Un fantasma avanza sobre Europa. Pero a diferencia del fantasma comunista al que aludía Marx, este no tiene nombre definido. Uno lo llaman ultra o extrema derecha, otros lo llaman nacional populismo, y otros simplemente, fascismo, o neofascismo. Hasta ahora me he abstenido de entrar con bríos en esa discusión nominativa. Debo confesar que cuando escribo sobre política tengo cierto miedo de caer en el academicismo, entendiendo por ello, no la discusión académica, sino el exceso de precisión al calificar determinados fenómenos históricos. He de agregar que el hecho de que el término fascista, o facho, sea utilizado en ocasiones como insulto me ha impedido calificar de modo preciso a ese fantasma. Aunque, para terminar con mis confesiones, debo decir que, cuando los veo en la tele, cuando leo sus proclamas, cuando observo sus gestos y atisbo el odio con el que se refieren a nuestros prójimos-emigrantes, cuando aparecen orgullosos de su falta de cultura y de su ordinariez, no dejo de pensar en que, sí, son fascistas, no simples derivados del fascismo, sino fascistas, fascistas de tomo y lomo. Hablan como fascistas, visten como fascistas, gesticulan como fascistas, parecen fascistas, deben ser fascistas. Naturalmente, existen argumentos en contra.
Son fascistas
Dos razones me han llevado a pensar que, con todas las reservas del caso, no siempre es inapropiado referirse a algunos (no a todos) los movimientos, partidos y gobiernos de la extrema derecha como fascistas. La primera deriva de algunas conclusiones surgida al escribir uno de mis recientes artículos, a saber: que existe el fascismo histórico, ajustado a un espacio (Europa) y tiempo determinado (tercer decenio del siglo XX) y que existe un facismo suprahistórico basado en predisposiciones arcaicas al que Humberto Eco se refería con el nombre de Ur-fascismo (o fascismo originario). En ese sentido podríamos hablar también de un fascismo congénito cuyo origen primario hay que buscarlo en nuestra propia naturaleza.
La segunda razón, más política que filosófica, deriva de la lectura de un párrafo de una entrevista hecha a uno de los más destacados sociólogos de nuestro tiempo, Richard Sennett, quien se pronunció abiertamente por calificar sin rodeos a las nuevas apariciones de la (mal llamada) ulraderecha europea como a fascistas. Fue cuando el entrevistador hizo a Sennett la siguiente pregunta
Muchos hoy hablan de un nuevo autoritarismo, pero evitan el término fascismo. ¿No es así?
La respuesta de Sennett fue: No. Creo que eso está mal. Hay que llamar a las cosas por su nombre. Son fascistas. La AfD (Alternativa para Alemania) es un movimiento fascista, en parte incluso un movimiento nazi. Sé que el término fascismo suele usarse en exceso. Pero si algo es fascista, hay que llamarlo así. Creo que la idea de que decir esto es de mala educación o exageración, es absurda.
Volvió a preguntar el entrevistador: ¿Por qué es tan importante hablar de fascismo?
Sennett respondió: Porque si no, no entiendes lo que está pasando. Tengo un amigo cuyo hijo de 21 años se unió al movimiento MAGA. Me dijo: No soporto que mi hijo se haya convertido en parte de un movimiento fascista. Y yo dije: Pero eso es exactamente lo que tienes que poder decir. También a nivel muy personal. Sin el nombre adecuado, la realidad queda suprimida. Con la AfD, creo que en algún momento se convertirá en violencia. No necesariamente de la misma manera que antes. La historia no se repite simplemente. Pero el potencial para la violencia está ahí. No se debe tener ilusiones sobre esto.
No puedo estar en contra de las opiniones de Sennett; sobre todo cuando afirma: “Sin el nombre adecuado, la realidad queda suprimida”. Efectivamente es así: la realidad está compuesta por cosas-nombres. Le quitas el nombre a la cosa, la cosa no desaparece, pero deja de ser real. La realidad está compuesta de nombres. El nombre fascismo, según Sennett, es el más adecuado. Yo sigo sosteniendo que el de nacional-populismo también es adecuado. En cualquier caso, ambas denominaciones no son antagónicas. Todos los fascismos, al fin y al cabo, han sido nacionalistas y populistas a la vez. Hay cosas que tienen más de un nombre; se llaman sinónimos. Si no estamos frente a la aparición de un fascismo, nos encontramos frente a un sinónimo del fascismo y, para el caso, da lo mismo.
