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Soledad Morillo Belloso: El sonido que parte la ficción en dos

 

La expresión inglesa “the shit hit the fan” tiene la gracia sucia de lo inevitable: no basta la materia, hace falta el ventilador para que el desastre se atomice y caiga sobre todos por igual. En español, si una quiere mantener la compostura sin perder el veneno, toca recurrir a metáforas que no huelan a traducción literal. Yo prefiero decir que la olla, harta de tanto hervor clandestino, decidió estallar y perfumar la casa entera con su verdad, o que el tinglado, tan bien apuntalado con mentiras, finalmente se vino abajo y dejó a todos con el polvo en la boca.

Y si hay un episodio donde ese ventilador giró con entusiasmo, es el de Alex Saab. Su historia no es una caída: es un desmontaje público, un striptease involuntario donde cada capa que se desprende deja ver otra más incómoda.

Durante años, el poder lo exhibió como emisario, diplomático, salvador de abastecimientos, casi un santo patrono de los negocios urgentes. Y de pronto, como si alguien hubiese apagado la música, el mismo poder que lo ungió decidió que ya no lo conocía. Un acto de prestidigitación política: ahora lo ves, ahora no es venezolano.

Pero lo más revelador de toda esa coreografía no estuvo en los comunicados ni en las declaraciones. Fue un sonido. Un sonido mínimo, casi tímido, pero más elocuente que cualquier rueda de prensa: el tintineo metálico de las cadenas en los tobillos de Saab cuando lo presentaron ante el tribunal en Miami. Ese repique, repetido a cada paso, tuvo más verdad que todo el expediente. Fue la música involuntaria de la caída, la frase que nadie quería pronunciar convertida en percusión: “hasta aquí llegó la ficción”.

Ese metal golpeando el piso no habló de él solamente. Fue el eco de todo lo que se intentó silenciar. Fue la música que confirma que la olla, por fin, se destapó. Que el ventilador hizo su trabajo. Que la ficción oficial se derritió bajo la luz.

Y ahora, mientras escribo, pienso en los periodistas de Armando.info, bajo la conducción moral de Roberto Deniz, escuchando ese sonido desde lejos. No puedo ni acercarme a imaginar lo que sienten. No es felicidad. Tampoco ese consuelo pobre de “teníamos razón”. Lo de ellos debe ser otra cosa: una mezcla densa, grave, ética, de esas que se sedimentan en el pecho y no permiten celebraciones ruidosas.

Porque ellos fueron éticos cuando lo más cómodo —lo más socorrido incluso— hubiera sido mirar hacia otro lado. Cuando la presión era asfixiante, cuando el poder rugía, cuando la maquinaria del Estado se les vino encima con la sutileza de un martillo. Y aun así, siguieron. No por heroísmo, sino por algo más serio: la convicción de que la verdad, aunque duela, aunque cueste, aunque queme, es un deber.

Lo que deben sentir ahora es una tristeza orgullosa, una confirmación amarga, una serenidad que sólo conocen quienes hicieron lo correcto cuando lo correcto era lo más peligroso. Porque ellos no querían tener razón: querían que el país la tuviera. Querían que la justicia no fuera un accidente, sino un hábito.

Y en ese tintineo —ese poema breve y brutal— está todo: la caída del mensajero, la desnudez del sistema, y la vindicación silenciosa de quienes, aun perseguidos, eligieron no traicionarse.

Al final, lo que queda no es la caída de un hombre, ni siquiera la confirmación de una trama que ya olía a podrido desde lejos. Lo que queda es ese sonido: breve, metálico, obstinado, partiendo la ficción en dos como un cuchillo que no pide permiso. Un sonido que viaja más lejos que cualquier titular, que atraviesa fronteras, que llega hasta las redacciones donde todavía se trabaja con dignidad, y que les recuerda a los que resistieron que la verdad, aunque tarde, aunque llegue encadenada, siempre termina caminando. Y hace ruido. Y ese ruido, por mínimo que sea, aunque quisieran, no lo pueden censurar.

Soledadmorillobelloso@gmail.com

 

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