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Juan José Millás: Una red invisible

Son las siete de la mañana de un domingo. Tomo el metro en Alameda de Osuna, cabecera de la Línea 5 del suburbano de Madrid. Voy a la radio con la somnolencia característica de quien cumple con sus obligaciones sin estar del todo presentes en ellas. El vagón, vacío, como casi siempre a esas horas de un festivo, tiene algo de juguete, de maqueta a escala. Y yo, de muñeco que toma asiento disciplinadamente en el lugar habitual. Dos estaciones después, en Canillejas, sube un hombre con un perro guía. Reconozco por el color del bastón que se trata de un sordociego. El hombre, de unos 40 años, alto, bien aseado, apuesto y seguro de sí, toma asiento frente a mí con la precisión de quien ha aprendido a habitar el mundo sin necesidad de confirmar su existencia. No puede saber que estoy aquí. No puede oír mi tos ni ver el gesto que le he hecho con la mano, por si conservara algún resto de visión. Tal vez le llegue algo del perfume que me he puesto antes de salir, pero lo ignoro. El perro, un labrador, me observa con una mirada trabajada, profesional, una mirada de funcionario amable. Durante unos minutos viajo con la sensación de estar ante alguien encerrado en sí mismo. Pero poco a poco la idea se desplaza, como el tren bajo tierra, hacia un lugar incómodo: ¿y si el encerrado en su cuerpo fuera yo? Él no necesita saber si yo existo. Yo, en cambio, necesito que alguien me lo confirme. De hecho, busco el reflejo de mi cara en la ventanilla y me sorprende su fragilidad, como si dependiera de una mirada ajena para no borrarse. El hombre se baja dos estaciones antes de la mía y desaparece elegantemente con su perro. Continúo el viaje rodeado de estímulos, de luces, de voces grabadas que anuncian estaciones. Y, sin embargo, siento que me he quedado solo, como si el sordociego, al salir de mi vida, me hubiera desconectado de una de esas redes invisibles cuya presencia solo advertimos cuando se produce un apagón.

 

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