Vuelvo a escribir después de dos semanas de descanso forzado. Una razón fue una afección viral de cuidado. La otra, un percance técnico en mi equipo telefónico. Regreso en medio de la incertidumbre. Muchas cosas han pasado que no pregonan nada favorable para quienes apostamos a aires de cambio.
No se trata de ser poeta del desastre. Es la realidad galopante que sacude nuestra mirada y que muchas veces intentamos evadirla para no mostrarnos débiles o, simplemente, mantener el vanidoso orgullo ante los demás. Todo a la final no sirve nada. La cruda realidad terminará imponiéndose y no habrá tiempo para el arrepentimiento.
Observo un panorama incierto, lleno de pesadumbre e impotencia. Pero también de descalificaciones a granel. Muchos celebran porque haya un nivel elevado de abstención en las anunciadas elecciones del 25 de mayo. Lo hacen bajo el manto arrogante de haber cumplido con la “dignidad de la política”. Sin darse cuenta que sus verdugos son los que más festejan por dejarles el terreno libre.
Es lastimoso subrayarlo. Se está desperdiciando una grandiosa oportunidad para ratificar que el país no oficialista es mayoría para seguir avanzando hacia un verdadero cambio político. Más han podido la soberbia y el infantilismo político que la sindéresis frente a un problema de marca mayor que es garantizar la transición política. Se ha preferido apostar a la nada, al vacío, a ver el juego desde las gradas.
Ya veremos lo que pasará después del 25 de mayo si no ocurre algo extraño. Mayor sufrimiento y lamentos. Los jinetes de la soberbia seguirán con su prédica epopéyica desde el exterior sembrando emociones a sus seguidores de “un desenlace definitivo del dictador”. Pero todo será una ficción nuevamente. Vamos derechito hacia el Gólgota, salvo que se produzca un voto castigo en un oficialismo fracturado en sus entrañas.

