Una de las escenas más emblemáticas del desplome del campo socialista fue el derribo, por medio de una grúa mecánica, del Monumento a Felix Dzerzhinsky en la Plaza Lubyanskaya de Moscú, ubicada (no por casualidad) frente al edificio sede de la policía de seguridad del Estado, la célebre KGB. Entre 1926 y 1991 la explanada se denominó como Plaza Dzerzhinsky en honor a quien fuera el fundador de los antecesores de ese servicio de seguridad.
Fanático revolucionario, Dzerzhinsky provenía de una familia de nobles polacos. Fue un radical opositor al zarismo razón por la cual fue arrestado con frecuencia y sufrió varios exilios a Siberia, de donde siempre escapó. Aunque se unió al partido bolchevique apenas en 1917, tuvo un papel muy activo en la revolución y apoyó decididamente a Vladimir Lenin en la crucial sesión del Comité Central de octubre que decidió el asalto al poder.
En diciembre de ese mismo año, Lenin, en su condición de presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo del nuevo régimen, lo designó como director de la Comisión Extraordinaria Panrusa para Combatir la Contrarrevolución y el Sabotaje, mejor conocida como la Cheka.
Su papel en la consolidación del bolchevismo en el poder fue crucial. En el contexto de la Guerra Civil Rusa (1918-1921) llevó a cabo el denominado Terror Rojo, una campaña de arrestos masivos, detenciones y ejecuciones sumarias. La Cheka creó los primeros campos de trabajos forzados del Gulag y se estima que entre 50 mil y 200 mil personas fueron ejecutadas sin juicio por sus agentes en los sótanos de las prisiones y en lugares públicos, acusados de ser opositores políticos y saboteadores.
Desde entonces, y hasta su muerte en 1926, Dzerzhinsky dirigió las tres primeras organizaciones de la policía secreta soviética: la Cheka , la GPU y la OGPU. Por eso motivo en la Unión Soviética se le recordaba como un héroe de la revolución, y en su honor se erigió la gran estatua. Por supuesto, también se convirtió en un símbolo prominente de la represión y la brutalidad por parte de los desafectos del sistema.
De modo que, el monumento de 15 toneladas, también conocido como “Félix de Hierro”, era emblemático y, precisamente por eso, la noche del 22 de agosto de 1991, poco después del fallido intento de golpe de Estado contra Mijaíl Gorbachov, miles de jóvenes comenzaron a congregarse en la Plaza Lubianka con intenciones de derribarlo.
En medio de la efervescencia del momento pintaron con aerosol en el pedestal palabras como “verdugo” y “anticristo”, junto con el símbolo de la Iglesia Ortodoxa Rusa. Los péndulos de la historia son implacables.
La gente se subió a la estatua y le ató cuerdas sujetas a un camión. Pero la operación popular corría el riesgo de dañar la entrada principal de la cercana estación de metro, un medio de transporte también símbolo de la era soviética pero muy apreciado por los moscovitas. Así estaban las cosas cuando de manera inesperada se presentaron funcionarios del ayuntamiento con una resolución municipal, aprobada a toda carrera, que ordenaba removerla de ese lugar y la respectiva maquinaria para ejecutar la medida.
Una vez desmantelada, la estatua fue llevada a un terreno baldío. En 1992 fue arrojada sin ceremonias al Parque de las Artes Muzeon, donde se iban acumulando otros monumentos soviéticos.
Este emplazamiento, a su vez, tiene una historia bastante interesante porque con el paso del tiempo, y al ritmo de las convulsiones políticas que han sacudido a la Santa Rusia a lo largo de los últimos 108 años, se ha transformado en un depósito al aire de esculturas, con más de 1.000 según su página web.
En abril de 1918, Lenin emitió un decreto según el cual todos los “monumentos en honor a los zares y sus servidores” debían ser retirados de la vista pública. Se creó una comisión para decidir sobre el destino de los mismos y se inició una política para la creación de otros nuevos que se alinearan con la revolución socialista.
Así, las nuevas estatuas comunistas tomaron el lugar de las retiradas erigiéndose siempre en el mismo sitio. Por ejemplo, el Obelisco del Jardín del zar Alejandro en Moscú, creado para celebrar el tricentenario de la dinastía Romanov, fue modificado para honrar a Karl Marx y Friedrich Engels.
Spoiler: En 2013, con motivo de los 400 años de la coronación del primer zar Romanov, ese monumento fue también desmantelado para crear una réplica moderna del original derribado en 1918.
Durante el extendido dominio (1924-1953) de Iosif Stalin proliferaron estatuas, monumentos y emblemas del régimen por toda la Unión Soviética. Significativamente la estatua ecuestre de Pedro el Grande en San Petersburgo, de 1250 toneladas y edificada en 1782, no fue tocada. Es más, durante los 900 días de asedio a la ciudad por parte de los alemanes durante la Segunda Guerra fue cubierta con sacos de tierra y un refugio de madera, sobreviviendo a los bombardeos y al fuego de artillería. No es secreto que Stalin era un admirador del autócrata modernizador y príncipe de todas las Rusias.
