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Sergio Monsalve: No entienden la vibra

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Cada generación tiene su Demon Slayer. No es algo tan nuevo como se piensa, después de todo. En mi época fue la película de Mazinger Z, un fenómeno de los fanáticos del animé original.

En aquel entonces, sesudos analistas de revistas de Comunicación, donde yo escribiría luego por cuestiones de vida paradójica, despanzurraban el género con una vista condescendiente, preguntándose si alentaba la violencia o no. Típico falso dilema, mil veces respondido por ellos de forma negativa.

Pero Mazinger Z era el cuco del momento, por su explotación en la caja chica, cuya imagen despertaba los prejuicios de los analistas criollos. Algunos de ellos nunca superaron las lecturas izquierdosas de Matellart y Ariel Dorffman, en panfletos como Para Leer al Pato Donald, donde cualquier producto mainstream era acusado, sin pruebas, de vehicular una agenda del “imperialismo” y demás babosadas por el estilo. Por supuesto, mis profesores de la Central evolucionaron con lentitud y pronto renegaron de sus orígenes en las viejas teorías de la comunicación de América Latina.

Sin embargo, siempre quedó un resquemor, una escama, una incapacidad de comprender a tiempo la cultura del consumo, sin caer en la indiferencia y el desdén, bajo criterios binarios y maniqueos.

Antes, las revistas de los críticos despacharon, con igual molestia y superioridad moral, las películas de artes marciales, al considerarlas un simple mecanismo del mercado, para instrumentar la censura que se ejercía sobre la violencia en los canales tradicionales.

Por supuesto, nunca se pasaba de ahí con las obras maestras del Kung Fu que protagonizó Bruce Lee, tampoco se mencionó el impacto visual y kinético del cine de Jackie Chan.

El gremio andaba en su nota romántica, por el cine de autor y así crecimos con serias lagunas formativas.

Por fortuna, hubo recambio en los noventa y los dos mil, para una generación de relevo que sí quiso valorar y adentrarse de lleno en el universo orientalista, otaku y animé de Japón.

Surgió una muy fuerte afición en el país por la cultura asiática, proveniente de Tokio y sus alrededores, dando lugar a tribus urbanas, a una sólida cultura juvenil de entusiastas y expertos en manga, en animé, en series.

Ellos tuvieron el antecedente de nosotros con MazingerKarate Kid y Bruce Lee.

Hoy les toca el turno de empoderarse en la taquilla doméstica e internacional con Demon Slayer: Castillo Infinito, tras el reciente éxito de K Pop Demon Hunters en Netflix, dos golpes en la mesa propinados por los apéndices de Sony Pictures.

El cine, de nuevo, es de nicho, nunca de dejó de serlo.

Solo que las crisis recientes de tanques y franquicias han puesto a los productores a encontrar fórmulas creativas que permitan oxigenar el negocio, haciendo que sobreviva. Es el caso del terror con el Halloween adelantado que experimentamos en agosto, amén de la subida de calidad que se palpa con Weapons y Haz que regrese.

Del mismo modo, Conjuro 4 recoge los frutos de la temporada del pánico en vacaciones, aprovechando su dinámica conclusiva y de cierre para los Warren, en una película no necesariamente esmerada, pero sí rentable.

En tal sentido, volví al Sergio de Mazinger Z, cuando disfruté del diseño barroco de Demon Slayer: Castillo Infinito, plagada de conejos de pascua para sus seguidores, y de un resumen de la filosofía nipona en el cine, para quien guste semiotizar y analizar, como es mi caso.

A favor, destaco el excesivo cuidado en el detalle de sus líneas y trazos, sobrecargando los rostros de un rico menú de referencias, para revisar con calma, como zarcillos, tatuajes, peinados, atuendos y colgantes que realzan el fashion de los espectadores que aman el animé, disfrazándose como sus personajes favoritos.

La moda tiene mucho que ver, así como la abstracción del guion, que se concentra en tres peleas, como de Kill Bill, atravesadas por innumerables flash backs que humanizan a los dos bandos en pugna, los de salvadores y los de demonios.

Al respecto, sorprende el contrabando existencial de la primera parte, seguido por el contenido darwinista del segundo acto.

Las batallas reales, como en el cine de Fukasaku y Kurosawa, nos sumergen en la matriz de los dojos de la era Edo, para mostrarnos los claroscuros de los senseis y sus discípulos, como si fuese un bucle o un loop de los mejores episodios de Cobra Kai en lenguaje animé.

El arte del manga traspasa la pantalla, al romper con la linealidad y la figuración convenida, agregando capas de sentido.

En contra de Demon Slayer: Castillo Infinito, el crítico extraña una capacidad de síntesis y menos explicación gritada a través de los diálogos.

Pero no hay manera, es lo que demandan los chicos en los eventos épicos que estiran al máximo sus emociones y recuerdos nacidos en el espacio doméstico, en el encierro de la casa, en el castillo infinito de su cápsula digital.

La película los ha hecho salir, descubrir una aventura nueva, verse en comunidad y apreciar el ritual del cine, en silencio.

Muchos chamos en Caracas descubren el cine por Demon Slayer: Castillo Infinito y prometen regresar.

No puedo más que identificarme con ellos y pensar con nostalgia que algunos ciclos se repiten. Todos en el cine tenemos una tarea de escuchar más a nuestras audiencias y de ver qué esperan los jóvenes, sobre el cine.

Por ahí se puede empezar a construir un futuro.

 

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