La aversión implacable de los hermanos Rodríguez Gómez hacia el sistema democrático venezolano tiene explicación. Por eso, se puede comprender (sin justificar). Cuando niños, su padre, Jorge Antonio Rodríguez, líder de la Liga Socialista, murió a consecuencia de las torturas a que fue sometido por funcionarios de la antigua Disip en 1977. Sin embargo, extrañamente, ellos han servido a un régimen en el que se han cometido muchos crímenes similares. El último, que les toca directamente, es el de la desaparición, torturas y muerte de Victor Hugo Quero Morales, un humilde comerciante informal, caído en manos de agentes de la Dgcim.

Ilustración del Juan Diego Avendaño.
Ante ambas muertes, causadas por el mismo odio hacia quienes son o piensan distinto, se impone precisar conceptos para formular algunas reflexiones. El ser humano no es un objeto que se desintegra y esfuma sin rastro. Fue creado, tras larga evolución, como un ente con destino trascendente. Dotado, desde su concepción, de un conjunto de capacidades que puede desarrollar por sí mismo (en ejercicio de su libertad) no es pura materia, sino también espíritu que la mueve. Es un proyecto realizable, irrepetible. Por tanto, cada ser humano es un ente único. No hay, ni ha habido, a lo largo de cientos de miles de años, uno igual a otro. Todos comparten una misma naturaleza (racional), pero cada uno es distinto, o sea único. Lo confirma la ciencia. Lo explicó, tras siglos de reflexión de muchos, “el último romano”, Boethius (cuya definición conserva vigencia). Lo repetìa, contra la banalidad dominante, Benedicto XVI.
A pesar del reconocimiento de los principios mencionados en instrumentos fundamentales del derecho internacional (Carta de las Naciones Unidas, Declaración Universal de Derechos Humanos y Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos) como en las constituciones de casi todos los estados, continúan (en forma masiva) los asesinatos y la violencia contra las personas por parte de agentes del poder público. Hace poco, en Irán -no se incluyen las cifras correspondientes a las guerras que allí se libran- fueron masacradas decenas de miles de manifestantes que exigían cambios. Entre nosotros, en Venezuela en el primer cuarto del siglo murieron 35.619 personas en “enfrentamientos” con fuerzas del régimen que “controlaban” áreas peligrosas. Unas décadas atrás, las dictaduras militares del sur (Brasil, Uruguay, Argentina y Chile) hicieron desaparecer o ejecutaron a varios miles de opositores. Lejos, casi al mismo tiempo, millones fueron sacrificados en los genocidios de Camboya, Ruanda y los Balcanes.
El 25 de julio de 1976 (hace 50 años) murió de infarto, provocado por las torturas sufridas, Jorge Antonio Rodríguez, fundador de la Liga Socialista (1973), agrupación de izquierda revolucionaria que pretendía continuar la lucha armada contra el sistema democrático: “el socialismo se construye peleando” era la consigna. De origen humilde, nacido en Carora (1942), se graduó de maestro rural en Rubio (Táchira) y luego ingresó en la Escuela de Sociología de la UCV. Salido de AD y el MIR, compartía ya con los dirigentes más importantes de los numerosos grupos de izquierda de aquel tiempo de definiciones y enfrentamientos. Joven (1962) se había casado con Delcy Gómez -mujer de espíritu fuerte- con quien tuvo dos hijos: Jorge (1965), médico psiquiatra egresado de la UCV, escritor (ganador del Concurso de Cuentos de El Nacional, 1998) y Delcy Eloína (1969), abogada de la UCV, con especialización en universidades de París y Londres.
Jorge Antonio Rodríguez fue detenido el 23 de julio de 1976 en el marco de las averiguaciones del secuestro del industrial norteamericano Frank William Niehous (de la Owens Illinois) por el comando Argimiro Gabaldòn, ocurrido el 28 de febrero anterior. Murió, tras varias sesiones de torturas, dos días después. El entonces presidente Carlos Andrés Perez condenó el hecho (“incalificable e injustificable”, dijo). Los autores materiales (4 agentes) fueron llevados a juicio el 27 de agosto siguiente y condenados (a 11 años y 6 meses de prisión) el 28 de enero de 1978. Nada (ni aún su posible participación en el secuestro mencionado) podìa justificar las torturas y el asesinato del lider socialista. En Venezuela la sanción de los delitos corresponde al Estado. Pero, además, es principio cardinal el respeto a la dignidad de la persona humana y, en consecuencia, la vida y la integridad física están por encima de cualquier interés colectivo.
