Desde tiempos de la Antigüedad hasta los actuales momentos, han existido hombres investidos de autoridad pública o política con rasgo de maldad en su comportamiento y, por ende, propensos a cometer hechos antisociales con gravísimas y aciagas incidencias en el vulgo. El totalitarismo ha sido la pilastra donde se sostiene cómodamente el abuso, la violencia y el terror, así como también la comisión de actos que trascienden esos desmanes.
Calígula y Nerón han sido por antonomasia muestra de tales conductas antisociales y despóticas, tiranos que rigieron con excesiva crueldad, extravagancia y perversidad. Calígula, un personaje nefasto invadido por la demencia, ordenó el asesinato de personas e indujo al suicidio a miembros de su familia; exigía que lo adorasen como dios viviente, incluso planeaba investir a su caballo Incitatus, como cónsul romano. Nerón, por su parte, sobrino de aquel, con tendencias delirantes y paranoicas, ordenó el asesinato de todos sus rivales, incluyendo el matricidio de Agripina y el incendio a Roma en el año 64 d.C., cuyas consecuencias de tal descalabro, fue la crucifixión de centenares de judeo-cristianos tras endilgarles la culpa ‒por parte de Nerón‒, como forma de zafarse de las miradas malquistas que la sociedad romana dirigían hacia él.
Hitler, un megalómano y misántropo resentido, rodeado por una camarilla igual o peor de maligna, compuesta por Hinmmler, Heydrich, Höss, Mengele y Eichmann, entre otros, propiciaron la aniquilación durante el trascurso de la Segunda Guerra Mundial, de más de 11 millones de personas entre judíos, gitanos, étnicos, homosexuales y discapacitados físicos y mentales, producto de la deleznable Solución final al problema judío. En África, entre 1971 y 1979, alias el Carnicero de Uganda, Idi Amin, ordenó el asesinato de más de 500 mil ugandeses por razones endorracistas, étnicas y políticas, según datos estimados por Amnistía Internacional. En la Irak de Sadam Hussein el terror se impuso con la presencia de su primo Alí Hassan al-Mayid, alias Alí, El Químico, donde indujo a la degollina con armas químicas, a más de 180 mil civiles kurdos en la conocida Operación al-Anfal, en el marco de la guerra entre Irán e Irak.
En el trascurso de la historia pontificia desde los tiempos de Teodosio, pasando por Alejandro VI y los banquetes de las castañas, muchas veces se ha envuelto también en escándalos por crímenes cometidos ad intra de las colinas vaticanas. Han existido clérigos non sancto incursos en hechos de corrupción y con vinculaciones con la mafia. Las operaciones fraudulentas del IOR bajo el arzobispo Paul Marcinkus, primo de Lucky Luciano, capo de una de las familias mafiosas de los EE.UU; su supuesta vinculación con el asesinato del papa Juan Pablo I; el secuestro de Enmanuela Orlandi por parte de la Cosa Nostra y el asesinato de Roberto Calvi, son algunos de los casos que al respecto descuella.
Latinoamérica no escapa de la barbarie y siempre ha sido en ciertas épocas, un lugar feraz para la enquistación de dictaduras anacrónicas, esquilmantes, que no solamente incurren en degollinas y sojuzgamiento en contra de su pueblo, sino que también su modus operandi gansteril, ha metamorfoseado a otros niveles de criminalidad, verbigracia: como las actividades vinculadas al narcotráfico y el contrabando de armas, entre otras actividades propias de la delincuencia organizada.
Desde la dictadura de Fulgencio Batista, en el decenio de los 50, hasta el régimen de los hermanos Castro, han sostenido vínculos con el narcotráfico, aunado al socavamiento de las libertades, la violación a los DDHH y el aherrojamiento de su población. Un país donde pululaban los casinos y la prostitución, no podía faltar el tráfico de estupefacientes provenientes de organizaciones criminales estadounidenses. Ante tal circunstancia, Batista estableció relaciones con capos de la mafia estadounidense como Meyer Lansky y el mentado Lucky Luciano, llegando a convertir a La Habana en “Las Vegas latina”. El connubio Batista-Lansky, permitió sendos sobornos a cambio de que Lansky tuviera el control de casinos e hipódromos en la isla. Musa factual para que Mario Puzo se inspirara en su obra literaria El Padrino (1969), retratado estupendamente por Coppola en la cinta cinematográfica El Padrino II (1974). Por otra parte, Jhon Jairo Velásquez, alias Popeye, en su libro El verdadero Pablo, señala una presunta red de narcotráfico que pasaba por Colombia, México, Cuba y EEUU, comandada por los generales cubanos Arnaldo Ochoa y Antonio de la Guardia, bajo instrucciones de Raúl Castro; efectivos éstos que fueron condenados al paredón de fusilamiento en 1989, tras un juicio tinglado como estratagema para zafarse de la atención pública ante el escándalo.