Las analogías tienen un uso limitado y hay que utilizarlas con cuidado, no a lo Milei o Trump que califican a todos sus contrarios como comunistas, o a lo Putin, para quien los ucranianos y quienes los apoyamos son fascistas.
Los fascistas de ayer no pueden ser los fascistas de hoy entre otras cosas porque las condiciones en las que hoy actúan son muy diferentes. Justamente por eso hay quienes prefieren hablar de neo-fascismo. Pero también hay que convenir que los tres fascismos europeos más importantes del siglo pasado, el italiano, el alemán y el español, también eran muy diferentes entre sí, de modo que es dificultoso hablar de un solo fascismo. Entre los llamados fascistas de hoy podríamos decir que hay algunos que se parecen más al de Hitler (el de Putin, por ejemplo) otros, como el de Trump y su MAGA, más al de Mussolini, y otros como el de Netanyahu y Erdogan, debido a sus componentes religiosos, más al de Franco. Digo, se parecen. No digo que son lo mismo. Los fascismos de hoy también se parecen y se diferencian de los fascismos del ayer. Pero como contienen muchos elementos comunes, algunos autores, Sennett entre ellos, no vacilan en llamarlos también fascistas. Podríamos decir en fin, que nos encontramos frente a un proceso de fascistización el que se da, como ayer se dio, en el espacio político occidental.
Hannah Arendt entendió muy bien las características generales de los movimientos pre-totalitarios, entre ellos el fascismo. Según Arendt, esos movimientos aparecen en momentos en los que las clases sociales se encuentran en proceso de descomposición y, en lugar de una sociedad de clases, comenzamos a hablar de sociedad de masas. Y bien: esta es una de las características principales de los nuevos fascismos. La diferencia es que la desintegración social se produjo en el pasado con el advenimiento de la llamada sociedad industrial y la de ahora con el advenimiento de la sociedad digital.
En momentos de quiebre histórico, como los mencionados, las masas desintegradas buscan símbolos de identidades comunes. Ahora, los principales de ellos son el líder mesiánico y un nacionalismo muy primario. En breve: todos los fascismos son nacionalistas y todos provienen de la relación entre masa desintegrada y líder. Hannah Arendt va un poco más lejos y agrega que el fascismo tiene su origen en la alianza entre el populacho (Mob) y una elite a la que pertenece el líder. Así Arendt se encuentra en indirecta comunicación con autores como Sigmund Freud, Elías Canetti y Ortega y Gasset quienes ven en las masificación social un momento de desintegración, no solo social, sino además espiritual.
La nación es el último recurso de los desamparados para entenderse a sí mismos, no como átomos sociales, sino como miembros de una comunidad, aunque esta sea imaginaria. Pero toda afirmación, en este caso, la de la nación, requiere de un peligro o de un enemigo al que hay que negar. Para el fascismo europeo fueron los judíos y los comunistas. Los judíos en el lenguaje paranoico de Hitler, socavaban a la nación por dentro y los comunistas desde afuera. A ambos había que destruirlos. Hoy, la afirmación nacionalista también pasa por la negación de dos enemigos, uno interno, el otro externo. El principal enemigo está formado por los emigrantes, pues vienen de afuera y se instalan adentro. Enemigos externos son, según Trump, la globalización (representada por China) y según Putin, la Europa decadente. Por esa razón los nacionalistas occidentales son en su mayoría trumpistas y/o putinistas. Ironía de la historia es que tanto los unos como los otros terminan siendo más internacionalistas de lo que en el pasado fueron los comunistas. Pero el fascismo no tiene lógica y, si la tiene, es solo una lógica fascista, vale decir, una locura donde las contradicciones no se contradicen sino que se fusionan. Por eso es tan difícil, casi imposible, discutir con un fascista.
