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Eligio Damas: En Caracas, hablando con Pedro Infante

 

– “En verdad muchacho”, dijo el conductor, “me parece hermosa esa historia del abuelo que en la mar ayuda a pescadores y náufragos, pero no entendí nada de ese personaje que conociste esa noche de fiesta patronal de San Miguel.” Y, después de meditar un rato, mientras observaba la vía, agregó:

“¿Qué encierran las preguntas del muchacho?”

“¡Cuánto daría por entenderlas!

– ¡Qué bueno saber qué quieren para ponerles de acuerdo!         

No dijo nada. Se quedó pensativo y al final había fijado las palabras y el juicio de aquel amigo ocasional. Años más tarde, más de una vez, le asaltará ese recuerdo envuelto en las brumas de aquella noche de playa y la oscuridad brindada por la empresa estatal.

En Caracas, a su llegada, encontró obligaciones y responsabilidades. Debió resolver, como fuese, sus necesidades y las de parte de la familia que, antes que él, había llegado a la gran ciudad.  Para eso aprendió y asumió inimaginables oficios; carretillero en el mercado de Quinta Crespo, cargador de agua por encargo, mensajero y hasta limpiabotas.

Precisamente, de limpiabotas andaba el día que, en la puerta del hotel “El Conde”, se tropezó con Pedro Infante; las campanas de la catedral habían señalado las cuatro de la tarde y desde el Ávila, corriendo entre las calles que bajaban de San José, los vientos fríos ya comenzaban a sentirse y, los transeúntes, iban abrigados y un tanto presurosos, como para no percatarse de la presencia del popular personaje. Fue la primera vez que, el astro mejicano, a quien ya había visto en el cine de su pueblo natal y luego con persistencia en salas caraqueñas, visitaba Venezuela.

“¡Hola Pedro, cómo está la vaina!”. Así, de la manera más desenfadada, como quien saluda a uno de los de la pandilla de Río Caribe, se dirigió al muy popular, famoso cantante y actor mejicano.

“¡Qué tal chamaco!”, respondió el célebre cantante. Y de inmediato, entre ellos, se entabló una conversación tan cordial y espontánea, como aquella que el chico inició con el conductor que lo recogió en “los tres palos”.

Desde lejos, algunos menos apurados o preocupados por las ráfagas de viento frío, que por allí pasaron, vieron al popular astro mejicano, reír a mandíbula batiente por los chistes que el muchacho le contaba, mientras con destreza le pulía las finas botas de cuero. A la despedida acordaron encontrarse al día siguiente en el mismo sitio; mientras Pedro le puso en las manos, más que por el trabajo como lustrabotas, por los chistes y la frescura del personaje, una moneda de cinco bolívares de plata, que la jerga popular designaba como fuerte.

Al otro día y a la misma hora, como habían convenido, el chico se presentó a las puertas del hotel y allí, como esperándolo, estaba Infante. Se saludaron con mayor camaradería que el día anterior y mientras el muchacho le lustraba esta vez unos zapatos de dos tonos, blancos y negros, charlaron y se rieron con el mismo entusiasmo de antes. Esta vez, el artista mejicano, no sólo le pagó con la misma moneda, sino que le dio un boleto de entrada para el espectáculo que brindaría en un cine de las proximidades.

Asistió a ver y escuchar con placer y alegría a quien ahora era más que su ídolo de la pantalla y las canciones de los discos de acetato de 78 rpm y de todas las emisoras que escuchaba en su diario transitar por la ciudad; estaba allí para aplaudir con entusiasmo a su amigo Pedro Infante, el compañero de las tertulias en la entrada del hotel “El Conde”.

Y Pedro, dijo el muchacho más tarde, con vanidad, a una media docena de compañeros, apenas entrados en la adolescencia como él, que le miraban con admiración, me dedicó aquellas canciones que me eran ya familiares: “Amorcito Corazón, Corazón, Corazón, Juan Charrasqueado y otras tantas cuyas letras me sé de memoria, pero no logro atinar los títulos”.

Y los encuentros continuaron por cinco días más y, en la despedida, Pedro le dio una tarjeta de presentación y le invitó que se fuese a Méjico a estudiar.

“Ve a México, Chamaco. Búscame en la dirección que está indicada en la tarjeta. La firmé por detrás para garantizarte que puedas llegar hasta mí. Ve y cuenta con mi ayuda para que estudies en mi país”.

Y el astro mejicano le abrazó con cariño, allí mismo, en las puertas del hotel.

Pocos días después, tras una perseverante gestión, el muchacho vendió la tarjeta a un coleccionista, también aficionado del astro mejicano, por un fuerte de plata.

 

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