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Antonio de la Cruz: La estrategia que por fin nombra al enemigo

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Las guerras comienzan cuando alguien pronuncia al monstruo: la verdad deja de ser política y revela el destino que el mundo fingió ignorar.

Hay figuras en Washington que hablan del conflicto venezolano como si el tiempo no hubiese pasado. Voces de otros ciclos políticos, de otras administraciones, de otra doctrina. Voces que aún se refieren a Venezuela como una “dictadura más” en el vecindario, como si el país no hubiera sido convertido en plataforma criminal con proyección hemisférica. En recientes entrevistas,  esos antiguos arquitectos de política exterior de Estados Unidos han dicho que la estrategia actual hacia Caracas es “confusa”. Lo que realmente quieren decir es otra cosa: que la nueva doctrina revela, por contraste, los errores que nunca se atrevieron a corregir.

Ese diagnóstico superficial —que acusa desorden donde en realidad hay integración estratégica— no sobrevive a un examen serio. Lo que algunos describen como una mezcla incoherente de acciones antidrogas, antiinmigración y antimaduristas es, en realidad, un triángulo de seguridad perfectamente ensamblado. No son tres políticas. Es una sola.

Primero, el frente antidrogas dejó de ser un expediente policial y se convirtió en una arquitectura de contención contra una organización criminal que opera con activos estatales, protección militar y redes transnacionales. El Cártel de los Soles, por décadas tratado como mito tropical, fue reconocido por lo que es: una estructura de narcoterrorismo global con mando único, control territorial y alianzas con potencias rivales. La designación como Organización Terrorista Extranjera no es un gesto; es un punto de inflexión que habilita un rango de herramientas que la vieja guardia nunca tuvo el coraje político de activar.

Segundo, el frente migratorio fue reposicionado. La diáspora venezolana dejó de verse exclusivamente como tragedia humanitaria —que lo es— para entenderse también como un recurso instrumental de un régimen que expulsó a millones para alterar el tablero político del continente. El Caribe, Centroamérica y la frontera sur de Estados Unidos ya no pueden tratar el fenómeno como un accidente histórico: es parte del arsenal de presión de un cártel de Estado que opera sin límites morales.

Tercero, el frente político dejó de girar en torno a elecciones hipotéticas, diálogos eternos y mesas sin resultados. Caracas ya no es tratada como un gobierno autoritario necesitado de reformas, sino como un actor hostil que usa herramientas del crimen organizado para garantizar su supervivencia. Al cambiar la definición del problema, cambia todo lo demás: cambian los instrumentos, cambian los objetivos y cambia la tolerancia al riesgo.

El contraste es evidente. Mientras las figuras del pasado insisten en ver confusión, la nueva estrategia responde a un diagnóstico que jamás adoptaron: Venezuela dejó de ser un caso diplomático y pasó a ser un asunto de seguridad nacional. No es un matiz. Es un cambio de época.

La hipótesis que el régimen ha usado como manual —TACO (Trump Always Chicken Out), la idea de que el presidente Trump amenaza pero nunca golpea— es ahora el verdadero punto ciego de quienes siguen analizando el conflicto desde la óptica anterior. TACO funcionó durante años porque la amenaza nunca dejó de ser retórica. Funcionó durante la etapa en la que portaaviones, sanciones y discursos eran vistos como herramientas de intimidación y no como preludio operativo. Funcionó mientras la Casa Blanca evitaba cruzar el umbral conceptual que separa la presión diplomática del cerco estratégico.

Pero en 2025 es otro el panorama. El despliegue del USS Gerald R. Ford en el Caribe oriental, la activación de bombarderos estratégicos, la reconfiguración del Comando Sur como un Grupo de Tarea y el ultimátum del Departamento de Estado a partir del 24 de noviembre no son teatralidad. Y lo saben quienes ahora buscan desesperadamente un país que les ofrezca exilio seguro. Irán ya probó lo que ocurre cuando subestima a Trump: anunció disposición a conversar y, ocho días después, sus instalaciones nucleares estaban bajo ataque. El precedente existe y el Caribe lo está leyendo con creciente nerviosismo.

La verdadera pregunta no es si la estrategia actual es confusa. La pregunta es si la región está dispuesta a seguir pretendiendo que Venezuela es un gobierno autoritario más, o si está lista para admitir lo que ya no puede ocultarse: que en el corazón del continente opera un aparato criminal que combina oro, petróleo, pranes, megabandas armadas, alianzas extrarregionales y una diáspora forzada usada como munición política.

Quienes critican la claridad de la nueva política exterior lo hacen porque su propio marco conceptual quedó obsoleto. Hablan de negociaciones de transición, de elecciones futuras sin los verdaderos actores, de renuncias parciales como solución mágica. Ofrecen salidas ordenadas para un sistema que solo entiende el lenguaje del poder. Proponen reciclar la estructura criminal sustituyendo la cara visible. Y llaman a eso pragmatismo.

El pueblo venezolano —el exilio, las madres que despiden hijos en la frontera, los presos políticos, las comunidades arrasadas por las minas ilegales— sabe que ese enfoque no es pragmático. Es evasión. La transición que sirve no es la que salva al cártel, sino la que lo desmantela. Y ese desmantelamiento solo es posible cuando la seguridad de Estados Unidos, la de la región y la libertad de Venezuela se entienden como un mismo problema.

Por eso, el nuevo enfoque —más áspero, más frontal, más dispuesto a asumir costos— no es confuso. Es el reconocimiento tardío de una verdad evidente: no habrá estabilidad hemisférica mientras un cártel con bandera opera desde Caracas. Llamar al enemigo por su nombre ha sido, durante años, el paso que Washington evitó dar. Hoy, por fin, lo dio. Y ese cambio conceptual vale más que cualquier réplica nostálgica de quienes alguna vez tuvieron la oportunidad de hacerlo y no se atrevieron.

Ese es el verdadero giro. Y esa es la razón por la que este momento importa.

 

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