Tras la muerte de este en 1953, Nikita Khrushchev impulsó la desestalinización con el fin de acabar con el culto a la personalidad y revisar el papel de su antecesor (y ex jefe) en la historia reciente del país. El monumento a Stalin en la capital armenia, Ereván, fue retirado en la primavera de 1962 y reemplazado por el de la Madre Armenia en 1967. Otros más fueron desmantelados o destruidos en todo el Bloque del Este, como la gran estatua en la monumental Stalinallee de Berlín (posteriormente rebautizada como Karl-Marx-Allee), retirada en una operación clandestina en 1961. El monumento de Budapest fue destruido en octubre de 1956, y el de Praga, fue derribado en noviembre de 1962.
Incluso, se llevó a cabo la exhumación del cuerpo del dictador, siendo trasladados sus restos del Mausoleo de Lenin en la Plaza Roja a la Necrópolis de la Muralla del Kremlin, y el 11 de noviembre de 1961, la “ciudad heroica” de Stalingrado pasó a llamarse Volgogrado.
Así, muchas estatuas del régimen bolchevique o del anterior, varios de los cuales eran auténticas obras de arte, se fueron amontonando en el espacio de lo que hoy es el Parque de las Artes Muzeon. En 1965 se comenzó a construir allí la Casa Central de Artistas, y en pleno auge de la Perestroika comenzó a albergar exposiciones de artistas occidentales.
Sin embargo, en opinión del historiador de arte suizo Dario Gamboni, la retirada de esta estatua de Dzerzhinsky, fue el catalizador para que el público comenzara a atacar las estatuas de líderes soviéticos por todo el fenecido imperio.
Cuando el Partido Comunista de la Unión Soviética fue prohibido en noviembre de 1991, bustos y estatuas de Lenin, así como de otros líderes bolcheviques, procedentes de todo Moscú, fueron enviadas allí, incluyendo una estatua de granito rosa de Stalin, con el rostro destrozado a martillazos.
En enero de 1992, el alcalde de Moscú decidió organizar el lugar en un parque dividido en espacios temáticos, a fin de sacarle provecho. Desde entonces se ha desarrollado como sitio para el turismo occidental poscomunista. Por cierto, la mencionada estatua de Stalin ahora se yergue de nuevo sobre un pedestal siendo uno de los monumentos más visitados.
No obstante, el lugar también alberga obras con sentido político contrario, como la obra “Víctimas de los campos de prisioneros de la era soviética” del escultor ruso Evgeny Chubarov, que exhibe 282 cabezas de piedra en una jaula que donó con la condición de que se exhibiera junto a la estatua del dictador.
Durante las últimas tres décadas esa práctica iconoclasta se ha mantenido: un monumento a Stalin fue retirado de su ciudad natal en Georgia, en 2010; el mayor monumento a Lenin en Zaporizhia, Ucrania, fue destruido en 2016; y la estatua soviética más grande de Letonia (de 79 metros) fue derribada en agosto de 2022.
Sin embargo, dentro de Rusia las cosas no se ven de igual manera. Desde de que Vladimir Putin (un ex agente de la KGB) se convirtiera en presidente en el año 2000, ha habido debates sobre si el monumento a Dzerzhinsky debería o no ser devuelto a la Plaza Lubyanka y se han presentado seis propuestas para devolver la estatua a su pedestal. Hace relativamente poco tiempo, el 11 de septiembre de 2023, el monumento fue erigido nuevamente, pero esta vez frente a la sede del Servicio de Inteligencia Exterior en las afueras de Moscú.
Aunque esta historia sobre la destrucción y reemplazo de monumentos en los territorios del antiguo imperio ruso (ex URRS y sus satélites) es apasionante, es, desde luego, muchísimo más extensa. A propósito de esto, el profesor Gamboni tiene un libro donde analiza la destrucción deliberada de obras de arte (iconoclasia y vandalismo) desde la Revolución francesa hasta el siglo XX, interpretando estos actos no solo como ataques, sino también como formas de producción simbólica y política. Allí sostiene una tesis fascinante: las imágenes son peligrosas porque tienen poder. En su opinión las imágenes no son neutrales, tienen un potencial de acción en la esfera pública. Por eso son objeto de ataques.
Al hilo de esa idea, no es aventurado afirmar que Lenin era consciente de eso. Después de todo, esta cuestión tiene antecedentes bíblicos; literalmente.
Según las Sagradas Escrituras, Dios le ordenó a Gedeón que derribara el altar de Baal y la estatua de Asera que pertenecían a su padre (Jueces 6:25), y Josías, rey de Judá, emprendió una reforma religiosa en la que destruyó todos los altares e imágenes de dioses extranjeros (2 Reyes 23:4-14).
