En mi biblioteca conservo un muy apreciado ejemplar de Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift, que contiene ilustraciones y grabados de Fritz Eichenberg, editado en 1940 por The Heritage Press NY. En el capítulo IV titulado A Voyage to the Country of the Houyhnhnms, Gulliver se topa con seres en apariencia iguales a un caballo común, con quienes sostiene sesudas conversaciones. Estas maravillosas criaturas poseen un manejo de la razón sorprendente y, a diferencia del ser humano, carecen absolutamente de instinto, o por lo menos han conseguido someterlo totalmente a la razón. Para los Houyhnhms, las mentiras son inconcebibles dado que su total sumisión a la razón les impide decir lo que ellos llaman “la cosa que no es”. Para ellos, el mero hecho de mentir es contrario a la razón de existir. “El uso del lenguaje se dirigía a hacer que nos entendiéramos entre nosotros y a que recibiéramos información de los hechos; ahora bien, si alguien decía “la cosa que no era” (una mentira), estos objetivos dejaban de cumplirse”, expresa el autor.
La ironía de Swift, de que esos caballos eran más veraces que los hombres, se hizo realidad en Venezuela, donde la mentira es de uso cotidiano, tanto por quienes integran el régimen como por sus adeptos que, sin cumplir los objetivos de una república, es decir: libertad, justicia, seguridad, paz, dignidad, desarrollo, continúan ejerciendo por la fuerza la hegemonía comunicacional de la mentira. Esto ha tenido como efecto, que la generación nacida bajo la égida de Chávez tenga limitaciones para reflexionar sobre el fracaso y el desacierto en todos los órdenes ocurridos en estos 27 años. La mentira y la simulación comenzaron con Chávez; los venezolanos fuimos testigos del permanente reality show de un prestidigitador, lenguaraz y astuto, que insistió durante su mandato en cautivar al público con un alud de mentiras, trivialidades, chistes y anécdotas irrelevantes ante la imposibilidad de mostrar hechos concretos, obras y políticas públicas sustentables. En su reality show, Chávez hacía que el sol saliera todos los días por el oriente y la gente ignorante junto con los embaucadores admiraban y aplaudían el portento. Sus mantras del “desarrollo endógeno”, de la “agricultura endógena”, de los “ejes de desarrollo”, de los “gallineros verticales”, “sus cantos de ordeño en cadena nacional”, fracasaron, así que fueron suplantados por un modelo instantáneo y mágico: el petróleo, prometiendo repartir las ganancias con el lema “el petróleo es de todos” (de todos los chavistas y los enchufados, por supuesto). El revenue petrolero durante su mandato ha sido calculado en US$ 960.589 millones que, en lugar de invertirlo en progreso, potenció aún más el endeudamiento, el rentismo y la corrupción. El ingreso petrolero no se reinvirtió en un desarrollo sustentable para lograr la independencia económica, industrial y productiva, mucho menos para sentar las bases de una sociedad del conocimiento. Tampoco se utilizó para empoderar al ciudadano y convertirlo en emprendedor de su propio progreso individual, por el contrario, se lo robaron y despilfarraron hipotecando el futuro del país. Después de arruinar el sistema agropecuario, produjeron un crecimiento exponencial de las importaciones que fue anunciado como un logro mágico de su gobierno. El prestidigitador mostraba eufórico a su pueblo en cadena nacional una procesión de barcos arribar a puerto cargados de productos. Nos remitió, por analogía, a lo que el etnólogo Bryan Wilson descubrió entre los aborígenes de Nueva Guinea como el “Cargo cult” o culto a los cargueros. “Los nativos, al ver que los europeos llegaban en barcos cargados de mercancías, pensaban que eran los espíritus de sus antepasados que les traían regalos, por lo que dejaban de trabajar y se iban a los puertos a esperarlos y a realizar ceremonias y danzas ante los enormes cascos panzudos repletos de provisiones, convirtiéndose en un verdadero culto a los barcos que atracaban en el puerto” (Bryan Wilson, Magic and the Millenium, 1973). Con sus varitas mágicas, Chávez y después Maduro y sus enchufados hicieron desaparecer el colosal monto de las ganancias petroleras.
Sus herederos continúan engañando con falsos logros, como el show que recientemente montó el “Rodrigato” posterior al terremoto, en el que condecoró a 6.000 militares y adeptos disfrazados de rescatistas según informa Abogados de Venezuela, que por el contrario acudieron con retraso, impidiendo en muchos casos la actuación de las brigadas de emergencia internacionales, además de los robos cometidos entre los escombros por policías y militares, como lo muestran muchos registros en videos y testimonios, pero, eso sí, fue transmitido en cadena nacional para mostrarle a los desinformados que ella comandó la emergencia. A decir verdad, sin la ayuda internacional no hubieran sido posible los rescates de los sobrevivientes.
Ahora, la palabra mágica es “reconstrucción”, “Venezuela resurgirá de las cenizas”, etc., lo cual, sin duda, será una fuente de corrupción, porque son insaciables.
El antropólogo Fernando Coronil (El Estado Mágico, 2002), afirmaba que “el Estado venezolano cautiva mentes. El público, sujeto al encantamiento, ni participa ni internaliza los argumentos: es conquistado, subyugado, arrastrado por el flujo persuasivo de la retórica. El estado tiende a deslumbrar mediante las maravillas del poder, no a convencer mediante el poder de la razón. Con la fabricación de deslumbrantes proyectos de desarrollo que engendran fantasías colectivas de progreso, lanza sus encantamientos sobre el público y también sobre los actores, se apodera de sus sujetos al inducir la condición de receptividad para sus trucos de prestidigitación: un estado mágico”. Después de presenciar este escenario, si me preguntaran, preferiría convivir con los Houyhnhnms, en el país de las verdades.
La verdadera lucha por emprender es por un cambio de paradigmas. Como lo afirma el pensador Buckminster Fuller: “No podrás cambiar las cosas luchando contra la realidad existente. Para cambiar algo, debes construir un nuevo modelo que haga obsoleto el modelo actual”. Entre los factores para lograr la reconstrucción del país y sacarlo del encasillamiento de ideas obsoletas, es imperativo reposicionarlo, hay que pasar de ser un petro-Estado rentista a un Estado emprendedor. La tarea más urgente es la de convocar a las mentes brillantes de muchos compatriotas para reconstruir el escenario político y económico venezolano, para posicionarlo en el mundo del siglo XXI, en la sociedad del conocimiento y del emprendimiento. Esto solo será posible en democracia, con la participación y voluntad política de mentes lúcidas que decidan corregir el rumbo incierto y la mentira generalizada que ha predominado hasta el presente. Habría que comenzar por superar el despropósito imperante durante todos estos años – tanto del chavismo como de una gran parte de la oposición – y buscar un terreno común para el establecimiento de unas reglas de juego claras para salir del cul-de-sac donde nos han conducido. Una sociedad que no se encuentre en este momento ensayando modelos alternativos para su futuro, en un franco proceso de reposicionamiento ante un entorno de incertidumbres y amenazas globales, será un país frágil, ocupado por otros intereses o en vías de extinción.
De acuerdo con George Steiner “no nos quedan más comienzos”, por eso, a la esperanza hay que posicionarla, ponerle nombre, estrategias, conducción, ideas y programas, para hacer posible el renacimiento y la reconstrucción de la nación a la que aspiramos y merecemos, sin las mentiras habituales de unos y otros que contradicen la razón y los magnos objetivos del país. Lo primero que habría que hacer es la de contratar como asesores a los Houyhnhms de Gulliver.
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