Miraba siendo niño las hojas del árbol y me agradaba verlas dar vueltas al caer venciendo al aire incapaz de sostenerlas, precipitándolas más bien en su caída libre sin oponer resistencia alguna, y sin darme cuenta, sin sentir frío o calor dentro de mí, me complacía aquel movimiento de hojas muertas desprendidas de las ramas. Resultaba inconcebible en tan temprana edad entender que yo mismo, a mi manera, también podía ser considerado como una hoja al viento destinada a caer desprendida del floreciente árbol del conocimiento. El brillante verdor de la naturaleza y la intensa luz de vida que se iniciaba en mi infancia parecían fusionarse dentro de mí. Allí estaban los árboles mostrando el encanto de un rumor que observaba y contaba mis pasos; ofreciéndome, sin yo saberlo, seguridad y confianza, sentimientos ignorados por el desapacible niño que fui mientras correteaba por el largo corral de mi casa sembrado de plantas corpulentas, seres vegetales leñosos de gruesos troncos y frutas maduras.
Corría en el largo corral de mi casa sorteando enormes matas de mango, ácidos olores de jobos amarillos, guanábanas y flores de pomagás extendidas en el suelo formando alfombras color magenta y al fondo, en el límite con la quebrada de Caroata donde terminaban mis aventuras de niño, se levantaba el gigantesco y antiguo bucare que comenzó a crecer y erigirse el mismo con sus propias fuerzas, sin ninguna ayuda, alimentado por raíces que a su vez buscan la vida en las profundidades de una tierra a su alrededor sobre la cual jamás se vio la huella de una presencia humana.
Y desde entonces, la blanca y cegadora luz del sol no ha dejado de filtrarse entre las copas de los árboles como si imitara el movimiento de mis correrías y alentara a los pájaros para que revoloteen en los espacios azules que dejan libres las frondosas alturas de aquel bucare convertido en solitaria eternidad.
Intuía en mí una sensibilidad que me acercaba a ese tembloroso verdor de las ramas que se mecen al viento, a las hojas que caen y a los pájaros en disparado vuelo, pero no sabía qué podía ser o qué forma tenía o cómo se llamaba aquella rara sensación que me complacía y tanto me agradaba ver y sentir. Fue entonces cuando murió Magdalena, la niña vecina de mi misma edad a quien veía corretear como yo en su corral o en el mío. Murió víctima de una enfermedad cuyo nombre nunca quise conocer y me desmoroné al saber que también morían los niños y con la ausencia inesperada de mi amiga perdí una razón de ser y dejé de contemplar y de extasiarme con la naturaleza porque descubrí que Magdalena no solo era la niña de mis juegos y seguramente de otros juegos que me esperaban al crecer junto a ella, sino que era la naturaleza misma que estremecía la copa de los árboles. Y comencé a distanciarme de aquella verde naturaleza que tanto me conmovió de niño. No es que a lo largo de mi vida la haya mantenido distante sino que me mostré indiferente y algo peor, comencé a temerle a pesar de haberla adorado porque hasta entonces ella era para mí la Magdalena que adoraban mis ojos. No me percataba de que formando yo parte de la intensidad de la naturaleza no solo me alejaba de su verdor, sino que me distanciaba de mí mismo. Terminé asociándola con la advertencia de Rimbaud cuando nos puso en guardia y confesó que había sentado a la belleza en sus rodillas y la encontró amarga y la injurió.
Todos los sábados, sin embargo, con lluvia o con sol subía al Ávila para saludar a la Cruz de los Palmeros porque al hacerlo creía que era una agresiva manera de decirle a la naturaleza que yo estaba en capacidad de enseñorearme en ella, de sentirme superior sin darme cuenta de que estaba haciendo el ridículo porque simplemente no le interesaban ni le afectaban para nada mis intenciones. Entonces me entraba una especie de desesperado frenesí ambulatorio y caminaba atolondrado durante largas horas por la montaña sagrada de los caraqueños.
Recuerdo haber visto en la Colonia Tovar una hermosa mata cargada de duraznos, a la que me trepé para coger algunos, pero tenían gusanos y las ramas estaban invadidas por hormigas que casi acaban conmigo; me dije que así como eran de alevosas, también formaban parte de la naturaleza y lo más indicado aconsejaba alejarme de ella. Leí el libro de John Withington Historia mundial de los desastres (2009), crónicas de guerras, terremotos, inundaciones y epidemias, una lectura aterradora sobre el comportamiento de la naturaleza embravecida y encontré un capítulo desgarrador dedicado al deslave en el litoral venezolano en 1999.
“La naturaleza se disloca”, escribió Salvador Garmendia en su Cuaderno Negro, 2003, hallado por Elisa Maggie en el escritorio de mi amigo, después de su muerte. “Los tiempos cambian de cara, de estilos y de temperamento. Todo es posible en un pequeño país de imposibles, acunado entre las montañas y el Caribe, un país de héroes sin historia y las historias condenadas a morir en días y horas fijos como si padecieran de falsas muertes”.
Pero en este país de héroes sin historia he vuelto a nacer a los 94 años y en este nuevo asombro de vida veo con espléndido privilegio a la naturaleza que tanto ofendí culpándola no solo de la muerte de Magdalena, la niña de mi infancia que correteaba en su corral con cintas en el pelo, sino de los estragos que causa en el mundo y entré en razón y me dije que, por el contrario, no es culpable de nada porque al igual que la niña del pelo y sus cintas de colores ignora qué es el bien y qué es el mal y hay que amarla y protegerla porque al hacerlo me glorifico a mí mismo.
No condeno mi historia sino que vuelvo a sentir la frescura del viento que hace temblar el verdor de los árboles y nuevamente, en mi imaginación, subo paso a paso los senderos de la montaña y veo el mar mientras me detengo junto a la Cruz de los Palmeros. Tengo helechos que cuido, les hablo y los venero porque me han dicho que estos que me mantienen vivo son especies del Viejo Mundo que se introdujeron en la América tropical en1930, es decir, en el tiempo que me vio nacer. ¡Me veo en ellos y me acaricio a mí mismo!
Y al establecer este firme y amoroso contacto con la naturaleza, de la que formo parte, entiendo que no es que me esté haciendo mejor persona sino que ¡me estoy volviendo más humano!

