Decir Benatar es como destapar un frasco que no ha perdido su perfume. Sale un olor antiguo, mezcla de especias, memoria y una dignidad que obliga a enderezar la espalda sin que nadie lo pida. Es un apellido que no se pronuncia: se respeta. “Ben” es hijo, sí, pero “Atar” es fragancia, oficio de perfumista y brillo que no se apaga. Un apellido que huele bien, suena bien y camina como si el aire lo reconociera.
Los Benatar llegaron a Venezuela como llegan los buenos ingredientes a una olla que ya está empezando a hervir. Venían de Tetuán, de Larache, de esos puertos donde el Mediterráneo sabe a despedida y a promesa. Y no llegó uno solo: llegaron en escuadra. Rafael, León, José, Samuel, Meir. Hermanos distintos, pero con la misma brújula: trabajo serio, disciplina, visión. No esperaban que el mundo se ordenara. Ellos eran el orden.
Apenas pisaron Venezuela, entendieron el país como quien descifra un mapa secreto. Se metieron en comercio, sí, pero también en banca y seguros, donde dejaron marca junto a los Beracasa, en el Banco Metropolitano y en Seguros La Metropolitana, donde Meir Benatar llegó a lo más alto. (Sobre los Beracasa, calma: esos merecen capítulo aparte. Allí hay rigor sefardí, visión financiera y una ética que hoy parece fábula).
“Soledad, no te distraigas”. Volvamos a los Benatar. Mientras levantaban negocios, levantaban comunidad. Donde había vacío, un Benatar ponía columna. Donde había silencio, ponía rezo. Donde había incertidumbre, ponía orden. Así se volvieron arquitectos de la vida judía venezolana: instituciones, escuelas, sinagogas, cementerios, tradiciones. Y afuera, en la Venezuela gentil, el apellido empezó a sonar como sello de seriedad y decencia.
Y tengo que hablar de Jimmy Benatar, que no caminaba: avanzaba. Tuve el privilegio de conocerlo. Poco, pero lo necesario para entender que no era una persona cualquiera. Jimmy era un Benatar afinado, un hombre que entendía el comercio no como transacción sino como coreografía. Donde otros veían cajas, él veía rutas. Donde otros veían inventario, él veía posibilidades. Donde otros veían rutina, él veía estrategia. Tenía ese humor seco tan a lo judío que corta sin herir, esa seriedad que no pesa sino que organiza. Era un lector de sistemas, un afinador de engranajes, un domador del caos sin levantar la voz.
Su llegada a Taurel & Cía no fue casualidad: fue destino. Taurel no es empresa: es ecosistema. Allí el comercio se vuelve ingeniería, el orden es religión y la eficiencia tiene apellido propio. Jimmy no entró como empleado: entró como si Taurel lo hubiera estado esperando. La empresa no ganó un trabajador: ganó un eje. Jimmy respiró Taurel, la entendió desde adentro, la afinó, la sostuvo, la empujó. Era el tipo de hombre que camina por un almacén y detecta, sin mirar dos veces, qué está fuera de lugar. El que convierte un proceso en sinfonía. Un sefardí con alma venezolana.
Y junto a él, siempre, la familia. Porque un Benatar nunca es uno solo. Su familia —firme, inteligente, elegante sin esfuerzo— era su equilibrio. Sus hijos, cada uno con su propia versión del apellido, mezclan disciplina y chispa, tradición y modernidad. En esa casa, el Shabat huele a hogar, y las conversaciones tienen filo, humor y memoria. Una familia que sostiene sin ruido, que acompaña sin invadir, que impulsa sin empujar.
Jimmy murió hace un par de años, y su ausencia dejó un silencio con forma y textura. Pero el apellido no quedó huérfano. Carlos, su hermano, tomó el timón con la naturalidad de quien no imita: continúa, a su modo, a su estilo y personalidad. No lo conozco pero me hablan bien de él. Y no está solo. Dirige la empresa junto a su primo Pepe, otro Benatar de cepa, y un equipo ejecutivo de primera, gente que entiende que Taurel & Cía no es sólo empresa: es legado. Entre todos mantienen vivo ese rigor, esa ética, ese modo de hacer las cosas que Jimmy encarnaba sin proclamarlo.
Así, entre fragancias antiguas, disciplina sefardí, rigor empresarial venezolano y una familia que es columna y refugio, el apellido Benatar sigue creciendo, adaptándose, brillando. Construyendo puentes. La nueva generación está preparándose para su turno. Benatar es un apellido que no se pronuncia: se sostiene. Un apellido que no se explica: se reconoce. Un apellido que, dicho en voz alta, endereza el cuerpo por instinto. Porque Benatar es perfume, es linaje, es país. Y Jimmy —con su vida, su familia, su paso firme por Taurel & Cía y su ausencia que todavía ordena— demuestra que un apellido también puede ser destino.
Y allí, entre los Benatar, estuvo mi querido y jamás olvidado don Rafael Nahmens. Fueron muchos años con ellos. Para los Benatar, él era familia. Tanto, que cuando murió don Rafael, un Benatar —no recuerdo cuál— se rasgó la camisa frente a la urna. Un gesto que en la cultura judía lo dice todo.
Soledadmorillobelloso@gmail.com

