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Pedro Benítez: Ecuador le negó un cheque en blanco a Daniel Noboa

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¿Qué hace un gobernante latinoamericano cuando parece no tener respuestas a los problemas concretos de su país y/o los órganos de control no le dejan hacer lo que da la gana? Pues muy sencillo: intenta cambiar la constitución.

Esa posibilidad es la que la mayoría de los electores ecuatorianos le negaron al joven presidente Daniel Noboa, cuando pretendió seguir el ejemplo de su antecesor Rafael Correa y del venezolano Hugo Chávez. Por lo visto, no le pareció suficiente los 20 textos constitucionales que su país se ha dado desde que se constituyó como república independiente en 1830.

En un paquete que incluía otras tres preguntas, apostó por la vía plebiscitaria apenas siete meses después del balotaje que lo reeligió en el cargo, y luego de años de crisis política, la disolución anticipada del Congreso en 2023 y una escalada de violencia criminal que ha convertido a Ecuador en uno de los países más peligrosos de la región.

Este pasado domingo, de los 13,9 millones de electores llamados a las urnas se estima que cerca de un 80% se presentaron para ejercer su derecho al sufragio a fin de aceptar o rechazar la instalación de bases militares extranjeras, la eliminación del financiamiento público a los partidos políticos, la reducción del número de asambleístas y la instalación de una Asamblea Constituyente para redactar una nueva constitución.

De las cuatro, la (institucionalmente) más preocupante fue esta última. Noboa intentó repetir la táctica chavista que Correa importó para Ecuador en 2008 y que se puede explicar más o menos así: para gobernar necesito resetear las reglas del juego con las que fui elegido.

En agosto pasado el presidente encabezó una manifestación de rechazo a la decisión de la Corte Constitucional de suspender en forma cautelar tres leyes consideradas indispensables para avanzar en su lucha contra la inseguridad.

Las demás preguntas, en realidad, fueron un caramelo para incautos. Sin embargo, para sorpresa de propios y extraños, y también de las encuestadoras (que volvieron a fallar), la mayoría les dijo no a todas las preguntas planteadas con alrededor del 60% de los sufragios (unos seis millones de votos). La que obtuvo un mayor margen en contra fue precisamente la constituyente (61%), mientras que la referida al financiamiento público de los partidos fue la más baja (53%).

Noboa intentó aprovechar su relativamente reciente victoria electoral, así como el respaldo ciudadano que aún conserva, efectuando, en la práctica, un referéndum sobre su gestión. El último estudio de opinión pública situó la aprobación presidencial en 51,6% y la desaprobación en 42,8%. Creyó que eso era suficiente, pero no se tomó la molestia de explicar en qué consistía la propuesta constitucional que deseaba impulsar. Simplemente pidió la autorización para iniciar el proceso constituyente sin decir a dónde deseaba dirigir al país.

No obstante, mucha gente tiene presente la experiencia de la Constitución de 2008, aprobada tras un amplio proceso constituyente impulsado por Correa, pero que dejó más sombras que luces; amplió derechos e instituciones de control, pero también fue una estratagema que fortaleció el presidencialismo. Por ejemplo, se necesitan menos votos en la Asamblea para destituir al fiscal general del Estado que para un ministro.

Además, hay un electorado mayoritariamente joven (el 26,7% de los votantes tiene entre 18 y 29 años, y casi la mitad del padrón tiene menos de 40), que no se alineó de forma automática con la agenda de reformas del Gobierno.

Noboistas

Así, se ha puesto de manifiesto que, si bien hay una mayoría de los ecuatorianos que es anticorreísta, eso no los hace automáticamente “noboistas”.

De modo que el mandatario se ha llevado su respectivo baño de realidad. “Estos son los resultados. Consultamos a los ecuatorianos y ellos han hablado. Cumplimos con lo prometido: preguntarles directamente. Nosotros respetamos la voluntad del pueblo ecuatoriano”, afirmó el mismo domingo en la noche.

Sin embargo, el rechazo popular a esas propuestas no significa necesariamente un respaldo a la oposición organizada, pero sí refleja la cautela de un electorado que ya ha visto cómo anteriores procesos constituyentes no implicaron mejoras concretas.

Para la oposición y los movimientos sociales que promovieron el No, el resultado es una victoria; han logrado detener las reformas, pero siguen enfrentando el reto de articular una propuesta alternativa frente a un Gobierno que, pese al revés, conserva la legitimidad de su mandato.

El presidente, por su parte, tiene la presión de mostrar resultados concretos en seguridad y economía. Las demandas de los ecuatorianos se pueden resumir con la siguiente fórmula: seguridad en las calles y dinero en los bolsillos. No muy distinto a la misma lógica pragmática que predomina por estos días en el resto del electorado de América Latina. Al menos, eso fue lo que ofreció y por eso la gente le votó. No para cambiar la constitución.

Sin duda, Noboa ha recibido un golpe en su imagen, pues estos resultados podrían significar el inicio del declive de la percepción favorable a su gestión. Eso está por verse. No obstante, la actual constitución ecuatoriana es muy presidencialista y su reacción al acatar los resultados democráticamente los resultados le abren margen de maniobra.

Pero se le acaban los conejos de la chistera, las maniobras de distracción y las medidas efectistas. No le queda otra que mostrar gestión.

@PedroBenitezF

 

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