El auge del fascismo tiene características mundiales. Pero mientras en América Latina, el avance indetenible de la extrema derecha se encuentra en consonancia con el autoritarismo de izquierda y derecha predominante en casi todos sus países, en Europa adquiere las formas de una verdadera amenaza fascista, esto es, de un proceso que está a punto de romper con el orden político en la mayoría de sus naciones. Contra el “estado de bienestar” y del pacto social construido entre el sector empresarial y el sector laboral, contra Europa como unidad geopolítica. En breve: contra el estado democrático liberal. Todo eso no podría haber ocurrido si no se hubiera roto el lazo que unía a los partidos socialdemócratas y liberales con una ciudadanía hoy convertida en masa. En otros términos, con el desaparecimiento del centro político. Frente a esos panoramas nadie, desde un punto de vista democrático, puede ser optimista. El nacional-populismo, vale decir, el neo-fascismo, avanza a paso de vencedor en la gran mayoría de los países europeos. Lo estamos viendo en cuatro países en los que, sin ellos, Europa no podría funcionar como unidad política: Francia, Inglaterra, Alemania y España.
Europa: Otra vez en peligro
El panorama político francés se encuentra fuertemente marcado por la consolidación de la extrema derecha como fuerza mayoritaria, liderada por el partido Agrupación Nacional (RN). A las puertas de las próximas elecciones presidenciales, los neofascistas se posicionan con opciones reales de llegar al gobierno, beneficiados por una profunda división en los bloques de centro e izquierda. El joven líder Jordan Bardella ha logrado modernizar a RN y presentarlo como un partido de derecha normal a fin de lograr alianzas con sectores conservadores no fascistizados, sobre todo en los grandes centros urbanos como París, Marsella y Lyon pues ya han ganado en las ciudades intermedias y en las más pequeñas. Pero pese a los intentos de Bardella los dos pilares ideológicos del neofascismo francés se mantienen incólumes: la xenofobia antimigratoria y la adhesión indirecta al trumpismo y, en gran medida, al putinismo. No hay que olvidar que Marine Le Pen es continua visitante de Moscú, y no precisamente por razones turísticas. Si a ello agregamos el inmenso desgaste del gobierno Macron y el gran descontento producido por las alzas de precios, mucho parece indicar que Bardella podría ser el futuro presidente de Francia
En Inglaterra, la llegada del neofascismo al gobierno está aún más cerca. El partido Reform UK liderado por Nigel Farage alcanzó triunfos fulminantes durante las elecciones municipales y todos los observadores estiman que este hecho podría repetirse en las nacionales. En todas las encuestas Farage figura como favorito. El liderazgo del gobierno conservador socialista se encuentra en caída libre. No pocos conservadores creen que la única alternativa es unirse a las pretensiones de Farage. Seguramente creen que podría jugar un papel moderador en un eventual gobierno de Farage.
Keir Stamer, quien hace pocos años alcanzó un triunfo resonante, está en los puntos más bajos de su popularidad. Por cierto, Lafarge no es un fascista al estilo Lepen o Abascal, pero apoya todos sus puntos, sobre todo en el tema migración y en contra de la UE. Más cerca del fascismo se encuentran líderes como Tommy Robinson quien logró colmar las calles de Londres con ruidosas manifestaciones en contra de la migración, exigiendo deportaciones masivas y promoviendo odio en contra de las políticas que ellos laman “Woke”. En esa mega-demostración los manifestantes portaban las banderas de la Unión y las cruces de San Jorge. Todo fascismo tiene una impronta tradicionalista. Si el fascismo llegara a triunfar en el país de Churchill sería una gran paradoja. Pero la historia está formada por paradojas.
Alemania es el país en donde el fascismo – y de veras, AfD es fascista casi confesa – avanza más rápido en Europa. AFD ha llegado a ser la primera fuerza política del país, desplazando a la CDU/CSU, sobre todo después de las elecciones federales cuando AfD obtuvo el 20,8 de los votos. Hoy en día, AFD, apoyada desde Washington y Moscú, ha desatado una campaña sin parangón en contra de la persona de Friedrich Merz y de la coalición que representa.
Arendt habría dicho que en Alemania tiene lugar una triple alianza: las elites empresariales de la economía digital, los medios de comunicación de masa, y la chusma desintegrada, sobre todo en la que fue la Alemania comunista. La marcha hacia el Oeste, sin embargo, hace tiempo que comenzó. AfD ha logrado introducir la palabra éticamente prohibida “deportaciones” en el lenguaje coloquial.
