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Rosalía Moros de Borregales: La ruta de la plegaria poética VII

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El Barroco español: El alma contrita y el amor redentor.

Al leer detenidamente la oración poética del Barroco español percibimos que esta plegaria ya no es solo la contemplación y la pasión del alma creyente por su Señor, sino una expresión de esa lucha interior que surge entre la culpa de la ofensa a Dios y la gracia que Él ofrece a todos los que se acercan con un corazón humilde. En su recorrido esta plegaria evoca el Salmo 51:1 “Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, Oh Dios.” Cada poeta expresa una faceta de esa lucha interior, Lope de Vega expone el arrepentimiento, Quevedo el desengaño y la redención, Góngora exalta la Cruz como el lugar donde el alma se purifica y el poema anónimo adjudicado a Santa Teresa expresa la contrición amorosa.

I. Lope de Vega (1562-1635)

Este sacerdote y dramaturgo del siglo de oro español nació en Madrid, en una España desbordante de esplendor. Su genio lo llevó a dominar todos los géneros literarios; razón por la cual fue llamado “Fénix de los ingenios” por Cervantes. Vivió intensamente las pasiones humanas en su juventud; más tarde, en su madurez, halló en la fe un refugio para su alma arrepentida por la vida mundana. En su libro Rimas sacras (1614) transformó el arrepentimiento en poesía devota. En Lope de Vega la palabra se arrodilla, la culpa se convierte en canto y el alma descubre en Cristo al Amigo que nunca dejó de llamar a su puerta.

¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?

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Este poema es la representación de un corazón enternecido por la experiencia del amor divino; al mismo tiempo es la expresión del dolor por el aplazamiento constante de la respuesta afirmativa a esa voz que nos susurra al oído, en un llamado que enciende en ardor nuestro ser interior: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él y cenaré con él y él conmigo.” Ap. 3:20.

II. Poema anónimo del siglo XVI A Cristo crucificado

Este poema anónimo del siglo XVI, muy conocido y popularizado es atribuido a Santa Teresa; sin embargo, no se encuentra entre sus obras: Libro de la vida, Camino de perfección, Las Moradas o Castillo interior, Relaciones espirituales, Exclamaciones del alma a Dios, Conceptos del amor de Dios, Fundaciones y documentos epistolares. No obstante hay tres razones históricas por las que se atribuye a Teresa aunque no le pertenece documentalmente. Primero, el poema circuló por muchos años en los devocionales carmelitas. Segundo, el poema expresa una doctrina idéntica a la de Santa Teresa; en su obra Conceptos del Amor de Dios escribe: “No porque haya de darme el cielo le amo, sino porque tanto me dio sin merecerlo.” Tercero, durante los siglos XVI y XVII muchos poemas no se firmaban y las comunidades monásticas solían atribuirlos a los santos líderes. Así ocurrió con este soneto, su amor y sencillez lo hicieron teresiano por adopción.

A Cristo crucificado

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Recuerdo haber pasado varios días repitiendo este poema con mi madre, cuando era una niña de tercer grado de primaria. Hasta que un día brotó como una canción de mi alma; no solo lo había memorizado, sino que su mensaje me había conmovido profundamente. La siento como una de las oraciones más puras de la tradición hispana, representa al alma que ama por quien ha venido a ser Jesús en su vida, no por lo que Él puede dar como premio, ni por el infierno tan temido.

III.    Francisco de Quevedo (1580-1645)

Este poeta nacido en Madrid, en el seno de una familia noble a servicio de Felipe II, estudió en el colegio imperial de los Jesuitas y luego en la Universidad de Alcalá de Henares, donde se formó en teología, lenguas clásicas y humanidades. Desde joven mostró un intelecto prodigioso y una ironía mordaz que marcaría toda su obra. Se convirtió en un poeta de gran hondura con una mirada lúcida sobre la fugacidad del mundo. Sufrió encarcelamientos y destierros, su cristianismo no fue místico como el de San Juan de la Cruz, sino moral, penitente y filosófico. En su obra Heráclito cristiano (1613) escribe con una fe desgarrada, tratando de reconciliar la razón con la gracia. Para Quevedo la vida es sueño, la gloria humana es humo, y solo el amor divino vence al tiempo y a la muerte.

Amor constante más allá de la muerte

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En Quevedo la poesía barroca alcanza su más alta llama, la redención por el amor eterno. El alma, prisionera de Dios, no teme apagarse, aún en el polvo sigue enamorada. “Las muchas aguas no podrán apagar el amor, ni lo ahogarán los ríos.” Cantares 8:7.

IV. Luis de Góngora (1561-1627)

Nacido en Córdoba, fue sacerdote, músico y poeta del siglo de Oro español. En su juventud destacó por su ingenio y dominio del idioma español. Su estilo llamado culteranismo, llenó la lengua de música y color. A través de sus escritos quiso revelar la perfección de la creación como reflejo del Creador con un lenguaje lleno de esplendor. Fue el creado del Hipérbaton, figura en la que se altera el orden de las frases: “Mientras por competir con tu cabello, oro bruñido el sol relumbra en vano…” Aunque fue criticado por la complejidad de sus sonetos religiosos, en su poesía se percibe al artista que se rinde ante el misterio de Dios.

A Cristo crucificado (Soneto LXXXVI) 

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En Góngora encontramos el intelecto rendido a la belleza de la expresión espiritual. Su estilo impecable de la época, eleva la penitencia a poesía; su alma es desgarrada por la verdad del Cristo, el Rey nacido en estrechez y muerto pendiendo de un leño: “Mirarán al que traspasaron” Juan 19:37. Un alma tocada por el amor en el que la distancia que lo separa de Dios está solo entre su cabeza y su pecho.

Epílogo

 En el Barroco la plegaria poética se vuelve herida que canta con cada lágrima. El alma se descubre desnuda ante su Dios, reconociendo la fragilidad de su humanidad, la limitación de su fuerza y la esperanza de un alma enamorada hasta la muerte. Los poetas de esta entrega, Lope, Quevedo, Góngora y el autor anónimo de fuego teresiano, no elevan sus plegarias desde la contemplación sino desde el dolor de la culpa que ha conocido la gracia del amor del Salvador.

Sus versos son espejos donde el ser humano contempla su caída y al mismo tiempo, la mano que lo levanta. Es la hora del Dios que llama a la puerta y del alma que responde entre sollozos: “Mañana le abriré; y un día, el mañana se convierte en hoy. La poesía del Barroco es una rosa que muestra el esplendor de su belleza, pero no esconde las espinas que se encuentran en el camino hacia su hermosura. Nos recuerda que Dios escucha los silencios rotos.

En este tiempo de luces y sombras, la oración se ensancha, no huye del dolor, lo abraza; no niega la carne, la consagra; no ignora la muerte, trasciende con ella. El alma barroca aprende que la belleza también se encuentra en el camino de la salvación; porque el arte cuando nace del arrepentimiento hace camino hacia la gracia.

En el fondo de toda noche humana, cuando la palabra se quiebra y el corazón se rinde, solo queda un latido que no muere: “Muéveme, en fin, tu amor.”

Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia. Jeremías 31:3.

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