El show de la firma del acuerdo en el Salón Sol del Perú fue una escena construida desde la ansiedad de quien necesita símbolos prestados porque carece de propios. Ese salón —espacio de luz ceremonial en la tradición miraflorina— terminó convertido en escenario alquilado para una función sin densidad ni legitimidad suficientes para sostener el sol que lo preside.
Todo brillaba demasiado: Paredes pulidas, piso impecable, bandera presentada con precisión casi militar. Pero era, sin embargo, un brillo frío, un resplandor que no emanaba de la república sino de la urgencia de parecer república. La claridad del salón no alcanzaba a los protagonistas; Los dejaba expuestos, como figuras de museo de cera bajo una luz que revela más de lo que oculta.
El ambiente tenía esa textura de los actos montados para la cámara: perfumes compitiendo con el olor del papel recién impreso, trajes de pasarela, pasos medidos, miradas que buscan la lente antes que la historia.
Y empezó el acto. “It’s showtime, folks!”
No fue acto. Fue más bien una puesta en escena. Los documentos, colocados sobre la mesa con exagerado cuidado, parecían utilería más que acuerdos. Los tocaban con una delicadeza impostada, conscientes de que la solemnidad no está en el papel sino en la legitimidad que no poseen. El sol dorado del salón funcionaba como espejo incómodo: Mostraba la distancia entre la grandeza del símbolo y la pequeñez del acto.
El día anterior, la antesala que no salió en la transmisión: La congestión en Maiquetía. El aeropuerto, en estado transitorio, se volvió un embudo sofocante, un hervidero de gente atrapada entre cintas, gritos y funcionarios desbordados. El aire tenía ese espesor que aparece cuando la autoridad decide que unos valen más que otros.
Los “visitantes” que venían a la firma, aterrizando en aviones privados, fueron recibidos como si trajeran un tratado de paz y no un papel inflado para la foto. Sus aeronaves ocuparon posiciones privilegiadas, desplazando vuelos comerciales y provocando retrasos, desviaciones, esperas interminables. Los pasajeros comunes quedaron arrinconados, mirando cómo la pista se reservaba para comitivas con escoltas, camionetas blindadas y un protocolo que parecía capricho más que necesidad. El país detenido para que el espectáculo siguiera su curso. La república en pausa para que la escenografía no se desmoronara.
El Salón Sol del Perú fue el teatro. Maiquetía, el backstage. Y los acuerdos, piezas de utilería iluminadas con símbolos ajenos. Todo bajo la misma lógica: La del poder que necesita luces prestadas para verse, que cree que la dignidad se alquila, que confunde ceremonia con maquillaje.
Tengo buena memoria. Recuerdo cómo durante el gobierno de Caldera la discusión sobre la apertura petrolera fue intensa y minuciosa. Luis Giusti y el directorio se quedaron sin saliva explicando cada detalle. Estos acuerdos de ahora, cocidos en oficinas clandestinas, los despacharon en media hora en la Asamblea Nacional fantoche y en menos de dos horas en un “get together” en el Salón Sol del Perú.
Eso sí, hubo besuqueo abundante —poco elegante para los cánones de Carreño y Emily Post— entre los augustos funcionarios estadounidenses, los “empresarios”, los funcionarios venezolanos y la señora interina, encargada o como prefieran llamarla los titiriteros. Un mequetrefe con coleta, que se identificó como venezolano, inició su intervención en español y rápidamente suicheó a inglés, para que la jalada de bola fuera bilingüe. El ungido Virrey de Venezuela, míster Wright, presidía la ceremonia marcando territorio como fiera en la selva. También estaba la ministro de la cartera, muy sonriente, recién llegada de Houston y con zapatos de camionero.
Terminado el acto, cuando por fin se apagaron las sonrisas rígidas y cesó la retahíla de bobadas en ambos idiomas —esas frases infladas que no dicen nada pero ocupan espacio— vino la declaración a la prensa.
Y ahí, inevitablemente, la gata volvió a montarse en la batea. El Palacio, que minutos antes pretendía ser escenario de solemnidad, se transformó en periquera, un corral de micrófonos donde la escenografía ya no podía sostener la impostura. Bastó abrir los labios para que se desmoronara la ceremonia y quedara expuesto el hueso del espectáculo.
Entre las perlas que soltaron Chris Wright y Delcy Rodríguez estuvieron estas:
El Virrey, con cadencia de funcionario que ha repetido el libreto en otros territorios, habló de miles de millones y empleos por montones, como si la economía venezolana fuese un motor que solo necesita gasolina extranjera para rugir. Dijo que la misión es traer paz, libertad, oportunidades, prosperidad: palabras que en boca de un enviado estadounidense suenan más a consigna electoral que a promesa verificable. Agradeció el arduo trabajo conjunto, restó importancia a las críticas y dejó caer la idea de que la energía es catalizador económico, una varita mágica capaz de enderezar un país torcido.
Delcy acomodó el guion a la narrativa doméstica. Habló de empleos inmediatos, casi como si las inversiones fueran a brotar del suelo con la velocidad de un aguacero tropical. Celebró la llegada de capitales y tecnologías, pero marcó territorio: La soberanía sobre los hidrocarburos no se negocia. Lo dijo con ese tono firme que usa cuando quiere que el mensaje quede grabado. Y añadió, como quien deja caer una piedra en un estanque, que habrá elecciones cuando el país esté “debidamente preparado”, que trabajan sin descanso para ese momento. Una frase que, en Venezuela, siempre abre más preguntas que respuestas.
El resultado fue un acto donde cada quien dijo lo que debía decir: Wright prometiendo prosperidad y minimizando ruidos; Delcy estrenando traje, celebrando inversiones y deslizando que el calendario político sigue siendo potestad exclusiva del poder, que en realidad reside en The White House, donde el jefazo dijo que Venezuela no está preparada para elecciones. Ya informará.
El gran ausente fue el delfín: Alejandrito, para los panas. Se perdió los tequeños, o tal vez se los comió escondido en la oficina de Delcy.
Daría mi vida por traer del más allá a Petkoff, Antonio Cova y Cabrujas. Sus crónicas sobre este show serían de colección.
Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

