Un desquiciado levanta a un niño de un año y lo bate ferozmente contra el suelo. El niño, si no ha muerto, permanece en estado de coma en un hospital cercano. Un joven en Juan Griego se graba a sí mismo en el celular y luego se suicida. Los iraníes esconden la bomba atómica en lugar secreto. Atacan a Israel, pero se dejan gobernar por unos impresentables ayatolás que gobiernan en una absurda y desconcertante teocracia mientras, sin pedir permiso a nadie, Donald Trump y los tenaces israelíes pretenden acabar con antiguas culturas. Tanto el populismo como la corrupción política y económica se han convertido en aullidos intransigentes y malvados que se están adueñando del mundo. Es más, en mi reducido espacio de vida desde que era niño, Dorothy Gale después de vivir la fantástica peripecia de Oz regresa de aquel mágico mundo de un hombre de lata, un león cobarde y un espantapájaros de viva inteligencia complacida por la grisácea granja familiar de Kansas y permite que la fascinante aventura del cine se traicione a sí misma e instale en nosotros, desde entonces, un desatinado conformismo que parece no querer abandonarnos. Y por momentos siento que pierdo fuerzas, me desanimo, desfallezco porque me pregunto: de qué ha valido vivir mi vida si al final es ella la que arde consumida por el fuego de una intemperancia ajena.
Me aseguran que siempre ha sido así, que es propio de la condición humana mostrarse ávida, impulsiva e irredenta. Lo sé y lo entiendo, pero me cuesta aceptarlo. Esta vez es mi turno; soy adulto de avanzada edad, me toca enfrentar lo que me queda de vida y me espantan las consecuencias de una guerra contra Irán, ocasional y taimado amigo de mi país, que podrían sofocar al animal de costumbre que no se cansa de devorarme a mí y al poeta Sánchez Peláez cuando padecía sus dentelladas en Animal de costumbre, 1959, antes de que la muerte le diera el último sobresalto.
Porque todo cambia, todo gira. Lo han dicho los sabios desde la antigüedad y lo repiten quienes todo lo ignoran. “Has de saber, Sancho que en la naturaleza todo está en continua mudanza”, lo dijo el hombre más atarantado que conocemos, un hidalgo que tenía un ama, una sobrina, una adarga antigua, es decir, un escudo de cuero, un rocín flaco y un galgo corredor que misteriosamente desaparece apenas se nombra y nunca más volvemos a saber de él. Desaparece cuando se apaga la lucidez del hidalgo para convertirse en la iluminada y visionaria mirada de aquel inolvidable Espejo de la caballería andante. Una pena porque habría sido gracioso ver a un galgo correr junto a Rocinante: una imagen jamás vista en tiempos de Amadís de Gaula.
Me apena lo del niño porque me duele lo que le ocurre a la gente, no a la humanidad porque la humanidad es algo vago e impreciso, incorpóreo; es como ver llover, es humo que se dispersa en el viento. Charles Chaplin convertido en Monsieur Verdoux camina rumbo al patíbulo en compañía del sacerdote que trata de reconfortarlo y Verdoux se detiene, mira al sacerdote y le dice: “Mi problema no es con Dios, ¡es con los hombres!”. No menciona a la humanidad en hora tan desfallecida, menciona a la gente. No exclama como Uslar: “¡Gente, amigo Cabrujas, gente!” cuando José Ignacio le comentó que pensaba viajar a París y el autor de Las lanzas coloradas, 1931, ponderó a la gente de París olvidando a la de Caracas.
Creo en las gentes y me entristece lo mal que viven las que se mueven en los barrios, aunque la penuria y la escasez toca también por igual a la clase media pavorosamente aniquilada por la ineptitud de quienes de manera abusiva y descerebrada o de cerebro maltrecho manejan al país. Justamente, el sector eficazmente productivo, la masa laboral y profesional que forma buena parte de la monstruosa diáspora que atomizó no solo a la familia sino a la propia población venezolana es lo que más se asemeja a los escombros de una casa en ruinas. No sabremos cuántos compatriotas regresarán voluntariamente al país o permanecerán anclados en el que buscaron residencia y vida. Son muchos los jóvenes ausentes y son muchos también los que por circunstancias desafortunadas no son aves migratorias, pero ven cómo se aleja la dicha que significaba algún avance en su inmediato porvenir.
Permanecemos los adultos que por circunstancias similares seguimos atrapados en la incertidumbre de no tener claro el inmediato destino político del país. Un día amanecemos radiantes y seguros de nuestros pasos; nos animamos a sentir cerca una luz favorecedora al final del túnel y con júbilo en los ojos nos afirmamos en la certeza de que el país volverá a ser, pero también nos miramos al espejo tristes y desalentados porque el país se hunde cada vez mas en los pantanos de la ignominia y en apariencia nada ocurre para evitarlo y nos decimos que todo sucede debajo de nuestro entender, un ímpetu invisible, una presencia oculta como el enorme pero sereno mar que encontró Julio Verne en su viaje al centro de la Tierra cuando entró por un volcán apagado en Islandia y salió de las profundidades por otro volcán igualmente apagado, pero en Italia. Y así vivimos en un país político sin volcanes, pero con afligidas e inciertas ilusiones.
Me tocó visitar el Uruguay en tiempos de Bordaberry aquel desagradable dictador civil que terminó siendo enjuiciado por crímenes llamados de lesa humanidad y lo que me aturdía del Uruguay era que no veía jóvenes porque se encontraban fuera del país. Veía gente mayor, niños, pero no encontraba jóvenes en las calles. Estuve en el puerto con la marejada humana que veía salir un barco fletado por obreros de una fábrica que dejaban voluntariamente el Uruguay con destino a Australia. Apenas zarpó, apareció de popa a proa la pancarta mas grande y vigorosa que me haya tocado ver y aplaudir: “¡Bordaberry, métete tu país por el culo! Cuando quisieron detener el barco opositor éste ya había alcanzado los límites de navegación dejando en ridículo a Bordaberry y en risueño encanto a los que aplaudíamos.
Lo que me impactó en Roma fue ver en la Via del Corso a las aeromozas de una línea aérea que protestaban por malos tratos e insatisfactorios salarios y una de ellas sostenía la pancarta más decidida que hayan visto mis ojos: “¡Detrás del maquillaje está el cansancio!”. Exclamaciones de intensa fatiga que nada tienen que ver con ninguna humanidad sino con gente bella y noble harta de ofensas y vejámenes.
El niño de apenas uno o dos años que fue arrojado al suelo con demencial violencia es probable que haya muerto sin conocer o entender siquiera qué es jugar con el amanecer, sin disfrutar de la luz del sol que entra por las ventanas. Son muchos los niños que en el mundo caen abatidos y doblegados por el infortunio. Vi esta “pinta” en un muro de Bogotá: y nunca la podré olvidar porque no solo alude al “gamín”, al desamparado chico de la calle, sino a su dolorosa existencia: ¡La vida es dura, pero no dura!

