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Sergio Monsalve: La crisis de Euphoria 3 y Beef 2

 

Tres nuevas parejas colisionan en la segunda temporada de Beef, menos lograda que su original por un cúmulo de decisiones de guion, medio forzadas.

El matrimonio protagónico se roba el peso de la atención, gracias al oficio de los papeles que interpretan Carey Mulligan y Oscar Isaac.

Los secundan otros dos binomios, uno joven de generación Z y uno de la tercera edad. Entre todos ellos se desarrolla el arco dramático que sostiene el argumento del plot, dedicado a diseccionar la doble moral, la corrupción y la crisis del amor en el tiempo actual, desde Estados Unidos hasta Corea del Sur, como contexto internacional de la trama.

Puede ser un K Drama para adultos, un trabajo que refrenda la influencia de los creativos de Seúl sobre los contenidos de Hollywood.

Pero algo no termina de cerrar, de cuajar en la segunda temporada, a merced de la desigual trayectoria que se propone en la construcción narrativa, con unos altos que luego son sucedidos por unos bajones de calidad en escritura, dirección y montaje.

Sin duda, el primer capítulo es el cebo para mantenernos en suspenso, durante los ocho episodios restantes.

Una pena que después comience Cristo a padecer, por la cantidad de giros inauditos e inverosímiles que solo fluyen por el ritmo de edición. Pero ni siquiera.

Hay capítulos como el del hospital, como el de la pelea de kung fu en la clínica de cirugía plástica, que parecen más un servicio para los fanáticos de la acción superheroica.

Por algo estrellas de renombre como Meryl Streep se quejan del fenómeno de la marvelizacion del cine en la meca, cuando los estudios y Netflix adaptan un estándar de espectáculo caricaturesco que mezcla géneros en un licuadora que no siempre brinda un sabor digerible.

Es el caso de la segunda temporada de Beef, así como de la tercera de Euphoria, ambas encaminadas a dividir a la audiencia, amén de problemas comunes en su diseño de producción.

Beef tiene buenas intenciones en su crítica del choque generacional y de la laxitud moral de una época que impone el dogma del éxito a toda costa, alrededor de un club de élite como de White Lotus.

El chiste es exponer a la cultura material, sucumbiendo a sus juegos de supervivencia y estafa.

Por igual, los personajes de Euphoria buscan ser los ganadores y trepadores que exigen los manuales de autoyuda.

Para ello, explotan su cuerpo al precio del mercado, degradándose en el camino por conquistar la fama, el poder y el reconocimiento.

Las dos series, en sus nuevas temporadas, plantean un escenario de cuestionamiento del sueño americano y el capitalismo del selfie.

Sin embargo, fallan por casi los mismos motivos: Beef 2 por descuidar su material de redacción, Euphoria 3 por decantarse por un derrotero cínico de ultracosificación sexista, que acaba por distraer y perder la profundidad del caso.

Tanta pornificación, pagada de sí misma y vendida con un empaque de arrogancia qualité, no consigue levantar el promedio de la serie, provocando su naufragio.

Menos mal que en Euphoria se ha ido de menos a más, por ahora, subiendo un poco el listón, a medida que se suman los episodios.

No obstante, Sam Levinson subestima a sus caracteres femeninos, para complacer a la manosfera y a la percepción de una misoginia incel que apenas descubre el erotismo como vía de escape para sus chicas.

Se dice que es un comentario ácido contra las víctimas de Only Fans. Pero al igual que Beef, el subtexto es muy obvio y cae presa de lo que quiere deconstruir.

Beef 2 se hunde por cumplir con la dinámica de su serie, estirando innecesariamente su historia, al subrayar retóricamente su conclusión.

Por lo pronto, Euphoria no logra salir del plano de un catálogo de escorts de lujo, que rumian sus penas, mientras el demiurgo goza con verlas demolidas en su matadero, desaprovechando el talento de artistas como Zendaya y La Rosalía.

Series que pierden calidad, por complacer a algoritmos quemados.

Síntoma de los tiempos.

 

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