¿Qué hay en un nombre? se preguntó una vez un gran poeta. Podría repetirse la pregunta de otra manera: ¿qué hay en un rostro? Ante todo, comienza por haber delimitación, ubicación, identidad.
Es ya un lugar común repetir que cada ser humano posee el rostro que se merece: ése que fue tallando con sus actos, con sus pasos, con su mímica personal.
Hay rostros tempranamente definitivos y rostros interminablemente cambiantes.
Hay rostros que muestran la desagradable verdad de sus pliegues y comisuras.
Hay rostros convertidos en palimpsesto de confusiones y miserias.
Hay rostros que enmascaran imprecisiones y dibujan lejanías.
Entre el rostro de ayer y el de hoy y el de mañana habrá cambios; cambios que podrían significar transformaciones dolorosas o trágicamente irreconciliables.
Quizá uno de los más comprensibles anhelos de cualquier ser humano sea que su rostro pasado y su rostro presente se asemejen; que el tiempo vivido los superponga con gracia y que, armoniosamente, los acerque; que las ilusiones y la frescura de la edad temprana no resulten demasiado estragadas con el paso de los años; que la faz final de cada individuo sea la válida y comprensible metamorfosis de un lejano rostro juvenil y nunca su grotesca, su deformada caricatura.
Rostros: amistosos o inamistosos, agradables o desagradables, imprescindibles o superfluos, cercanos o lejanos, comprensibles o impenetrables, apacibles o coléricos, inteligentes o estúpidos… Los contemplamos con sus cambiantes gestos; a menudo confusos, engañosos o impredecibles, acercándose o alejándose de nosotros, generalmente de acuerdo a nuestra voluntad de acercarnos o alejarnos de ellos.

