pancarta sol

José Domingo Sosa: El valor del ser ante la tiranía del hacer

 

Un alegato por la dignidad humana

Una de las primeras cosas que conocí en la vida fue el lenguaje del rendimiento. Lo conocí como una forma de mirar el mundo y de mirarme a mí mismo. Fui formado, como tantos hombres y mujeres de mi generación, bajo la convicción de que el valor personal debía demostrarse mediante logros visibles, preparación académica, éxito profesional, estabilidad económica, disciplina, eficiencia, respetabilidad social.

La cultura contemporánea ha convertido el hacer en una especie de religión secular. Hemos internalizado la voz del capataz. Nos levantamos con la sensación de que debemos justificar el día, ocuparlo, aprovecharlo, rentabilizarlo, demostrar que no hemos desperdiciado el tiempo. Incluso el descanso se ha vuelto sospechoso si no sirve para aumentar nuestra productividad posterior. La vida interior, la contemplación, la lentitud, el silencio, la tristeza, la duda, la conversación profunda, la lectura sin propósito inmediato, el simple estar con uno mismo han sido desplazados por una compulsión de utilidad. Byung-Chul Han ha visto con enorme lucidez este tránsito hacia una sociedad del rendimiento, en la que el sujeto contemporáneo se explota a sí mismo bajo la ilusión de libertad. Ya no decimos “debo obedecer”; decimos “puedo lograrlo todo” y, en ese poder supuestamente ilimitado, comenzamos a autodestruirnos.

En mi propio recorrido, la filosofía y la psicología profunda fueron abriéndome una grieta en esa visión del mundo. No llegaron como ornamentos intelectuales, sino como formas de rescate. Leer a Kierkegaard, a Nietzsche, a Heidegger, a Sartre, a Jung, a Winnicott, a Rollo May, a Yalom, a Becker fue para mí una manera de comprender que la existencia humana no puede reducirse a su rendimiento exterior. El ser humano no es solamente un productor de bienes, un ejecutor de funciones ni un administrador de resultados. Es, ante todo, una criatura vulnerable, contradictoria, simbólica, herida, deseante, finita, necesitada de sentido. Y quizá una de las grandes tragedias de nuestro tiempo consiste en haber confundido el valor de la persona con su capacidad de funcionar. Funcionamos, sí, pero muchas veces dejamos de sentir. Nos adaptamos, pero nos perdemos. Cumplimos con nuestras obligaciones, pero nos alejamos de esa zona íntima donde la vida todavía puede hablarnos con una verdad no domesticada por el mercado.

Por eso, cuando pienso en la dignidad humana, no la entiendo como una palabra solemne reservada para declaraciones filosóficas o discursos jurídicos. La entiendo como una experiencia íntima de valor irreductible. Dignidad significa que una persona vale antes de producir, antes de tener éxito, antes de ser útil, antes de ser admirada, antes de cumplir con las expectativas de la familia, de la sociedad o del mercado. La dignidad significa que el ser humano no tiene que ganarse el derecho a existir mediante su rendimiento. En ese sentido, Kant sigue siendo una brújula indispensable al recordarnos que la persona debe ser tratada siempre como un fin y nunca solo como un medio. Lo radical de esa idea es que también debemos aplicárnosla a nosotros mismos. No solo violamos la dignidad de los demás cuando los usamos como instrumentos. También violamos la nuestra cuando nos convertimos en instrumentos de una ambición sin alma, de una eficiencia sin descanso, de una productividad que termina devorando aquello mismo que decía servir.

En mi libro No soy mi herida, hay una intuición que regresa una y otra vez: el ser humano no puede ser reducido ni a su trauma ni a su éxito. No soy únicamente lo que me ocurrió, pero tampoco soy únicamente lo que he logrado. Entre la herida y el rendimiento existe una dimensión más profunda: la posibilidad de habitar la vida con conciencia, con ilusiones, con amor. Esa conciencia no borra el dolor, no elimina las exigencias materiales de la existencia, no nos libera mágicamente de las responsabilidades cotidianas, pero nos permite dejar de confundir la supervivencia con la plenitud. Muchas personas pasan la vida entera tratando de demostrar que valen, cuando en realidad lo que necesitan es recordar que su valor no depende de esa demostración. El niño herido busca seguridad, el adulto productivo busca reconocimiento, pero el ser que despierta comienza a buscar autenticidad.

Esa autenticidad no consiste en abandonar el mundo ni en despreciar el trabajo, la disciplina o la creación material. Sería ingenuo, incluso irresponsable, oponer dignidad y trabajo como si uno excluyera al otro. El problema no está en hacer, sino en creer que, solo haciendo, merecemos ser. El trabajo puede ser una forma noble de expresión, servicio, creatividad y responsabilidad. Pero cuando se convierte en el único criterio de valor, se transforma en una prisión invisible, en una jaula de oro. Entonces el ser humano empieza a vivir como si tuviera que presentar pruebas constantes de su derecho a ocupar un lugar en el mundo.

He visto esta tensión en la vida de otros y también en la mía. La he visto en pacientes, en amigos, en personas aparentemente exitosas que, al quedarse solas consigo mismas, sienten un vacío que ningún logro puede llenar, aun cuando quieren creer que el elevado saldo en la cuenta bancaria es un consuelo. La he visto en quienes acumulan títulos, propiedades, reconocimiento o dinero, pero siguen perseguidos por una pregunta silenciosa: “¿Y ahora qué?”. Esa pregunta no es un fracaso; es, muchas veces, el comienzo de la verdad. Porque hay momentos en que el alma —uso aquí la palabra no en sentido religioso, sino como nombre de nuestra profundidad psíquica— se cansa de ser administrada como una empresa. Se cansa de medirlo todo, de hacer listas, de calcularlo todo, de convertir cada experiencia en un medio para otra cosa. Y cuando esa fatiga aparece, cuando el cuerpo comienza a protestar, cuando la ansiedad, la depresión o el cansancio existencial irrumpen, tal vez no estemos ante una simple avería psicológica, sino ante una forma de sabiduría reprimida. Algo en nosotros nos dice: no puedo seguir viviendo en contra de mí mismo.

Recuperar la dignidad, entonces, exige una rebelión íntima. No una rebelión estridente, sino una transformación de la mirada. Significa aprender a descansar sin culpa, a contemplar sin justificar, a amar sin poseer, a leer sin convertir la lectura en capital cultural, a conversar sin buscar ventaja, a estar con otro ser humano sin reducirlo a función, utilidad o conveniencia. Significa también reconocer la dignidad de nuestras propias zonas heridas. Porque incluso aquello que en nosotros parece frágil, avergonzado, inseguro o incompleto merece ser tratado con respeto. La cultura del rendimiento desprecia la vulnerabilidad porque no sabe qué hacer con ella. La psicología profunda, en cambio, nos enseña que precisamente allí donde somos más vulnerables suele esconderse nuestra posibilidad de humanización.

Por eso, para mí, la dignidad no es lo contrario del esfuerzo, sino de la autoexplotación. Es presencia y renuncia a tener que demostrarlo todo. La dignidad aparece cuando el ser humano puede decirse a sí mismo: mi vida, (y la de los otros) vale aun cuando no produzca, aun cuando no brille, aun cuando no sea admirada, aun cuando atraviese pérdidas, fracasos, enfermedades, envejecimiento o dudas. Mi valor no depende de mi capacidad para mantener una imagen invulnerable. Envejecer, perder, detenerse, no saber, necesitar, amar, sufrir, contemplar y morir forman parte de la condición humana. Y una cultura que solo celebra la fuerza, la juventud, la acumulación y el éxito material termina siendo incapaz de acompañar la verdad de la existencia.

Quizá por eso he llegado a pensar que una vida verdaderamente examinada no es aquella que se analiza para volverse más eficiente, sino aquella que se interroga para volverse más humana. La pregunta decisiva no es solamente qué he hecho con mi vida, sino qué ha hecho mi vida conmigo; qué he aprendido del dolor, qué he descubierto en la pérdida, qué he amado de verdad, qué he evitado sentir, qué partes de mí he sacrificado para ser aceptado, qué silencios interiores he dejado de escuchar por obedecer al ruido del mundo. Frente a la tiranía del rendimiento material, la dignidad humana nos recuerda que existir ya es un acontecimiento inmenso, misterioso y frágil. No somos máquinas para producir resultados. Somos seres que buscan sentido en medio de la finitud.

Al final, lo que está en juego no es una simple crítica a la acumulación material, al éxito o a la productividad. Lo que está en juego es existir auténticamente sintiendo lo que nos queda de vida. Si aceptamos que valemos solo por lo que hacemos, terminaremos viviendo como instrumentos. Pero si recordamos que en cada persona hay una profundidad que no puede ser comprada, vendida, medida ni optimizada, entonces abrimos la posibilidad de una existencia más digna. Una existencia donde el hacer vuelva a estar al servicio del ser, y no el ser sometido al mandato interminable del hacer. Esa, quizás, sea una de las tareas espirituales y psicológicas más urgentes de nuestro tiempo: rescatar al ser humano de la obligación de convertirse en mercancía de sí mismo, y devolverlo a esa verdad sencilla, antigua y casi olvidada: que antes de producir, antes de triunfar, antes de demostrar nada, ya somos portadores de una dignidad que ninguna cifra puede medir y ningún fracaso puede destruir.

 

Tradución »