Estamos entrando en un abrupto cambio de época. Estamos navegando hacia territorios desconocidos, así lo define Enric Juliana.
Los defensores de las democracias social-liberales llevamos arrastrando una honda preocupación al ver cómo se diluye la confianza en el sistema. Podríamos hablar de muchos males ya mencionados: la responsabilidad de los partidos políticos, el populismo y la polarización, la desinformación y la posverdad, las redes sociales, la concentración de poder, la búsqueda de titulares de muchos medios de comunicación, también los llamados pseudomedios, … que hace mella en una ciudadanía que pierde la esperanza respecto al futuro que ve cada vez con más pesimismo.
Sin embargo, en vez de reforzar al sistema democrático que ha sido garante de nuestra estabilidad pacífica y de nuestro bienestar social, echamos sobre él toda la culpa ejercida por otros, fundamentalmente individuos en busca de poder y riqueza.
El fenómeno de aumento de la ultraderecha a nivel global no significa tan solo la pérdida ideológica y política de la izquierda, especialmente de la socialdemocracia global, sino también y en primera medida de la derecha democrática.
La derecha europea ya no puede gobernar en solitario ni negociar con otras fuerzas parlamentarias, salvo vender “su alma” a la ultraderecha que crece a base de devorar al espíritu democrático y liberal del conservadurismo político que se convierte, cada vez más, en un títere al servicio de los antidemócratas.
Lo estamos viendo en España donde el PP no podrá gobernar si no es con mayoría absoluta o vendiéndose (como pasa por ejemplo en Valencia) a Vox. Y, mientras el PP se orilla a pasos agigantados hacia la radicalidad extrema, la polarización y la demagogia, la falta de proyecto y liderazgo, Vox aumenta y aumenta en votos fagocitando los restos democráticos de un PP que se aleja del europeísmo, de los pactos de Estado y de la estabilidad política.
La izquierda global, el socialismo democrático, tampoco está bien de salud. En estos momentos donde se debería rearmar una narrativa global que unificara voces, recurre al lamento, a la nostalgia, al desconcierto, y, en muchos casos, al extremismo de “conmigo o contra mí”.
Está de moda la ultraderecha que amenaza peligrosamente a Europa, que se ha asentado en EEUU con Trump ejerciendo como un dictador por encima de la legislación y de los poderes judiciales, y que ahora se posiciona fuertemente en América Latina.
Sorprendente fue el triunfo de Javier Milei en octubre de este año, arrasando con el 41% de los votos en su elección para renovar el Congreso. Un triunfo inesperado por su magnitud y frente a las numerosas protestas que se estaban produciendo en Buenos Aires.
En El Salvador, vemos con estupor cómo el presidente Bukele se salta todos los derechos humanos en el trato a sus detenidos, incluso a parte de la sociedad civil. Sin embargo, el “dictador más cool del mundo”, como él mismo se autodenomina, sigue con un índice de popularidad espectacular, después de haber ganado hace un año la reelección a presidente con un apoyo del 83%.
EEUU vive la mayor división y polarización de su historia. Ya hemos hablado de lo que está haciendo Trump, de sus actitudes y valores, pero hemos de estar prevenidos para el futuro próximo: las elecciones en 2028, a las que Trump no puede presentarse legalmente, aunque no deja de insinuar su pretensión de hacerlo. ¿Cómo? Pues no adelantemos acontecimientos que podrían ser verdaderamente dramáticos en EEUU.
Venezuela es un verdadero caos, un país que se desangra ante la huida de miles y miles de venezolanos, con un presidente al frente que lo más delicado que podemos calificarle es de “estrambótico”, y que a mucha gente de izquierdas nos provoca verdadero rechazo. Sin embargo, su opositora en frente, Maria Corina Machado, acaba de ganar el Nobel de la Paz al mismo tiempo que reivindica y aplaude los tiroteos a las lanchas de supuestos narcotraficantes que realiza Trump y la presión militar contra su país. Al final, la devaluación de determinados galardones contribuye también a la degradación política internacional y a la falta de construcción de valores éticos sólidos.
La última desagradable sorpresa se ha producido en Chile. El nuevo presidente es José Antonio Kast, un nostálgico de la dictadura de Pinochet, hijo de un oficial nazi, miembro del movimiento ultracatólico Schoensttat, y con su hermano mayor que fue ministro del dictador y colaborador de la temible policía política. De hecho, el actual presidente Kast se inició políticamente bajo la tutela de Jaime Guzmán, principal ideólogo de Pinochet.
La dictadura de Augusto Pinochet en Chile terminó oficialmente el 11 de marzo de 1990. Hace tan solo 35 años. Se me corta la respiración solo de pensar que, apenas ha habido tiempo para digerir las enormes barbaridades producidas en aquel régimen salvaje y cruel, y hoy gobierna uno de los suyos. ¿Cómo es posible? ¿Quiénes votan? No solamente los nostálgicos herederos de aquel régimen.
El vendaval que provoca la guerra contra el migrante, la xenofobia, la rabia, la impotencia son ingredientes de odio que están alimentando la ferocidad de la ultraderecha por encima de los valores democráticos, cada vez más burlados y denostados.
El año 2026 se presenta vertiginoso con numerosas elecciones a la vuelta de la esquina, y algunas otras previsibles. Portugal, Hungría, Dinamarca, Suecia, Escocia, Alemania, Costa Rica, Colombia, Perú y también Brasil, son algunos de los países llamados a las urnas.
¿Hacia dónde se dirigirán nuestras sociedades el próximo año? Todo un acertijo político y social.

