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Soledad Morillo Belloso: Lo importante ocurre en el medio

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Las fechas son unos animales insistentes. Uno intenta ignorarlas, pero ellas, muy dignas, se plantan en la puerta como perros guardianes del tiempo: husmean, marcan territorio y deciden que la vida cabe en dos punticos del calendario. El día en que aparecimos —todavía arrugados y protestones— y el día en que nos vamos —esperemos que sin tanto drama—. El debut y el cierre. El resto del calendario queda degradado a utilería: días de relleno, hojas que se arrancan sin ceremonia, como quien pela una cebolla sin ganas. Así de tonto.

El cumpleaños es una celebración absurda y deliciosa: festejamos que seguimos aquí, que el planeta dio otra vuelta sin que nos lanzara por la borda. Soplar velas es casi un acto de resistencia civil. Es una tradición que viene de los antiguos griegos, que ofrecían tortas redondas a Artemisa, la diosa de la luna, con velas encendidas para que el humo llevara los deseos directo al Olimpo. Es decir: desde hace siglos estamos enviando mensajes al cielo sin garantía de entrega, como quien manda un correo electrónico a una dirección mal escrita. Pero ahí seguimos, soplando, insistiendo, por si algún dios distraído revisa su bandeja de entrada.

La otra fecha, la del pase oficial a la categoría de finado, es la que nos convierte en anécdota, en mito menor, en “¿te acuerdas de…?”. Una fecha que no veremos —ventaja o desventaja, según el humor— pero que organizará la memoria ajena como si fuera un archivador con etiquetas fluorescentes.

Entre esas dos fechas vivimos convencidos de que el tiempo es un funcionario público que exige papeles sellados, copias certificadas y escaneadas y dos fotos tipo carnet. Y entonces aparece Lewis Carroll, con su humor de matemático que perdió un tornillo, y nos regala la idea más liberadora: el no cumpleaños. Una fiesta sin motivo, un brindis sin permiso, una carcajada contra la solemnidad. Carroll entendió que la vida no se sostiene en los hitos, sino en los intermedios, en los días cualquiera, en los momentos que no salen en la agenda porque la agenda, pobrecita, no da para tanto.

Lo mismo pasa con las comunicaciones. Las mejores cartas —y sus versiones modernas, esos mensajitos que llegan como un golpecito en la puerta— son las que no tienen propósito. Las que dicen: “no tengo nada que contarte, pero tu silencio me queda grande”. Escribir sin motivo es la forma más honesta de admitir que alguien nos hace falta. Es un saludo lanzado al aire, un “¿estás ahí?” que no exige respuesta, pero la provoca, como quien deja un chocolate en la mesa y finge que no espera que alguien lo agarre.

No hay que esperar a que algo bueno pase, ni a que la vida de alguien explote en pedazos para aparecer. La solemnidad es una trampa: nos hace creer que el afecto necesita excusas, permisos, justificativos. La verdad es más simple: a veces uno escribe porque sí, porque el otro existe, porque el día se siente un poco torcido sin ese pequeño puente.

Hace décadas, un grupo de editores quiso inventar una revista que llegara a todo el mundo. Se enredaron buscando un nombre profundo, memorable, casi filosófico. Y después de tanto mareo descubrieron que la genialidad estaba en lo obvio: Hola. Una palabra que no explica nada y lo dice todo. Una puerta abierta. Un gesto de mano. Un “pasa, siéntate, cuéntame o no me cuentes nada, igual te voy a servir café”.

Ese “Hola” funciona como una puerta que se abre sola. No promete nada, no anuncia nada, no exige nada. Es pura disponibilidad. Es el equivalente lingüístico de levantar la ceja para que el otro sepa que lo estás escuchando. El “Hola” es la respiración previa a la frase, el “ajá” antes del cuento, el guiño antes del chisme.

La revista entendió que la gente no busca sólo información; busca compañía, familiaridad, un tono que no intimide. Y pocas palabras son tan democráticas como “hola”: la dicen los niños, los abuelos, los tímidos, los atrevidos, los que llegan y los que se van. Es un puente instantáneo, sin peaje.

Por eso ese nombre fue un golpe de genio: convirtió a la revista en visita, no en documento. En gesto cotidiano, no en tratado. En un “pasé por aquí” que invita a entrar sin quitarse los zapatos. Antes de mostrar bodas reales, mansiones impresionantes o aristócratas con nombres que parecen contraseñas de wifi, la revista ya había establecido algo más importante: una presencia amable.

Ese “Hola” dice: “No vengo a impresionarte, vengo a acompañarte un rato.”

Y en un mundo saturado de mensajes que quieren convencernos, vendernos, alarmarnos o educarnos, esa simpleza es irresistible. Porque, al final, lo que más buscamos —en una revista, en una carta, en un mensaje sin propósito— es exactamente eso: un gesto que nos recuerde que no estamos solos en la página.

Así son las cartas sin propósito, los saludos que no traen noticias, los mensajes que no anuncian nada. Son el no cumpleaños de la comunicación. La prueba de que la vida no cabe en dos fechas solemnes, ni en grandes acontecimientos, ni en titulares. La vida ocurre en los intersticios, en los días cualquiera, en los “hola” que no buscan nada más que recordarnos que seguimos aquí, acompañados, aunque sea a la distancia.

Soledadmorillobelloso@gmail.com

 

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