La tensión interna que en todos los países europeos está provocando la agresión israelí contra Gaza, con sesenta y cinco mil muertos, ciento sesenta y cinco mil heridos y la destrucción de miles de viviendas y de infraestructuras, está creando una situación que no siempre es fácil de controlar. Un ejemplo de esa tensión es el Partido Popular español, cuyos dirigentes más sensatos apuestan por reconocer la existencia de un genocidio, pero donde figuras relevantes y de distinto nivel, como José maría Aznar e Isabel Díaz Ayuso, quieren arrastrar al partido a la trinchera que ocupan Netanyahu y Trump. Con un Presidente del partido con más autoridad y más criterio propio, ese intento de arrastrar al partido conservador al campo trumpista hubiera fracasado. Pero Núñez Feijóo sólo actúa cuando se ve arrastrado por unos y por otros, por la extrema derecha de su partido y por la extrema derecha de Vox.
En ese contexto de vacilaciones y de ausencia de un mensaje nítido para los electores del Partido Popular, las declaraciones de José María Aznar en el llamado Campus FAES merecen glosarse por dos motivos. Por una parte, por lo que comporta de presión sobre su partido y sobre el Presidente del mismo. Por otro lado, sobre su concepción de las relaciones internacionales y, en definitiva, sobre la Filosofía de la Historia que se anuda en la ideología de Aznar.
En primer lugar, se constata que Aznar sigue siendo un militante activo en el seno de su partido. Ejercer de ex-Presidente del Gobierno no es fácil. Por un lado, es posible deslizarse hacia el adanismo inverso, es decir, a pensar que nada de lo que han hecho los sucesores es acertado y positivo, con resonancias manriqueñas. También se puede incurrir en victimismo, pensar que el partido que uno ha dirigido tanto tiempo lo margina y no lo tiene en consideración. Otro comportamiento de los antiguos gobernantes, muy habitual en muchos países, es intentar dirigir el partido en la sombra, con incidencia incluso en la política nacional. Eso es lo que hace José María Aznar, que trata de dirigir al Partido Popular por la senda conservadora más extrema, lo que comporta aliarse con Isabel Díaz Ayuso y entrar en el campo de Vox. Ante esa presión, un Presidente del partido con más autoridad habría reaccionado fijando con fuerza su propia línea política, de cuño centrista. Pero Núñez Feijóo sigue siendo (y nunca dejará de serlo) el político de provincias, tácticamente astuto y marrullero, pero incapaz de tener una visión estratégica de Estado. Por consiguiente, cuando Aznar y Díaz Ayuso (y, de paso, Vox, que tanto da) señalan la senda a Núñez Feijóo, éste no se atreve a distanciarse mucho de la senda, y sólo cuando la presión de la opinión pública es muy fuerte se atreve a amagar (“masacre” por “genocidio”, por ejemplo) sin culminar el gesto de independencia. Al final, Núñez Feijóo no se atreve a salirse del camino que le señalan otros.
La segunda dimensión de las declaraciones de Aznar en el Campus FAES no es nueva, pero debe resaltarse. No es nueva porque ya la incubaba cuando era Presidente del Gobierno (véase Javier García Fernández: “El pensamiento estratégico del Presidente Aznar”, Temas para el Debate, núm. 111, enero 2004, págs. 48-50), pero, dada la influencia que el antiguo gobernante tiene sobre su partido, es preocupante. Me refiero al conjunto de afirmaciones que rezuman trumpismo y que demuestran una cierta ignorancia de lo que son las relaciones internacionales.
En una intervención breve (no se esforzó mucho en cuatro folios), llena de tópicos, Aznar dedicó la mitad de su discurso a atacar y desacreditar al Gobierno de España y a su Presidente y, además, soltó unas píldoras de mala estrategia.
El antiguo Presidente se quejó de que Europa y España han renunciado al esfuerzo, al riesgo a la innovación, por lo que hay que volver al espíritu de libertad y trabajo para hacer frente a la escala comercial de Trump. Y ello porque el poder geopolítico se basa en capacidad de producción. Sin negar esa base económica, ¿cómo es posible que un país en decadencia económica como Estados Unidos haya logrado imponerse a la Unión Europea, pero no a China, a la India o a Brasil? ¿No es precisamente la crisis de producción de Estados Unidos lo que ha impulsado las políticas proteccionistas de Trump? Si la Unión Europea o el Reino Unido se han plegado servilmente a Estados Unidos no es por falta de espíritu de libertad y de trabajo, sino por la cortedad de miras y la cobardía de algunos gobernantes (von de Leyen, Starmer) incapaces de entender lo que significa la independencia política de las grandes potencias.
En la versión del discurso que apareció en El Mundo (pero no el texto de la intervención que ofrece la web de la Fundación FAES), Aznar se preguntó si Oriente Medio estaría mejor con un Irán nuclear, si Hezbulá controlara el Líbano y Hamas dominara Gaza y Cisjordania. Y ahí está la trampa de los argumentos de Aznar. Porque a continuación afirmó: “La política internacional no es cuestión de sentimientos, sino de realidades. Afrontar y encauzar situaciones trágicas es una de las servidumbres de la política. Una de las menos fáciles. Se trata de contribuir a un mundo más seguro y libre. Y no de convertir a España en un Estado que no sea fiable”-
¿Qué significa este discurso? Primero, que Aznar, alineándose con Netanyahu y con Trump, rechaza el Derecho internacional humanitario y no condena el genocidio de sesenta y cinco mil muertos. En segundo lugar, que para el gobernante en Oriente Medio sólo hay dos polos, Israel versus Irán, Hezbulá y Hamas, cuando la realidad política es mucho más compleja y criticar al Gobierno israelí no significa apostar por Irán, Hezbulá y Hamas. En tercer lugar, el discurso de Aznar conlleva legitimar el uso de la fuerza, sea del Ejército de Israel contra los gazatíes o de Hamas contra los israelíes. Y, en cuarto lugar, que sólo la fuerza, y no la diplomacia, resolverán la crisis de Oriente Medio.
Que Aznar, al igual que en 2004 cuando apoyaba la agresión estadounidense contra Irak, tenga una visión belicista y tosca de las relaciones internacionales y de la Historia, no debería tener mucha importancia. Lo malo es que marca el camino a la dirección del Partido Popular. Legitima la confusión o el despiste de Núñez Feijóo y con ello dificulta que se pueda acordar una política exterior de Estado con el principal partido de la oposición. Cuando algunos Gobiernos conservadores han reconocido Palestina como Estado, cuando la presión internacional sobre Israel puede contribuir a atenuar el genocidio, el Partido Popular se alinea con el trumpismo y dificulta el consenso que es tan necesario.