Por el momento en Alemania funciona (a duras penas) la política del Cordón Sanitario con respecto a la extrema derecha. Incluso algunos conservadores se han expresado a favor de romper el tabú de aliarse con los “Verdes” e incluso con la izquierda. Pero, a la inversa, también están aquellos que, desde los bordes más conservadores del partido de gobierno, favorecen una alianza con los neofascistas de AFD.
Notable ha sido el arraigo de AfD entre las juventudes del país, con exclusión de las universitarias. La razón es simple. Formando parte del sistema, AfD es un partido anti-sistema y, para muchos jóvenes, aparece hoy tan revolucionaria como fue para ellos, en su tiempo, la izquierda sesentista. Quizás AfD es un partido revolucionario de verdad. La palabra revolución no tiene por qué tener una connotación positiva.
En España la situación es menos compleja pero, desde el punto de vista democrático, es la más peligrosa. Allí, a diferencia de los países ya mencionados, las dos derechas, la conservadora y la fascista, trabajan unidas en contra del gobierno de Sánchez y, de hecho, si se diera la posibilidad de pactos gubernamentales entre ellas, a nadie asombraría. La derecha española, en efecto, es mucho más de derecha que las derechas no fascistas del resto de Europa, a la vez que el partido socialista, PSOE, es más de izquierda que los partidos socialdemócratas del continente. España es hoy un país de extremos.
La situación por el momento es así: la derecha tradicional gana casi en todos los comicios, pero para gobernar necesita del apoyo de VOX. Eso quedó demostrado en las recientes elecciones de Andalucía, en otros tiempos bastión socialista. Allí ganó el PP con 53 escaños pero VOX subió a 15 escaños. De este modo ambos están condenados a gobernar juntos. El panorama puede extenderse, sin problemas, al resto del país. Las políticas impositivas del gobierno son mayoritariamente rechazadas, y la migración es también rechazada aunque no con la furia que se observa en otros países. Pero en el nivel cultural, el rechazo a la izquierda Woke – sobre todo después de las fantasías sexualistas de Podemos – es muy fuerte. No hay ningún país europeo en donde el feminismo despierte tanto rechazo popular como ocurre en España. De eso profitan conservadores y fascistas. No pocos de ellos se dan el lujo de reivindicar a la memoria de Franco. El discurso anti-gobierno es visceral, emocional, incluso violento. No hay que ser adivino para pronosticar que, bajo esas condiciones, los días presidenciales de Pedro Sánchez ya están contados.
No todo está perdido
En cortas palabras: el avance del fascismo europeo parece ser imparable. La raíz de ese avance reside -y en ese punto los observadores están de acuerdo – en la crisis de los partidos socialistas y liberales, crisis no momentánea sino estructural. En Europa, es mi opinión, tendremos fascismo para rato.
Cierto es también es que no todo está perdido. La derrota electoral de Viktor Orbán en Hungría demuestra que una oposición bien llevada puede desactivar y derrotar a los nacional- populistas, incluso si estos cuentan con el apoyo de Putin y Trump. No debemos olvidar que el dirigente de la oposición húngara, Magyar, provenía del partido de Orbán y eso muestra que no una oposición liberal o socialista sino una escindida del tronco gubernamental pudo derrotar a Orbán de la misma manera como en la URSS un comunista llamado Gorbachov liquidó al comunismo soviético. De un modo aproximado, en Venezuela, donde, a falta de una oposición activa en el país, una fracción chavista está liquidando al chavismo apoyada por un gobierno de características fascistoides como es el de Trump. Casos como estos demuestran que, si bien los partidos democráticos en sus tres formas (socialistas, conservadoras, liberales) se encuentran en descenso, el espíritu que dio vida a las democracias continúa viviendo.
Ayer había que extender la democracia. Hoy ha llegado el momento de defenderla. Esa es la principal diferencia entre el fascismo de hoy y el fascismo de los años treinta del siglo pasado. Este último nació en un tiempo en donde el espíritu democrático era muy débil. Hoy se repite en tiempos donde el espíritu democrático es tan fuerte que puede llegar a penetrar al interior de los propios partidos antidemocráticos, incluso de los llamados fascistas.
El hecho de que la líder del partido fascista de Alemania Alice Weidel reconozca públicamente su lesbianismo y su matrimonio con una mujer cineasta de Sry Lanka con quien mantiene dos hijos, habla por sí solo. Esa libertad no la debe Weidel al fascismo que representa sino a la democracia que no representa.

