El 25 de mayo, Nicolás Maduro tiene asegurada su victoria, no por la robustez de su régimen, sino por la fragmentación de la oposición. Los líderes de los partidos, desde los mayoritarios hasta los minoritarios, han sido incapaces de articular una táctica con objetivos estratégicos comunes, dejando a los venezolanos ante un dilema individual: votar o abstenerse. La responsabilidad no recae en las mayorías, desorientadas por la falta de rumbo, sino en quienes lideran sin lograr un frente unificado, más allá de lo que indiquen las encuestas, que no dictan el destino de esta lucha.
La oposición se encuentra escindida en dos tácticas que persiguen un mismo fin estratégico: desplazar a Maduro del poder. Una, de corte internacional, aboga por la abstención para presionar al régimen con el respaldo de aliados externos. La otra, de enfoque nacional, apuesta por el voto como vía para arrinconarlo y lograr desplazarlo del poder. Aunque convergen en su objetivo, estas tácticas colisionan, generando confusión, desorganización y desmovilización.
Es análogo a un equipo de fútbol con mayor número de jugadores, pero dividido en formaciones contradictorias: mientras el régimen actúa con coordinación militarizada, la oposición se dispersa, con actores que no colaboran, desconfían entre sí o compiten por el liderazgo. Esta desarticulación permite al régimen explotar las fisuras, promoviendo, por ejemplo, el 25 de mayo, el ascenso de opositores genuinos junto a “alacranes” afines, lo que agrava la división de cara a futuras luchas.
Sin una estrategia unificada, cada ciudadano decide en soledad, debilitando la acción colectiva contra el régimen. Esto favorece a Maduro: la participación legitima su supuesta victoria del 28 de julio y profundiza las fracturas opositoras. La abstención, por su parte, le otorga un poder absoluto en todo espacio político, validado, mucho más, si el CNE –jugando pegado con el régimen- opera con transparencia. En ambos escenarios, el régimen se perpetúa, capitalizando la desunión.
Si los líderes opositores no superan esta fractura, el cambio será inalcanzable; el 25 de mayo marcará una derrota colectiva. La unidad es la única senda para resistir y acrecentar la fuerza necesaria, nacional e internacional, para desplazar al régimen. Solo un Frente Venezolano Unido, diverso pero cohesionado, con una táctica común y un liderazgo compartido, sustentado en decisiones colectivas, podrá disipar las dudas de la multitud opositora, orientándola con claridad hacia la acción decisiva.

