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Rafael Fauquié: Memoria histórica

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En su libro Miserias del historicismo, Karl Popper se formula una pregunta: ¿por qué la historia del poder ha sido escogida como la única forma de recuerdo para todas las naciones? Y él mismo se ofrece la respuesta: absurdamente, los hombres pareciéramos reverenciar la fuerza por encima de cualquier otra condición; veneración surgida de los peores atributos de la condición humana: la crueldad, la barbarie, la irracionalidad y sus patéticas consecuencias: el miedo, la pasividad, el adocenamiento…

Popper se interroga sobre la posibilidad de una memoria histórica diferente en la que tuviesen cabida los esfuerzos de todos los hombres construyendo un destino colectivo. Su respuesta, por supuesto, es negativa: resulta inconcebible una historia capaz de dar cuenta de las esperanzas, luchas, sufrimientos y alegrías humanas. Por ello dolorosamente concluye Popper que los tradicionales libros de historia, con sus monótonas y a menudo delirantes evocaciones de guerras y jefes continuarán siendo los absurdos narradores de la colectiva memoria humana.

Buena o mala, plagada de errores o aciertos, la historia no obedece a propósito alguno. Carece de sentido como pedagogía para interesados usos políticos o como predicción del porvenir o pasiva veneración de algún fragmento del pasado.

Si la historia es la memoria de la vida de los hombres, ¿cuál debería ser el sentido de esa memoria? Acaso, por sobre todo, el de hacernos sentir partícipes de una construcción de la que todos podemos beneficiarnos de sus aciertos o comprender las secuelas de sus errores.

El tiempo es tiempo. Pasa. Sucede. Se transforma. Nos transforma. Y en el caso de las naciones, su recuerdo posee el nombre de memoria histórica. Poseer esa memoria significa entender que el tiempo ha de poseer el sentido que los hombres seamos capaces de darle.

 

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