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Soledad Morillo Belloso: Tres países, tres aprendizajes

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Hace treinta años, República Dominicana, Colombia y Paraguay avanzaban como caminantes perdidos en una noche sin luna. Cada uno enfrentaba su propio laberinto, pero todos compartían la misma sensación de encierro: un futuro que parecía haberse extraviado. En los años noventa ninguno era citado como ejemplo; más bien eran países que sobrevivían por inercia, sostenidos por instituciones frágiles y por una esperanza que se iba adelgazando.

La República Dominicana era una casa luminosa construida sobre arena. El encanto del turismo y la calidez de su gente disimulaban una estructura débil: economía poco diversificada, instituciones endebles, una democracia ritualista más que sustantiva. Había elecciones, sí, pero el Estado de derecho era una promesa incumplida y la desigualdad marcaba el ritmo social. Todo funcionaba mientras nada se moviera demasiado.

Colombia, en cambio, vivía como un territorio sitiado. La violencia —bombas, secuestros, asesinatos políticos— perforaba la vida cotidiana. El Estado resistía, pero con grietas profundas. La democracia existía en el papel, pero su capacidad real estaba erosionada por el miedo. El país parecía caminar sobre una cuerda floja a punto de romperse.

Paraguay emergía de una dictadura larga y oscura, como quien sale de una caverna sin saber si afuera hay luz o más sombras. El Estado estaba capturado, la economía era mínima, la inflación alta y la pobreza extendida. La transición democrática avanzaba con pasos inseguros, rodeada de desconfianza y riesgo de retrocesos. El futuro no estaba bloqueado: simplemente no se veía.

En los tres casos, el pesimismo no era exageración: era diagnóstico. Las bases del desarrollo estaban dañadas o ausentes. Sin embargo, hacia el final de la década y con más claridad en los primeros años del siglo XXI, comenzó un giro lento. No hubo epifanías ni héroes providenciales. Fue más bien un proceso de enderezar el timón. Cada país eligió su ruta, pero todos compartieron una intuición esencial: sin orden no hay futuro. La estabilidad macroeconómica dejó de ser un tecnicismo y se convirtió en un instinto de supervivencia. Las reglas empezaron a respetarse por cansancio del caos. La democracia, con todos sus defectos, se aceptó como el único juego posible.

La República Dominicana apostó por crecer. Turismo, zonas francas, exportaciones y estabilidad se combinaron en un movimiento sostenido que transformó el paisaje social. El país creció más rápido que la mayoría de sus vecinos, redujo pobreza y alcanzó el estatus de ingreso medio‑alto. Su democracia ganó espesor, aunque aún arrastra déficits institucionales.

Colombia siguió un camino más arduo. Primero tuvo que apagar incendios: recuperar control territorial, reducir la violencia extrema, reconstruir capacidad estatal. El crecimiento fue irregular pero persistente, y con el tiempo la economía se volvió más grande y diversa. Hoy sigue siendo desigual y enfrenta problemas de seguridad, pero la violencia dejó de definirlo todo y el Estado funciona, aunque con limitaciones.

Paraguay eligió la sobriedad. Mientras otros prometían epopeyas, apostó por reglas simples, inflación baja, deuda controlada y previsibilidad. Aprovechó su energía barata, su agroindustria y una presión fiscal muy moderada para construir un clima de estabilidad poco común en la región. No es el país más rico ni el más sofisticado, pero sí uno de los más ordenados.

Por supuesto, ninguno puede presentarse como modelo perfecto. Persisten desigualdad, informalidad, corrupción y debilidad estatal. Pero vistos desde la distancia, el progreso es innegable. Pasaron de crisis estructurales a funcionalidad; de ser excepciones negativas a trayectorias reconocibles.

La lección no es heroica, pero sí poderosa: no hicieron todo bien, pero dejaron de hacer casi todo mal. El desarrollo no fue un milagro, sino una acumulación paciente de decisiones razonables.

Dominicanos, colombianos y paraguayos coinciden en algo esencial: la tarea nunca termina. Una nación no es una obra concluida, sino un andamio en uso permanente. Cada avance revela una nueva grieta; cada logro, una carencia distinta.

A veces se confunde progreso con llegada, como si estabilizarse fuera el final del camino. Pero esas conquistas sólo cambian la naturaleza del trabajo pendiente: donde antes había urgencia, aparece complejidad; donde antes se pedía orden, ahora se exige justicia e inclusión.

La pedantería es, en este sentido, el veneno más cómodo. No porque haga ruido, sino porque adormece. Se instala cuando una sociedad confunde logros parciales con verdades definitivas y deja de escuchar, de dudar, de corregir. Allí donde la autosatisfacción se vuelve norma, el aprendizaje se detiene.

Y eso nos ocurrió en Venezuela. No de golpe, sino lentamente y, para peor, con aplausos. La pedantería se infiltró en el lenguaje, en los discursos, en la forma de mirarnos. Empezamos a hablarnos como si ya hubiéramos llegado, como si la historia nos debiera algo. Confundimos convicción con infalibilidad, esperanza con soberbia. Dejamos de escuchar, de corregir, de aprender. El daño no fue sólo económico: fue moral. Se rompió la noción de proceso, de país inacabado. Cuando una nación se cree completa, deja de moverse; cuando se cree superior, deja de mirarse al espejo.

Venezuela no cayó por falta de recursos ni de talento. Cayó, en buena medida, por haber olvidado que una nación sólo se mantiene viva mientras acepta que nunca está terminada. Conviene desenterrar el espejo y recordar aquella frase antigua: dime de qué presumes y te diré de qué adoleces.

Soledadmorillobelloso@gmail.com

 

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