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Pedro Mosqueda: Gabriela

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Su nombre de pila fue Lucila de María Godoy Alcayaga. Su nombre para siempre fue Gabriela Mistral, y fue la primera mujer iberoamericana en recibir un premio Nobel, el de literatura, en 1945.

Esta mañana de domingo, yo con la mente en blanco y aún sin tomar café, y viene el Gran Algoritmo que mueve el mundo y obra a mi favor y el de mis lectores.

Un amigo me manda un video y me dice:

-Ahí lo tienes, ese es tu Domingo Kultural, métele carnita y listo.

Abro el video la encuentro a ella, a Gabriela, y digo que por cosas como ésta vale la pena vivir, vale la pena la dicha un domingo.

En esa época, años 40 del siglo pasado, no era fácil ser una escritora exitosa. Supongo que nunca lo ha sido. Si le cuesta a los hombres, imagínense a las mujeres, que han padecido milenios de exclusión.

Los intelectuales, políticos y militares chilenos no podían soportar tanto talento, tanta belleza. Nunca quisieron darle el Premio Nacional de Literatura (¡A una mujer, cómo se les ocurre que se lo vamos a dar!), pese a que era conocida en todo el mundo desde 1922 con su poemario “Desolación”, y había recibido montones de reconocimientos y galardones.

Seis años después de recibir el Nobel, en 1951, fue que “se dieron cuenta” de la estatura de esta maravillosa mujer y, a regañadientes, le dieron el Premio Nacional de Literatura, algo que ella no necesitaba, porque ya era universal, y el resto de la Humanidad la amaba. Esos mismos militares y políticos, con el silencio de los intelectuales del momento, le quitaron su pensión, arduamente ganada por su trabajo como maestra rural y como diplomática, cuando la poetisa, fiel a su compromiso con las causas sociales y los derechos humanos, fiel a su defensa del pacifismo, a su concepción antimilitarista, señaló que la figura del general representaba el eterno sargento de los golpecitos de Estado americanos.

Le quitaron la pensión, pero no el cielo. ¿Estarán en el infierno -si es que existe- los funcionarios que cometieron semejante barbaridad?

Gabriela Mistral

Mientras esos gorilas, antepasados de Pinochet, le quitaban la pensión, allá corría con una estrella en la mano:

 

Estrella de navidad

 

La niña que va corriendo

atrapó y lleva una estrella.

Va que vuela y va doblando

matas y bestias que encuentra.

 

Ya se le queman las manos

se cansa, trastabillea,

tropieza, cae de bruces,

y con ella se endereza…

 

No se le queman las manos,

ni se le rompe la estrella

aunque ardan desde la cara

brazos, pecho, cabellera.

 

Pero no fue dulce y risueña su vida. Su primer novio, un obrero ferroviario, se suicidó y su único hijo adoptado también se suicidó. No es casualidad que su mejor poemario se llame “Desolación.”

“…La tierra a la que vine no tiene primavera:

tiene su noche larga que cual madre me esconde…”

“… ¿A quién podrá llamar la que hasta aquí ha venido

si más lejos que ella sólo fueron los muertos?…”

 

Se le atribuye un famoso poema navideño, aunque no hay certeza absoluta de que ella lo haya escrito, pues también se dice que fue obra de un tal Pablo David Nader:

“…Que si nació hoy, que si nació ayer,

que si nació aquí, que si nació allá.

Que si murió a los 33, que si murió a los 36,

que cuántos clavos, que cuántos panes y pescados.”

Yo lo único que sé es que…

A mí me tomó de la mano cuando más lo necesitaba.

Me enseñó a sonreír y agradecer por las pequeñas cosas.

Me enseñó a llorar con fuerzas y dejar ir.

Me enseñó a despertarme saludando al sol y a acostarme con la cabeza tranquila.

Se llama Jesús…

 

Vuelvo al comienzo, el video no tiene desperdicio, y muy poco puedo yo añadir, así que les recomiendo encarecidamente que lo disfruten.

Sobre si es la autora o no del poema sobre Jesús, dejemos ese debate culterano para los académicos, y hagámosle caso a Gabriela cuando nos dice:

“Donde hay una árbol que sembrar, plántalo tú”. “Dónde hay un error que enmendar, enmiéndalo tú”.

Nos vemos por ahí, cerca de ese árbol.

 

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