pancarta sol

Soledad Morillo Belloso: Venezuela como Penélope

 

Fue así: Después de la elección aquel domingo de julio de 2024, el país quedó como cuando se va la luz a las tres de la tarde y todo queda en un silencio raro, ese silencio que huele a transformador quemado. Edmundo González Urrutia había ganado —lo sabía la gente, lo sabían los testigos, lo sabían los centros reventados, lo sabían los borrachitos de la plaza, lo sabían los pájaros, las guacamayas y hasta el polvo que se pega a los zapatos—, pero el poder decidió que no. En ese momento se abrió una grieta, de esas que uno siente en la piel, como cuando cambia la presión y hasta los perros se inquietan. Y empezó la película de sangre.

El que hubiera caído en coma ese día y despertado después pensaría que le estaban echando broma. Porque lo que vino no fue política: fue una coreografía de salvajes. Persecuciones, gente sacada de sus casas a empujones, violencia en bruto, sin maquillaje ni excusas. Los demonios salieron a caminar a plena luz, con la tranquilidad de quien sabe que nadie les va a impedir que tumben las puertas. Y Maduro… Maduro siguió en su rutina de holograma: inaugurando pasos de cebra, bailoteando, cantando cancioncitas, sonriendo, masticando con la boca abierta, y Cilia estrenando carteras como si estuviera en la Rive Gauche al día siguiente de los desfiles de nueva temporada. Todo mientras el país ardía bajo sus zapatos.

La realidad oficial se volvió un teatro de utilería. Un país paralelo donde las actas no existen, donde la victoria no ocurrió, donde “elección” se dice como si fuera un trámite prescindible. Las cárceles se llenaron de inocentes cuyo único delito fue ejercer el derecho más básico: elegir. Y el país entero quedó tras las rejas. Un ghetto, pues. Y Maduro, bailando, siempre bailando.

Las semanas y los meses pasaron. En la Venezuela real, la que respira y sangra, la gente se movía con una mezcla de miedo, rabia y estupor, como quien camina dentro de un sueño que no pidió. Y decenas de dirigentes políticos enconchados. Algunos cayeron, otros lograron que no los agarraran. Unos pocos lograron escaparse.

Ahora, dos años después de “el robo más grande de toda la historia” (de Ripley), aparece el “diálogo”. Un diálogo sin los ganadores, sin la líder que arrastró multitudes, sin el candidato que obtuvo los votos, sin los partidos que a punta de acuerdos lograron unidad. Ah, y sin el bigotón, a quien una madrugada loca se llevaron con la esposa y esposado. Porque aquel día de enero, hace ya siete meses, amanecimos con una nueva  película en cartelera: “Goodbye Maduro”. Y hace ya siete meses que la señora estrenó un vestido verde se enchufó en “la silla”.

Diálogo, dicen. Y la gente cree y desconfía al mismo tiempo. Quiere creer que, más que decorado, esto será de verdad una negociación para el retiro, no para el “safe”, porque el árbitro diga que los salvajes pisaron la almohadilla. Washington empuja, Caracas finge serenidad, y el país observa desde el borde, incrédulo, cansado, con esa lucidez amarga que da la experiencia.

Todo está así: la señora presidente, sin legitimidad ni de origen ni de desempeño, aparece en cámara con voz de aguacerito, como si nada. Y la gente como si todo.

En la agenda no está el “ítem” de la liberación incondicional de los presos políticos. Pequeño detalle. Dicen que Washington no acepta que estén porque no quiere que sean moneda de extorsión. ¿Y qué sino fichas de chantaje han sido hasta ahora

Las víctimas del terremoto no tienen energía para entender que en el diálogo también las convirtieron en barajitas de negociación.

Que pa’ final de año, dicen. Cuando pasen los calorones y llegue Pacheco. TSJ y CNE. La declaración fue escueta, sin detalles.

Un amigo publica un post con la foto de la mesa de diálogo. Pregunta en la leyenda: “Ese es el envoltorio. ¿Pero el contenido?

Hay que esperar. Siempre se dice que hay que esperar. Venezuela, como Penélope, teje y desteje, teje y desteje.

Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM