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Rodolfo Izaguirre: ¡Escúchame con los ojos!

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El ojo, decía mi viejo amigo Plotino, no podría ver el sol si no fuese en cierto modo un sol. Y un simbolista de fama como Juan Eduardo Cirlot explicó que siendo el sol un foco de luz y ésta símbolo de la inteligencia y del espíritu, el acto de ver expresa una correspondencia a la acción espiritual y simboliza en consecuencia el comprender. Cirlot se remonta a los antiguos egipcios cuando se referían al verbo creador y lo llamaban: “sol en la boca” y habla del “ojo único”, una imagen ambigua porque al ser menos de Dos revela infrahumanidad, pero por ser Uno posee los poderes extrahumanos del cíclope. Hay ojos heterotópicos que en la literatura fantástica aparecen en las manos, los torsos o los brazos de seres angélicos o deidades, aluden a la clarividencia. Argos, en la Grecia antigua y de excelsa y fecunda mitología, tenía cien ojos repartidos en su cuerpo y era buen vigilante porque mientras unos dormían otros se mantenían despiertos, pero Hermes logró dormirlos a todos con sus historias y con el melodioso sonido de la flauta y decapitó a Argos; sus ojos adornan la cola del pavo real. Y hay un Tercer ojo, el ojo frontal que simboliza la omnipresencia, la imposibilidad, dice Cirlot, de mantenernos fuera de su presencia. ¡El ojo de Dios que persigue al huidizo Caín!

Sor Juana Inés de la Cruz consideró que los oídos se encontraban atrás, algo distante de los ojos, más allá de las sienes y pidió que la escucháramos no con los oídos sino con los ojos, una manera en apariencia novedosa y singular, pero tan antigua como el animal humano que somos porque permanentemente, sin percatarnos, estamos escuchando con nuestras miradas, hablando, expresando o comunicando temblores de alma, preguntándonos sin pronunciar palabra alguna cuán profundo puede ser el abismo en el que se está precipitando nuestra ciega y temeraria aventura de vivir. Escribimos con nuestros ojos un lenguaje de intenso color y resonancia que desnuda todo deseo o intención.

Es más, hay una mirada que se esconde detrás del ojo que mira, una mirada que a veces teme hablar por nosotros. Es la mirada de la conciencia que implacable muerde y da dentelladas en el tejido de nuestros actos cuando flaqueamos o nos traicionamos a nosotros mismos o envenenamos la confianza que alguien deposita en nosotros. “Cerramos los ojos para ver y los abrimos dormidos”, asegura Rafael Cadenas. Durante años creí que era la naturaleza la que me miraba, pero descubrí que yo era la naturaleza, igual que el pececillo que en el fondo del mar Caribe de color esmeralda dice a la madre que quiere conocer el mar y la madre le responde: ¡”Hijo, tú eres el mar!” y ya no miro a la Naturaleza que me envuelve en el verdor de sus misterios sino que la veo con ojos abiertos y entendí que al hacerlo no me hago mejor persona sino más humano y fue Marguerite Yourcenar la que me dijo que a la Muerte hay que esperarla con los ojos abiertos para saber cómo es ella, para escucharla con los ojos.

Asisto  a la presentación de libros porque estimo que se trata de actos liberadores que ofrecen oxígeno y escucho con atención las palabras de presentación que con éxito variable pronuncian los acreditados padrinos de las obras, pero la audiencia no se percata de lo que allí está ocurriendo porque no es necesariamente la palabra de los presentadores lo que realmente importa sino la implorante y silenciosa súplica del autor o de la autora para que escuchen con los ojos lo que ellos aspiran a decir con su escritura; es decir, para que lean y se interesen por el lenguaje y el contenido del libro que se está ponderando.

¡Aprenderemos a escuchar con los ojos!

 

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