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Luis Alonso Hernández: Libertad para todos

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Si bien el régimen venezolano ha liberado a más de un centenar de presos políticos, aún queda muchísima gente inocente tras las rejas que debe ser excarcelada de manera inmediata. Se trata de personas perseguidas y encarceladas por no compartir los ideales de la revolución chavista, responsable de haber sumergido a Venezuela en un país sin calidad de vida para sus habitantes, con instituciones alineadas al partido de gobierno, violaciones sistemáticas de los derechos humanos y el desmantelamiento del orden democrático en todos sus niveles.

En muchos casos, estas víctimas sufrieron las más viles torturas, según testimonios de primera mano y denuncias de organizaciones como el Foro Penal. En cualquier país donde funcionen las instituciones, estos ciudadanos deberían ser reparados por el Estado. Además del encierro injusto —que jamás debió ocurrir— permanecieron recluidos en condiciones de extrema precariedad, alimentándose de migajas a base de harinas, arroz o pasta y, con suerte, mortadela o sardinas. A esta realidad se suma el psicoterror practicado por cuerpos de seguridad entrenados para quebrar, mutilar y humillar la dignidad humana, aunque no siempre lo hayan logrado.

En este contexto, la transición democrática debe contemplar comisiones de la verdad que investiguen y saquen a la luz las circunstancias en las que se produjeron estas vejaciones, muchas de ellas avaladas desde las más altas esferas del poder con la intención de sembrar miedo y ganar el silencio de quienes se oponen al chavismo. Los responsables deben rendir cuentas por las decisiones nefastas que tomaron: verdugos, fiscales y jueces de la tiranía, expertos en dictar sentencias desde la maldad y el odio.

La recuperación del país, aunque compleja, exige una reflexión profunda sobre las causas que llevaron a Venezuela al inframundo de los derechos humanos. Algunos presos políticos hoy disfrutan de libertad, pero se trata de una libertad incompleta, extraña, marcada por secuelas físicas, trastornos emocionales, enfermedades y heridas profundas en el alma. No basta con abrir las rejas: es indispensable reconocer el daño causado y asumir la responsabilidad histórica de repararlo.

Como advirtió Martin Luther King Jr., “la injusticia en cualquier lugar es una amenaza a la justicia en todas partes”. Esperemos que las excarcelaciones continúen hasta que salga el último preso político y se construyan los escenarios necesarios para su reinserción plena en la sociedad.

¡Que la historia no se repita!

 

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