Hace poco escribí un artículo donde me preguntaba por el sinsentido de ciertos propósitos que parecían destinados a contradecir las acciones relacionadas con ellos. Sinsentido, por ejemplo, de quienes ejercen una profesión determinada y terminan realizando labores absolutamente contrarias a lo que parecía señalar su especialización profesional.
En la actual Venezuela, en las esferas del poder, pareciera prevalecer el contrasentido por sobre el sentido natural de las cosas. Nada, absolutamente nada, indica que una determinada labor o un determinado cargo pudieran relacionarse con la natural competencia de quien los realice u ocupe. La experiencia, la aptitud ceden, así, su lugar a otras cosas: obediencia, connivencia, pacto… Todo, absolutamente todo, luce relacionarse con simples y tácitos acuerdos entre el funcionario y la potestad de quien manda. Aquél obedece a éste en lo que éste ordene. ¿La consecuencia? Un mismo personaje se dobla, se desdobla y multiplica en un muy sencillo afán por complacer una orden, un deseo, la promesa de una recompensa…
Escribo esto y no puedo dejar de evocar cierto formato teatral llamado “comedia de enredos”, en el cual los actores interpretan múltiples roles dentro de una misma obra. Es una técnica utilizada para acentuar atmósferas de farsa donde los equívocos tienen como finalidad provocar la risa del espectador. Y es que la hilaridad es el destino de esta clase de obras; se trata de distraer al público, de divertirlo con un espectáculo de jocoso sainete.
Me llama la atención como, en ocasiones, ciertas versiones de la vida pública venezolana imitan, a su manera, estos juegos de divertidos y grotescos enredos. Nos topamos con esa verdad muchas veces señalada: no es siempre el arte quien imita la realidad, en ocasiones es la propia realidad la que pareciera imitar al arte. Descubrimos, entonces, curiosas coincidencias entre las extrañas decisiones del gobierno nacional y una -imagino inconsciente- intención de imitar comedias de enredos donde unos pocos personajes reproducen diversos roles; donde unos cuantos actores actúan su propia obra bufa, no con la intención de hacer reír, sino con un muy práctico propósito de permitir la permanencia de un gobierno señalado, acaso, por un muy previsible final.
El Ministro de Relaciones Exteriores de ayer puede convertirse hoy en el Ministro del Poder Popular de la Ciencia y la Tecnología. El ministro de la Defensa durante muchísimos años puede ahora desempeñarse como ministro de agricultura. El Director del Servicio Nacional Integrado de Administración Aduanera y Tributaria transformarse en Director de una corporación estatal encargada de producir y comercializar productos petroquímicos… Distintos roles, diversas actuaciones representados por actores encargados de dar vida a esos papeles que les toca en suerte personificar dentro de escenarios donde la vida pública reproduce un sainete que pareciera no tener fin.