Pero, si para los antiguos hebreos la mayor ofensa a Dios era la idolatría expresada en imágenes, para los egipcios era todo lo contrario: la destrucción de sus imágenes de culto la consideraban un horror. Si bien, según los especialistas en historia antigua, hubo un faraón que se dedicó a eso.
Desde entonces, y hasta la Revolución francesa, erigir imágenes de culto fue un tema exclusivamente religioso. Entre los musulmanes porque tienen completamente prohibido el representar imágenes divinas. Entre los cristianos porque durante siglos dio pie a una controversia por el uso de las mismas, primero con la destrucción de los templos paganos, y luego desarrollando su propia iconografía.
En el siglo XVI, mientras la Iglesia católica iba incorporando indirectamente en América elementos provenientes de las culturas indígenas a su propio culto a las imágenes, en Europa, en los territorios dominados por la disidencia protestante, se desató una oleada iconoclasta, argumentado que la veneración a las imágenes era una falta directa al segundo de los Diez Mandamientos.
Casi tres siglos después la práctica reapareció en Francia, durante su revolución (1789-1794), con el desmantelamiento de retablos, quemas de vírgenes y santos, hasta la decapitación de estatuas reales en plazas públicas, como símbolos del Antiguo Régimen (el altar y la corona) y para legitimar la nueva república.
La iconoclasia religiosa se repitió en Rusia en el siglo XX, y también en la Segunda República española (1931-1936), aunque, al igual que en Francia por motivos políticos.
Gamboni observa que la eliminación de imágenes antiguas generó, paradójicamente, un recuerdo más vivo de lo que había existido, alimentando memorias colectivas en el largo plazo.
Vista, así las cosas, no debe extrañarnos que todavía hoy este tema siga siendo objeto de controversia pública, y tenga su utilidad política en muchas partes del mundo.
Otros ejemplos: en Madrid, en la madrugada del 17 de marzo de 2005, por orden del entonces presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero fue retirada la estatua ecuestre de Francisco Franco develada en 1959 y que había sobrevivido casi 30 años al final de la dictadura. La novedad corrió lo suficientemente rápido como para que se congregara un centenar de curiosos, periodistas y nostálgicos a presenciar el espectáculo, con estos últimos entonado brazo en alto el Cara al sol. Fue el primer paso de lo que luego sería la Ley de la Memoria Histórica que, entre otras iniciativas, promovió la retirada de todos los símbolos y elementos monumentales que exaltaran el franquismo en espacios públicos.
Resulta ser que Taiwán llegó a tener alrededor de 43 mil monumentos de distinto tipo del generalísimo Chiang Kai-shek, distribuidos en parques, escuelas, edificios oficiales y bases militares. Por lo que sabemos, cada vez que el partido contrario a su legado llega al poder, retira de circulación un buen lote.
En Estados Unidos, todavía hoy en día, hay más de 700 monumentos y estatuas dedicados a la Confederación en lugares públicos, principalmente en los estados de Georgia, Virginia y Carolina del Norte. Cada cierto tiempo se generan protestas de quienes consideran insólito que se honre la memoria de los que se alzaron en contra del país, además de ser símbolos de defensa de la esclavitud y el racismo. Otros defienden su preservación como parte de la historia y el patrimonio de sus regiones.
Pero varias ciudades han tomado medidas para retirarles o reubicarlas, mientras que otras han sido vandalizadas o derribadas por manifestantes. Una estatua del general confederado Robert E. Lee en Richmond, Virginia, fue retirada después de protestas y órdenes del gobernador, después de que la del presidente confederado Jefferson Davis también fuera derribada muy cerca de allí.
Ahora bien, no siempre un monumento a un personaje del pasado es motivo de división y enfrentamiento en una sociedad. Citemos el caso de Venezuela, donde nadie cuestiona (siempre habrá alguna excepción, por supuesto) los monumentos al Libertador, Simón Bolívar; aunque fueron necesarios casi 44 años de su fallecimiento para que se levantara uno en su memoria.
Inaugurada el 7 de noviembre de 1874 en la Plaza Bolívar de Caracas (antigua Plaza Mayor), la estatua ecuestre de bronce traída de Italia, fue parte del ambicioso proyecto de Antonio Guzmán Blanco para consolidar una identidad nacional en torno al culto al Libertador.
Por cierto, previamente se le habían dedicado dos estatuas: la pedestre en Bogotá de 1846, y una ecuestre en Lima de 1858 (original de la que se replicó en Caracas).
No obstante, Guzmán tuvo el mal gusto de mandarse a hacer dos estatuas a su persona. Una ecuestre conocida como “El Saludante” frente al Capitolio, y otra pedestre en el Calvario, apodada “El Manganzón», en Caracas. Por supuesto, cada vez que se salía del país una turba las derribaba.
Los que nos recuerda una frase que Ramon J. Velázquez atribuía a Diógenes Escalante: en Venezuela todo es efímero.
Al Navío – @PedroBenitezF