En 1990, Agusto Pinochet incursionó en el tráfico y contrabando de armamento desde Chile a Croacia. A mediados de 2006, fue señalado de tener vínculos con narcotraficantes como Edgardo Bathich, de los que supuestamente se habría beneficiado a través de negocios ilícitos. Por su parte, Manuel Noriega, dictador de Panamá, fue señalado por Hugo Spadafora de tener vínculos con el Cartel de Medellín, posteriormente fue asesinado, su cuerpo decapitado y hallado en la frontera con Costa Rica; y aquel sometido a juicio por la justicia estadounidense y, condenado a 40 años de prisión en 1992.
Venezuela y los pseudo políticos que hoy envilecidamente la gobiernan, simpatizantes de Hamás, Hezbollah y de cuantos tiranos desdeñables existen en el mundo, no se salva de los señalamientos y de investigaciones criminales por parte de agencias transnacionales de seguridad. Desde el advenimiento de Hugo Chávez al poder venezolano, el gobierno y, por ende, el país, no sólo ha compaginado con grupos irregulares como las FARC y el ELN, la conformación de grupos parapoliciales y el fomento de bandas criminales internas, sino que también se ha relacionado con Irán y su protegido Hezbollah, con estrechos vínculos con el terrorismo y narcotráfico.
Según investigaciones de la DEA en 2006, recogido en un documental para DW (2024), denominado La red Hezbolá, Ayman Joumaa, enlace de Hezbollah con militares y altos funcionarios venezolanos, instauraron operaciones de narcotráfico, contrabando de armas y lavado de dinero en Venezuela. Aseveran dichas investigaciones, el involucramiento de la aerolínea venezolana Conviasa, donde ésta realizaba un vuelo semanal hacia Teherán con escala en Damasco, cuyo cargamento no era el arribo de turistas venezolanos a conocer las maravillas de la antigua Persia, sino el intercambio de armamento de fabricación rusa, entre 7 y 10 toneladas de cocaína y grandes sumas de dinero en efectivo. De acuerdo al documental, Tareck El Aissami, fue uno de los altos funcionarios señalados en instaurar presuntamente nexos irregulares con el Medio Oriente por su raigambre árabe, coordinando además las operaciones en Venezuela y otorgando indebidamente documentos de identidad.
En los casos de marras, la maldad y el comportamiento antisocial yerguen sobre el campo de la política, constituyendo la antípoda de su instrumentalización para garantizar el bien común de la sociedad y promover la participación ciudadana mediante la distribución y ejecución del poder. Arendt (1963), en su polémica pero interesante obra Eichmann en Jerusalén, sostuvo que el mal tiene dos vertientes: el mal radical y el mal banal; la primera, implica una maldad extrema y premeditada, capaz de negar la humanidad de los demás, tratándolos como meros objetos o medios para su fin; y, la idea del mal banal, radica en el modo en que fueron realizadas las acciones, siguiendo motivaciones banales, sin pensamiento crítico y, ni siquiera, compromiso ideológico. Dicho de otro modo, la filósofa alemana supone que por falta de pensamiento el hombre puede caer en la estupidez, que puede ser tanto o más peligrosa que el sadismo declarado. Pero aun así, entre radicalismo y banalismo el mal se impone en todos los tiempos y ante métodos polimorfos, mutables y, no deja de causar estragos en la sociedad.
Maquiavelo (1513), señaló que la política se encuentra en un área distinta de la moral, pero esto no significa que esté por encima o disgregativa de ella. La moral ‒como el Derecho‒ debe atenazar la política, pues sin ellos es sólo poder en manos del que lo ostente, en detrimento de quienes carecen de él. Weber (1967), sostenía que hay dos éticas inmersas en la política: la de la responsabilidad (el ser de la política) y, el de las convicciones o de conciencia (el deber ser), lo que conllevan a condicionar la acción pública llevada a cabo tonto por los dirigentes políticos.
La política con sus atavíos de maldad y antisocial que, aparte de erguirse sobre regímenes totalitarios, de sojuzgar a los ciudadanos, de perpetrar delitos de lesa humanidad y, diversificar su accionar gansteril en actividades criminales propias de la delincuencia organizada, ya no puede ser interpretada políticamente. Escudriñar esos factores criminógenos adheridos como percebes en el poder político, cuya dominación estatal y privilegios abren el compás para que la delincuencia funcionarial fluyan a diestra y siniestra sin atisbo de punibilidad, resulta una tarea intríngulis para la ciencia política, pues para hablar de criminalidad hay que seguir con el auxilio de la sociología y, reforzarnos, incluso, con la criminología; puesto que el brete político-criminal resulta irresoluto y, para su resolución, no pende solamente de los métodos convencionales del juego democrático, sino más bien de una política criminal, pareciese.
El terreno político venezolano luce yermado ante los embates del autoritarismo, gansterismo y la antipolítica; pero aun así, la lucha por la restitución de las libertades y de los valores democráticos, no debe periclitar ni mucho menos soslayarse de su esencia reivindicativa, aunque sí, debe ser consciente de que el adversario con quien se enfrenta o se negocia, no es un actor político convencional.
@jrjimenez777

