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Soledad Morillo Belloso: La trampa

 

Me niego —con la misma firmeza con la que denuncio las maniobras del régimen— a caer en el ejercicio cómodo, casi automático, de sólo criticar al  gobierno encargado. Sería una indulgencia, una coartada fácil, una forma de mirar el desastre político con un solo ojo. Mi primer deber no es como votante de oposición (que lo soy), es como ciudadana, y eso implica no enfilar mis críticas razonadas por conveniencia ni por simpatía. Implica también llamar al apunte a la oposición, porque la responsabilidad no es un traje que se pone y se quita según la ocasión; es una carga que se lleva siempre, incluso —y sobre todo— cuando el país está herido.

Habría que ser descastado hasta la médula, casi inhumano, para pretender que un país que acaba de ser golpeado con semejante brutalidad por un terremoto no entienda que ayudar es prioridad absoluta. Eso lo sabe cualquiera que respire. Lo sabe la gente que perdió casa, familia, estabilidad, vida. Lo sabe la sociedad entera.

Pero la mesa de diálogo, al parecer, no lo sabe. O peor: finge no saberlo. Y allí empieza la estupidez. Porque si la “máxima prioridad” de esa mesa es el terremoto, entonces la mesa nace del terremoto, se justifica en el terremoto, se cuela por la grieta del desastre. Y eso desata una pregunta brutal: si no hubiera ocurrido el terremoto, ¿no habría mesa?

La tragedia, entonces, se vuelve cómoda coartada. El dolor nacional, lubricante político para que ciertos actores se sienten sin pagar cuentas, sin explicar nada, sin asumir ni una sola responsabilidad en la verdadera razón de ser de la mesa.

El primer punto en la agenda —atender los asuntos del terremoto— repetido como mantra en ambos comunicados, calcado, idéntico, evidentemente coreografiado, es una trampa. Una trampa burda, pero eficaz. Una maniobra para envolver la discusión en un velo de compasión por la urgencia humanitaria y, desde allí, neutralizar cualquier reclamo, diluir culpas, anestesiar la crítica, obligar a todos a entrar con la cabeza baja, como si el desastre natural exigiera también un desastre moral: el silencio.

Ese punto, puesto con solemnidad y falsa humanidad, es llave maestra y candado narrativo al mismo tiempo: abre la puerta a la historia que “hunos” y otros necesitan para justificarse y cierra de golpe, o al menos posterga, cualquier intento de hablar de lo que realmente importa. Todo queda bajo la sombra del terremoto, como si la emergencia justificara cualquier concesión, cualquier omisión, cualquier borrón y cuenta nueva. No es solidaridad. No es diálogo. Es supervivencia política disfrazada de compasión. Es haberle dado peso y contenido a la frase de Jorge Rodríguez “ahora no tenemos cabeza para eso”. Es decir, Delcy/Jorge metieron su puñalada trapera y la AN2015 se la dejó meter.

Por supuesto que atender la emergencia generada por el terremoto es importante. Sería absurdo, cruel incluso, una monstruosidad, insinuar lo contrario. Pero esa tarea no le toca a la mesa. Le toca al Estado, a las instituciones, a los organismos que existen precisamente para actuar cuando la naturaleza rompe al país. Pero pretender que la mesa deba asumir la función de reparación es desviar el foco, confundir responsabilidades, reconfigurar el sentido mismo de la mesa. Y allí empieza la distorsión.

Y si nos fijamos bien en los siguientes puntos de la agenda, el lenguaje se vuelve gris, indefinido, una especie de niebla burocrática que no compromete a nada. Son frases que parecen redactadas para que nadie pueda reclamar nada después. Puntos que no dicen, no exigen, no obligan. Puntos que funcionan como colchón, como amortiguador, como excusa para que todo quede en un limbo cómodo donde cada actor puede interpretar lo que quiera y salir ileso. Ese gris no es casual: es un gris diseñado, un gris político, un gris que sirve para que la mesa avance sin avanzar, sin tener que tocar lo que realmente importa.

César Batiz en el programa dominical de El Pitazo, “Mapas de poder”, se paseó por varios escenarios posibles; los desmenuzó con precisión quirúrgica. Y después de escucharlo con atención (y un par de vasos de agüita e´ papelón), llegué a una conclusión que no me abandona y que me desveló: estarán sonando las campanadas del año nuevo y la mesa seguirá discutiendo el sexo de los ángeles. Porque esa es la naturaleza de las mesas diseñadas para huir de la realidad: sobreviven al calendario, a la urgencia, al desastre, a la realidad misma. Se vuelven ritual, liturgia, trámite. Y mientras tanto, el país sigue esperando que alguien, de una vez, haga lo que le toca.

Porque la realidad es aún más cruda de lo que algunos con retórica la pintan: el salario mínimo no llega a 5 dólares mensuales, el ingreso promedio ronda los 120–150 dólares, y la canasta alimentaria supera los 550 dólares, una ecuación imposible que obliga a millones a hacer magia para sobrevivir. El país vive entre remesas, rebusques y una dolarización de facto que convive con un bolívar exhausto. La vida se sostiene con alfileres y con milagros. Lo que se van a comer los miembros de la mesa en los coffee breaks tiene más nutrientes que lo que se come al día el 70% de los venezolanos. Y ninguno de los de la mesa, por cierto, se ve famélico.

Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM