pancarta sol

Arturo Pérez Reverte: El soldado que callaba

 

Hay silencios que no son ausencia, sino contenido. Que no niegan la experiencia, sino que la protegen. En ese sentido, el autor del Quijote me asombra todavía. Llevo leyéndolo desde el colegio –aquella excelente edición escolar de la editorial Edelvives–, y cada vez se asienta más la evidencia: el autor del Quijote estaba más orgulloso de haber combatido en Lepanto que de haber escrito su obra inmortal. Por eso es tan significativo, más que lo que cuenta, lo mucho que calla. A diferencia de su experiencia como cautivo en Argel, expresa y detallada, la del joven soldado en «la más alta ocasión que vieron los siglos» apenas aparece en su obra.

Lo natural habría sido lo contrario. Hacer de la gran batalla naval su propio relato, convertir la honrosa herida en bandera. La época lo pedía a gritos: plumas al servicio de la gloria, cronistas con más adjetivos que sinceridad, héroes fabricados a golpe de tinta. El siglo estaba lleno de discursos, crónicas, poemas, relaciones heroicas. Convertir Lepanto en literatura personal era un camino fácil para su talento, pero Cervantes no lo hizo. O mejor aún, no se permitió hacerlo.

El ‘Quijote’ también puede entenderse como un videojuego moderno, campo de pruebas donde Cervantes tritura los relatos que vocean grandeza fácil.

Creo que fue por respeto a sí mismo. La literatura ordena el caos, le da sentido, limpieza; belleza, incluso. Pero el mozo que combatió en el lugar más peligroso de la galera Marquesa, pagándolo con sangre, sabía de sobra que aquello no fue un cuadro heroico sino atrocidad, confusión, miedo y decisiones tomadas en instantes que no admiten vuelta atrás. Contarlo bien, según las maneras narrativas de la época, habría sido probablemente contarlo mal. Convertirlo en algo que nunca fue.

Por eso sospecho que el silencio casi absoluto de Cervantes sobre Lepanto no es pudor, sino desconfianza hacia la retórica de su tiempo: certeza de que cierta clase de gloria existe, pero no es la que cuentan los libros; de que el heroísmo se limita a un instante breve, oscuro, íntimo, sin tiempo para sentirse héroe. Cuando has vivido eso ya nunca puedes leer ni escribir igual, pues la épica deja de ser inocente: se vuelve sospechosa, incluso peligrosa, porque inspira sueños de grandeza en quienes no olieron la pólvora de cerca. Y ahí es donde aparece Don Quijote de la Mancha, que no es sólo parodia aunque lo parezca, sino ajuste de cuentas con todo eso.

Con el hidalgo loco –siempre sostuve que no tan loco en realidad– y su fiel escudero, Cervantes no usa la literatura para engrandecer la propia vida. Al contrario, utiliza su vida para corregir la literatura, consciente de que no todo se puede o debe contar. En realidad aquel antiguo soldado no dejó Lepanto fuera de su obra, sino que lo escondió en su forma de mirar, en la ironía, en la compasión, en ese equilibrio prodigioso entre sueño y realidad que recorre toda su novela. Como si dijera: yo he visto cómo chocan el ideal y el mundo; ahora me toca contároslo.

Si lo pensamos bien, el Quijote entero puede entenderse como un videojuego moderno, campo de pruebas donde Cervantes tritura los relatos que vocean grandeza fácil. El caballero de papel, alimentado por libros, sale al mundo a buscar y confirmar un sentido heroico, y el mundo lo devuelve a la realidad con golpes, con hambre, con burlas, con miserias… ¿Qué es eso sino la puesta en escena de una conciencia que sabe de sobra que la vida no obedece a la épica?

Don Quijote cree en la literatura como mapa del mundo, pero su autor sabe que el mundo no cabe en mapas literarios. Es el contraste entre quien imagina la guerra y quien estuvo dentro. Por eso el libro es tan moderno, pues no se limita a parodiar géneros; disecciona el mecanismo mental que confunde relato con realidad. Y eso, en alguien que combatió por una patria ingrata con él, muestra una amarga lucidez. Quizá Cervantes silencia Lepanto porque entiende que el heroísmo, cuando se narra como espectáculo, se vuelve mentira. Que la excesiva exposición del hecho, por noble que sea, acaba destruyendo el concepto.

Eso es otro de los elementos que hacen tan grande el Quijote. En su novela, el autor no dice «mi vida fue heroica», sino algo mejor: «bondad, honradez y valentía hacen digna la vida». No es que esconda la memoria de soldado; es que la convierte en condición secreta, en clave oculta. De ese modo magistral, sin contar Lepanto de forma explícita, el Quijote se escribe desde su sombra. Miguel de Cervantes no quiso estropear con literatura el recuerdo del joven que fue. Pero no pudo evitar que su portentosa narración fuese, también, la mirada silenciosa de lo que un soldado español aprendió peleando por su patria y por su vida.

 

Tradución »