Los helicópteros sobre Caracas, cuando rajan el cielo con ese trazo insolente, no le hablan a la ciudad. Son un garabato aéreo escrito desde esa casa pintada de blanco para los que ocupan —temblorosos y de paso— el Palacio. Un recordatorio que no toca la puerta: entra, retumba. Ruido que no pide permiso porque el poder verdadero nunca lo pide. No es amenaza ni saludo: es territorio marcado desde arriba, la gramática primitiva de la política cuando quiere que alguien entienda sin hacerse el sordo.
Caracas los oye, claro, pero no se siente nombrada. La ciudad ya sabe distinguir entre el ruido que la convoca y el ruido que la delata. Y este no es suyo. Este va directo a esos despachos donde las paredes son gruesas pero no lo suficiente para contener la inquietud. Porque ese taca‑taca‑taca no baja: asciende. Sube como un mensaje sin remitente, como un dedo que apunta desde otra latitud y susurra —sin necesidad de voz—: “sabemos lo que hacen, lo que ocultan, lo que negocian en sombras; sabemos todo”.
No son vuelos de rutina, por más que lo repitan. Son movimientos de tablero. Señales de que algo se recalienta lejos, de que hay conversaciones que no se publican, presiones que no se anuncian, decisiones que se cocinan en cocinas ajenas pero caerán como piedra en agua quieta. Son la prueba de que el poder que se cree blindado siempre tiene un ojo encima, un nivel superior que observa sin pestañear.
Y mientras los helicópteros cruzan el cielo, Caracas mantiene su ironía intacta. La ciudad sabe que ese ruido no es para ella. Es para quienes confunden silencio con impunidad. Para quienes creen que nadie mira. Para quienes olvidan que, en política, el cielo también habla, y cuando habla así, no está susurrando: está marcando territorio.
Soledadmorillobelloso@gmail.com

