos a creer sin pedir garantías, ese día exacto comenzará el cambio que ningún decreto podrá detener.
La salida no nace en un palacio ni en un cuartel. Surge del acto mínimo y subversivo de atreverse a esperar.

