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Soledad Morillo Belloso: En cámara lenta

 

La transición es en cámara lenta. No porque alguien lo haya decidido así, sino porque el país quedó metido en una gelatina histórica, esa broma espesa donde todo se mueve como cuando uno intenta sacar la cuchara del melado y se queda pegada. Cada gesto tarda más de lo que debería, cada anuncio suena como si lo dijeran desde el fondo de un tanque de agua. Todo ocurre, sí, pero ocurre con la flojera de un animal apaleado que intenta levantarse sin saber si todavía le quedan huesos enteros.

La transición es en cámara lenta porque nadie quiere admitir que el país está exhausto. Que la gente camina con la misma energía con la que se camina después de un velorio largo: sin prisa, sin fe, sin sorpresa. Que cada día trae un rumor, una filtración, una declaración tibia, un “ya casi”, un “falta poco”, un “estamos avanzando”, y sin embargo el paisaje sigue igualito: las mismas colas, los mismos silencios, los mismos presos, los mismos miedos acomodados como muebles viejos que nadie se atreve a botar. El país vive esa cosa rara de seguir andando aunque ya cada vez le va quedando menos gasolina emocional.

La transición es en cámara lenta porque los que deberían empujar no empujan lo que debieran, y los que deberían retirarse no se retiran ni con grúa. Porque los que hablan lo hacen como si estuvieran leyendo un guion que no entienden. Porque los que negocian parecen más interesados en la coreografía y en la puesta en escena que en el desenlace. Y mientras tanto, el país observa, con esa lucidez sabía y amarga que da la experiencia, cómo la historia avanza a paso de tortuga, como si alguien hubiera puesto la vida en “slow motion” y escondido el botón de “play”. Es la política convertida en novela mala: capítulos largos, diálogos flojos y nada de acción.

La transición es en cámara lenta porque el daño fue demasiado grande. Porque el país quedó como después de un terremoto: primero se revisa si uno está vivo, luego si la casa sigue en pie, después si hay agua, y solo mucho después se piensa en reconstruir. Y aquí estamos, en ese “mucho después” que todavía no llega, esperando que alguien dé la señal de que ya se puede empezar a recoger los vidrios. El país está parado en la puerta, con la escoba en la mano, esperando instrucciones que no llegan.

La transición es en cámara lenta porque la gente ya no cree en anuncios, sino en hechos. Y los hechos, por ahora, se mueven como sombras largas al final de la tarde: avanzan, sí, pero sin prisa, sin contundencia, sin ese golpe seco que marca un antes y un después. El país aprendió a desconfiar de todo lo que se mueve rápido. Y también de todo lo que no se mueve. Desconfía de todo, menos de su propio cansancio.

El tiempo de los negociadores y del tutor no es el tiempo del país. Tal parece que ellos pueden esperar, como si vivieran en una burbuja con aire acondicionado, café recién colado y sillas acolchadas donde las horas se estiran como chicle barato. Mientras ellos discuten, redactan minutas, se mandan correos y se dan sus pausitas, el país anda en otro reloj: uno que marca con golpes, con ausencias, con presos que cuentan semanas como quien cuenta cicatrices, con madres que revisan el teléfono cada diez minutos por si llega una mala noticia. Ellos avanzan a paso de negociación lenta; el país vive con urgencia cruda. Y en esa diferencia de ritmos se siente la acidez: los que deberían apurar caminan como si estuvieran viendo vitrinas, mientras la gente vive en desvelo, con el alma en guardia y el cansancio metido hasta en los huesos.

La transición es en cámara lenta. El país aprendió a desconfiar de todo lo que se mueve rápido. Y también de todo lo que no se mueve. Van siete meses. ¿Cuánto más hay que esperar para que la transición, por fin, arranque?

Postada al tutor: “You better shape up”, cantaba Olivia Newton John. The clock is ticking.

Soledadmorillobelloso@gmail.com – Soledadmorillobelloso@gmail.com

 

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