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Jesús Alberto Castillo: Cumaná entre la historia y el abandono

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Hoy Cumaná arriba a 510 años de fundada. Rica en historia que la convierte en una ciudad atractiva para el turismo. Pero el visitante, al llegar a ella, se encuentra con una cruda realidad: el abandono muestra si rostro a plena hora del día. Es la afamada Primogénita del Continente Americano que se pierde en sus marañas, como diría Ali Primera en sus canciones. Son dos caras de una misma moneda que simboliza la cuna del Gran Mariscal de Ayacucho.

Así es, la ciudad primogénita y mariscala luce este día su resplandor fundacional, gracias a la acción evangelizadora de Fray Pedro de Córdoba, el Gran Vicario de Santo Domingo, junto a varios frailes franciscanos y dominicos a finales del año 1515 en tierra firme, después de varias expediciones fallidas. Significa, entonces, que la Fundación de Cumaná está estrechamente ligada a la acción misionera de la iglesia católica en tierras americanas. Es un hecho histórico que nadie puede negar.

Sin embargo, tras esa célebre fecha fundacional se esconde el verdadero palpitar de la ciudad. Su gente alegre y hospitalaria vive diariamente en una atmósfera de sobresaltos para sortear los urgentes problemas. Sus calles, vestigios de un pasado histórico glorioso, son testigos de almas errantes que afloran la miseria a cuesta. Aguas servidas que circulan libremente, huecos por doquier y mendigos hurgando entre basuras forman una escena dantesca en la Cumaná cumpleañera.

El bullicio de la gente se hace notar a plena luz del día en el centro de la ciudad, mientras algunos cuerpos mugrientos y desnudos se pasean por las riberas del Manzanares. Es la Cumaná sumergida en su dinámica cotidiana, llena de asombrosas anécdotas, cantos callejeros y arrebatones. El sol inclemente castiga a los transeúntes en medio de la angustia y la zozobra. Cada quien se abre paso para intentar sobrevivir del día a día.

Al caer la tarde, la alegre ciudad parece otra. La sombra del miedo arropa a más de uno que aun no ha legado a su hogar. Es una osadía conseguir transporte público a esa hora. Rostros con miradas sombras se asoman en el horizonte y la gente busca guarecerse. La ciudad queda sola antes de que la noche aparezca y los sitios históricos ya no son visitados. La vida nocturna es escasa y quien quiera disfrutarla asume un riesgo latente.

Esa es la ciudad que vivimos. Llena de historia y abandono. Sus autoridades, como siempre, aprovechan la fecha fundacional de Cumaná para relucir discursos bien ensayados y celebrar pomposos eventos que no encajan con la cruda realidad de sus habitantes. El devenir de la ciudad mariscala y marinera no es alentador. Si las cosas continúan así tendremos una Cumaná sin memoria y con casas muertas. Los tiempos actuales exigen de sus hijos una clara conciencia de su devolverle a la ciudad esa majestad histórica que la hizo primogénita y grande en nuestra América.

 

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