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Soledad Morillo Belloso: ​ El “error” de los 170 mil millones

 

Con una pompa que sólo podría impresionar a turistas recién desembarcados —los demás ya desarrollamos anticuerpos— se anuncia que Venezuela, bajo este gobierno encargado/transitorio, procederá a reestructurar o refinanciar su deuda externa. El tono es el del oficinista que estampa un sello sin mirar, como si no estuvieran describiendo la fiebre más visible de un cuerpo enfermo desde hace décadas, un cuerpo al que la ineptitud y el desparpajo le han practicado una suerte de acupuntura del saqueo con admirable disciplina.

El país carga sobre sus hombros ciento setenta mil millones de dólares. Una nadería, una pelusita. Una cifra tan absurda que provoca un mareo, como cuando uno abre una puerta y descubre que detrás no hay un cuarto, sino un abismo. Y aun así, hay quien insiste en llamarlo “un error”. Qué delicadeza. Un error es que un Ridery se equivoque de calle. Un error es salir con dos zapatos distintos. Pero ciento setenta mil millones no son un “ups”: son un meteorito.

Esa cifra, por obscena que parezca, no cayó del cielo: es el inventario minucioso de un saqueo. Durante años, unos seiscientos depredadores con acceso al poder trataron a Venezuela como un banquete sin mesonero, arrancando pedazos aquí y allá, dejando huesos, migas y un silencio incómodo que hoy pretenden maquillar como “un malentendido contable”. O, si se quiere insistir en la ternura, “un error”.

Esos seiscientos no son una estadística: son la hermandad de privilegiados que convirtió al país en un matadero fiscal. Mientras la nación se desangraba, ellos se repartían los órganos con la cortesía de quien reparte postres en una sobremesa larga. Vista desde lejos, la escena tiene algo de teatro del absurdo: Venezuela se hundía y ellos, con la mandíbula aceitada, se disputaban los restos con la ansiedad de quien teme que el mesonero no vuelva a pasar. La gula, ya se sabe, es un pecado que exige constancia.

La deuda externa que hoy nos aplasta es el monumento contable a esa rapiña. Y la obscenidad se vuelve casi pedagógica cuando se hace una cuenta elemental: si cada uno de estos personajes devolviera apenas cien millones —una fracción de lo saqueado, un vuelto olvidado en el forro de un saco— aparecerían sesenta mil millones de inmediato. Aporte, a razón de cien millones de verdes por cabeza, para aliviar el peso que hoy recae sobre millones de venezolanos vivos y por nacer. Y, de paso, facilitarían la negociación con los acreedores, que tampoco son conocidos por su vocación monástica.

Pero no. Esos mismos seiscientos, con nombres, apellidos y cuentas en paraísos fiscales, viven cómodamente, a cuerpo de pachá, con pantuflas de seda y aire acondicionado que jamás falla. Lo verdaderamente insultante es que la aritmética demuestra que un puñado de individuos podría aliviar el sufrimiento de toda una nación, pero no lo harán. No por vergüenza —concepto exótico para ellos— ni por miedo —están blindados por capas de silencios, complicidades y testaferros—. Podrían incluso disfrazarlo de filantropía, pero ni eso. No lo harán porque jamás han creído que el país exista más allá de su apetito. Porque nunca sintieron el más mínimo vínculo con la tierra que exprimieron con voracidad.

La deuda no es sólo un número en un papel: es la factura acumulada de hospitales sin gasas, escuelas sin pupitres, carreteras que se desmoronan, vidas que se encogen. Y mientras tanto, los responsables pasean por el mundo con la serenidad de quien confía en que la historia, al parecer, no cobra intereses.

La justicia —la verdadera, no la declamada en tarimas— consiste en que esos fondos regresen a donde pertenecen. Y si para eso hay que activar mecanismos de recuperación internacional, acuerdos, auditorías forenses y cooperación judicial, que así sea. Aunque tome años. Lo que no puede seguir ocurriendo es esta tragicomedia donde el país paga la cuenta y los culpables, con desparpajo, piden postre con champaña y fresas.

Entretanto, toca trabajar por el país. Y que un equipo de expertos revise con lupa cada página y cada recuadro de la reestructuración/renegociación de esta deuda mefistofélica, incluyendo la letra chiquita. No vaya a ser que, encima, pretendan vendernos gato por liebre. O peor: que quieran convencernos de que también eso fue “un error”.

Soledadmorillobelloso@gmail.com

 

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