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Rafael Fauquié: Concluido el proceso de escritura… I

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Dos suelen ser los promotores del libro finalizado: uno, el Mercado editorial; el otro, un Estado mecenas. Ambos tratan bien al autor exitoso: el Mercado, premiándolo cuando el libro genera cuantiosas ganancias; el Estado, aupándolo de acuerdo a una escueta razón: que el libro diga eso que el Estado desea que sea dicho. De lo que se trata, a fin de cuentas, es de lo que se trata siempre: de dar algo a cambio de algo, de dar para recibir. Estados y Mercados reciben de parte de los seres de palabras; los primeros, apoyo, imagen, promoción; los segundos, dinero.

Para el escritor se trata de servir a un dios o a otro: serle útil al Estado o al Mercado; pero para que esta relación funcione debidamente, debe cumplirse una ley de oro: escribir lo que sea de interés para muchos. Existen, han existido siempre y existirán por siempre, autores afortunados capaces de escribir eso que muchos lectores desean leer; autores de libros de éxito, libros-íconos, símbolos de un tiempo y una circunstancia. Frente a ellos existen, han existido siempre y existirán por siempre los otros: escritores subrepticios; no necesariamente malos, solo hacedores de páginas al margen del interés general del lector promedio. Pero la comunicación, desde luego esencial a toda escritura, no es la única razón por la cual se escribe. El escritor lo hace también para sí mismo: para hablarse, porque le place hacerlo, porque no puede vivir sin hacerlo, porque está en su destino hacerlo. Y su escritura se convierte en su apoyo, en su juego imprescindible. De lo que se trata, de lo único que podría tratarse para un escritor digno de tal nombre, será de vivir para su escritura más que de vivir de ella.

En general, suele ser la distancia de los años la que determina la trascendencia de un libro; pero, a veces, alguno en particular logra muy rápidamente reconocimiento y éxito. En ocasiones, alguno va más allá, llegando, incluso, a coincidir con significados comprensibles en todos los lugares y en todas las épocas. Será, entonces, el caso privilegiadísimo de libros atemporales consagrados por las infinitas lecturas de los hombres; encuentro perenne entre las voces que un ser de palabras vivió, concibió y escribió en un momento y un lugar determinados y las comprensiones que los hombres de todos los tiempos y de todos los lugares arrojan sobre ellas.

Unos y otros: los inolvidables y los olvidados, los famosos y los desconocidos, los publicados en tirajes de millones de ejemplares y los editados en apenas unos cuantos centenares: todos los libros, si son la consecuencia del esfuerzo genuino de un ser que creyó en su obra y lo apostó todo a ella, existen y forman parte de las visiones humanas. Merecen existir.

 

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