El 24 de julio de 2025, a 49 años de la muerte reseñada, también a causa de las torturas sufridas -le provocaron insuficiencia pulmonar aguda- murió en el Hospital Militar de Caracas Víctor Hugo Quero Navas. A diferencia de la otra, esta muerte fue conocida 9 meses después de ocurrir y año y medio después que la persona fuera secuestrada por funcionarios de contrainteligencia militar (1 de enero de 2025). No figuraría en ningún registro, si la madre -Carmen Teresa Navas- no hubiera buscado al hijo con valor espartano (¡la corrieron de cárceles y despachos!) durante 16 meses y 6 días. Porque él no era una figura pública: nacido en Caracas (19.10.1974), vendedor ambulante y maestro improvisado de karate, dedicaba sus pocos ingresos para mantener a su mamá en La Hoyada. Su hija de 17 años, cuya madre murió en Madrid, vive con sus abuelos maternos en Buenos Aires.
Pocas cosas se conocen del largo cautiverio y las múltiples torturas sufridas por Víctor Hugo Quero Navas. Apenas se sabe que fue conducido a la sede de la Dgcim en Boleíta y remitido a la cárcel de El Rodeo I. Nunca se le permitió recibir la visita de la madre, tampoco del abogado que ella designó. Se le imputaron delitos que no cometió: «terrorismo, financiamiento al terrorismo, asociación para delinquir». Se le atribuyeron relaciones con la CIA y el CNIE de España (cuya existencia tal vez desconocía). Se le declaró traidor a la patria. ¿Por qué tanta saña contra aquel humilde trabajador que debía, más bien, ser objeto de protección de un régimen “revolucionario”? La madre ha dicho que fue el resultado de un conflicto personal con un funcionario policial. Los venezolanos saben que las gentes de armas abusan siempre de su poder. Se sienten apoyados, poderosos y se creen intocables.
Jorge Antonio Rodríguez pretendía -como un fanático- cambiar la sociedad. Para lograrlo predicaba un camino que la historia mostraba equivocado, como lo advertían Alexander Soljenitsin y Teodoro Petkoff. Pero, aquello no constituía delito: lo hacían muchos académicos en las universidades. Su detención se vinculó con el secuestro de Niehous. El plano teórico se concretó entonces en hechos delictivos. Procedía realizar las investigaciones y, si era el caso, aplicar las sanciones previstas en la ley. No se hizo así. Víctor Hugo Quero Navas no parece haber tenido actividad política importante. Por razones desconocidas fue detenido dentro de la represión que provocó el triunfo opositor (28J-2024); pero, no se le atribuyó la comisión de un acto específico, sino actitudes generales (traición a la patria, agente extranjero). Se le negaron todos los beneficios procesales y después de su muerte distintos organismos suministraron información falsa sobre su situación. Todavía no se ha abierto averiguación al respecto.
Una de las más graves carencias de la democracia venezolana fue la falta de un auténtico Estado de derecho. En los inicios hubo voluntad real de establecerlo; pero muy pronto comenzaron a prevalecer los intereses de partido por encima de los nacionales (fenómeno no bien estudiado). Como resultado, se politizó la administración de justicia. Aparecieron las tribus y los clanes. La población perdió confianza en la aplicación de la ley. Superar esa situación fue una de las exigencias básicas de los movimientos de reforma que surgieron tras las primeras señales de inconformidad frente al sistema que se observaron en los años ochenta. Para intentarlo, se formularon proyectos que pronto se engavetaron. Eso permitió que al poco tiempo de conquistar el mando, el chavismo invadiera el poder judicial y convirtiera sus órganos en instrumentos de su “revolución”. De aquellas experiencias queda una lección: no hay democracia sin estado de derecho.
La historia de Víctor Quero Navas se ha repetido, casi a diario, desde hace 27 años. Son miles los venezolanos perseguidos y de ellos muchos asesinados, encarcelados, privados de sus derechos. No ha habido contrapoder para impedirlo. Porque en el socialismo “real” (y también en otros regímenes como el nazismo) la persona humana no es más una pieza de la cual se puede disponer. El Estado no está sometido a ninguna norma. Todo se justifica en aras de la revolución que debía liberar a los desposeídos del mundo (a quienes se ofreció protección). El resultado, terrible: miseria y dolor.
X: @JesusRondonN

