Ya sé que Venezuela agota. Agobia como agota un sol que no pide permiso para caer sobre la nuca; Como agota un viento caliente que no refresca, apenas recuerda que uno sigue vivo. Es un cansancio que se vuelve paisaje, que se vuelve olor, que se vuelve la manera en que uno camina y hasta la forma en que uno mira. Este país nunca fue fácil, y —si uno es honesto consigo mismo— jamás lo será. Venezuela nació con la grieta puesta, con la luz mal distribuida, con esa mezcla de esplendor y desorden que no permite la comodidad ni por un minuto. Aquí nada se entrega sin pelea; Aquí hasta el agua tiene carácter. Y a los extranjeros que nos observan desde la distancia les resultamos un acertijo. Nos miran como quien mira un animal que no sabe si es peligroso o más bien sagrado. Con curiosidad, con distancia, con esa arrogancia suave del que cree entender lo que nunca ha vivido.
He tenido la suerte —o la condena, según el día— de viajar por varios países de América y Europa. Y sí, somos una mezcolanza, pero no una mezcolanza cualquiera: Somos una mezcla de intensidades multicolores que no cabe en las categorías prefabricadas de los folletos turísticos ni en las simplificaciones de antropólogos apurados. Viajar, ver otros parajes, escuchar otras lenguas, me enseñó algo que desde adentro cuesta aceptar: No nos parecemos a nadie. No porque seamos mejores ni peores, sino porque fuimos amasados por una combinación de historia, geografía, tragedia y humor que no se repite en ninguna otra parte. Somos hijos de un país que nunca ha sido estable, que nunca ha sido predecible, que nunca ha sido manso. Y eso nos dio una manera particular de estar en el mundo: Una forma de mirar que es casi un arma, una forma de reaccionar que es casi un instinto, una forma de sobrevivir que es casi un arte.
Hace muchos años viví en Francia por unos meses. Una tarde, tomando café, una profesora de mucho lustre y vasta experiencia me soltó, con esa elegancia que es apenas una forma de marcar territorio: “Vous êtes plutôt exotique.” Exótica. No como insulto, sino como diagnóstico clínico. Como si yo fuera una vibración inesperada en un paisaje que no tolera sobresaltos. Y ahí entendí algo que después confirmé en cada viaje: Nuestra diferencia se nota antes de que abramos la boca. Está en la manera de sostener la mirada, en la intensidad que llevamos como segunda piel, en esa electricidad que no sabemos apagar.
En otras latitudes la vida tiene ritmos más claros, reglas más firmes, expectativas más dóciles. Nosotros venimos de un lugar donde todo puede cambiar en un segundo, donde la improvisación es herramienta de supervivencia, donde la alerta es una forma de inteligencia. Esa escuela nos vuelve veloces para leer el ambiente, intuitivos para detectar peligros, creativos para resolver lo imposible, capaces de reír en medio del derrumbe. Esa mezcla no se aprende en universidades ni se hereda por apellido: Se forja en la cola del supermercado, en el apagón que obliga a conversar, en la solidaridad que aparece sin anuncio, en la calle que enseña sin piedad.
Por eso los extranjeros se desconciertan. Les cuesta entender que este caos tiene reglas, que esta precariedad tiene rituales, que esta resistencia tiene una estética propia. Les cuesta entender que Venezuela no se explica: se vive, se padece, se ama, se sobrelleva, se recuerda como se recuerdan las cicatrices.
Y aun así, aquí estamos. Cansados, sí. Agotados, por supuesto. Pero también conscientes de que este país, con toda su aspereza, nos moldeó de una manera que no se puede traducir sin haberla respirado. Venezuela es difícil, pero es nuestra. Y en esa pertenencia hay una fuerza que no se rinde, una memoria que insiste, una esperanza que —aunque mínima, aunque a veces microscópica— se niega a desaparecer.
Al final, creo que eso es lo que somos: una Rareza con sabor a casa, de esas que uno reconoce como quien reconoce el olor del café colado en manga. Una rareza sin disculpas ni protocolo, más bien con ese desparpajo nuestro que mezcla resignación y picardía.
O, como me dijo un amigo sureño una noche de calor pegajoso, luna llena y ron del bueno en Margarita —esas noches donde la verdad se suelta sin pedir permiso—: “Vos sos un lunar en una piel lisa.” Y lo dijo riéndose, como quien suelta una sentencia y al mismo tiempo un chiste. Un lunar: chiquito, testarudo, imposible de ignorar. Ese puntico que arruina toda posibilidad de perfección y, por eso mismo, la vuelve interesante.
¿Qué somos?, me pregunto. Somos una mezcla improbable que sobrevivió a golpes que habrían quebrado a otros. Una intensidad que desconcierta, una ternura que aparece sin aviso, una resistencia que no se anuncia pero actúa. Somos, como dijo aquella profesora sin saberlo, exóticos. No por extraños, sino por irrepetibles. Y quizá esa sea nuestra mayor verdad y también nuestra mayor virtud: Que incluso agotados, seguimos teniendo una manera única —y profundamente nuestra— de estar vivos.
Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

