Esta pregunta ha sido culpable de muchas noches de insomnio, tratando de entender la razón o causa de la menguada importancia que han concedido los gobiernos y la sociedad venezolana a la educación. Situación que adquiere en estos últimos tiempos unas dimensiones catastróficas. No sólo la educación es irrelevante, sino que se trata de destruir lo mejor que existía y reemplazarlo por instituciones sin rumbo académico, carentes de afán formativo y educador, imbuidos por la utopía de crear “un obediente hombre nuevo”.
En estos tiempos que vivimos la cuestión se torna aún más candente, el emblema más querido por todos los ciudadanos, el alma mater, sus universidades nacionales, enfrentan un proceso inmisericorde de destrucción. Condenadas a muerte por la osadía de sustituirlas por el aparataje engañoso de una red paralela de la educación. Una vil estafa para los jóvenes que ingresan a estos centros y salen sin saber que aprendieron y cómo van a enfrentar las responsabilidades que necesariamente van a enfrentar.
Vuelven de nuevo las palabras de nuestro admirado profesor Enrique Planchart, quien nos ha sensibilizado profundamente en esta realidad, ha recrudecido las heridas que llevamos internamente todos, egresados, profesores, estudiantes y trabajadores de nuestras casas de estudio. Su advertencia hay que repetirla porque está más vigente que nunca: “La universidad está amenazada; los valores de la universidad no parecen compartidos en estos tiempos; se favorecen instituciones que no son universidades, separadas de la misión de ser ‘las casas que vencen las sombras’ arrinconadas como escuelas de formación para gente que solo sea capaz de realizar tareas puntuales que pueden parecer importantes, pero que no tienen ni tendrán la capacidad de encadenarse en un proceso de autoformación, de desarrollo y de integración y sintonía con los cambios que suceden en el mundo y que son indetenibles”
“De acuerdo con la Asociación de Profesores de la Universidad Central de Venezuela (APUCV), el de más alto escalafón en la escala docente con dedicación exclusiva, percibe 522,16 bolívares, un monto que para diciembre de 2024 equivalía aproximadamente a 11 dólares, de acuerdo con la tasa del Banco Central de Venezuela.
Por otro lado, la APUCV señala que actualmente quienes están iniciando la carrera perciben 320,25 bolívares, que actualmente equivale a menos de 7 dólares.
Los sueldos están establecidos de la siguiente forma:
-Instructor: 320,25 bolívares o 6,71 dólares
-Asistente: 361,88 bolívares o 7,58 dólares
-Agregado: 408,93 bolívares o 8,56 dólares
-Asociado: 462,09 bolívares o 9,68 dólares
Es evidente la poca importancia que se concede a estas casas de estudios, los docentes, alumnos, sus investigaciones, es un universo completamente ajeno y contrario a otros intereses. Muy pocos de quienes hoy deciden se han sentado en sus aulas, tampoco han participado en los movimientos de cambio y renovación nacidos en nuestras universidades.
Sin embargo, quizás uno de los datos más importante de la educación, formación y capacitación en nuestro país es la inexistencia de un sistema de formación para el trabajo que garantice a todo joven venezolano la oportunidad de adquirir las capacidades necesarias para ingresar al mundo económico y desde allí comenzar a desarrollar sus potencialidades. En Venezuela los sectores de menores ingresos urgidos por trabajar no tienen ninguna opción para formarse, o quizás muy pocas como la que ofrece Fe y Alegría.
La educación venezolana se ha convertido en una ecuación trágica: universidades en ruina, sin escuelas técnicas, el antiguo INCE, otrora orgullo del país, alejado de su vocación inicial de generar oportunidades a la mayoría de una juventud de escasos recursos. Las escuelas básicas convertidas en huérfanas institucionales, enfrentando crisis de personal, servicios, equipamiento pedagógico y fallas infraestructurales. Alumnos con hambre, docentes compelidos a dejar sus labores educativas para tratar de solucionar los problemas básicos de sus familias, los alimentos, la salud, la seguridad personal.
Si buscamos explicaciones a esta crisis y a la escasa importancia de la educación, la primera que viene a nuestra mente se vincula a la noción de país rentista. En ese contexto la clave del progreso personal no está en las capacidades de las personas sino en sus habilidades y mañas para recibir su parte de la renta, llámense subsidios, bonos, beneficios provenientes de actividades distintas al trabajo y al esfuerzo personal y por supuesto la corrupción. Es triste el saldo de querer borrar la labor de las universidades venezolanas, instituciones que contribuyeron a la creación de una clase media capacitada al primer nivel que nos llena de orgullo por sus logros en los países a los cuales han emigrado. Médicos, ingenieros, economistas, pedagogos, investigadores en diversas áreas que contribuyen con sus talentos al crecimiento de otros países.
Sin embargo, es obligante sincerar nuestra comprensión del tema. Aceptar que existe una tarea incumplida, un gran esfuerzo por realizar, la construcción en la base de nuestra pirámide educativa de un poderoso sistema de formación para el trabajo, que sea accesible a las inmensas masas, más del 80% de nuestros jóvenes, que deben ingresar temprano al mercado de trabajo.
Es cierto que el espejismo rentista palideció la importancia de la educación, es menester reconocer que nunca ha existido una real y profunda cruzada a su favor, más allá del gran esfuerzo de maestros como Luis Beltrán Prieto. Toca ver reaparecer a Juan Bimba, la imagen emblemática pero no con un bollo de pan bajo el brazo, sino con un libro, símbolo de que hemos comprendido que para asegurar el pan hay que estudiar, capacitarse, aprender.
El reto inmediato seria trascender el rentismo por una nueva ética del trabajo, revalorizar nuestras universidades, dignificar la profesión docente al más alto nivel e invertir en la adquisición de capacidades como un gran proyecto de todos los venezolanos, que equilibre nuestra sociedad y permita a la gran mayoría realizar “su proyecto de vida”. Sólo se trataría de poner manos a la obra.

