Abundantes y controvertidas, siguen siendo las revelaciones sobre, el exilio, la diáspora, y últimamente, las migraciones, un tema que sigue convulsionando al mundo por los siglos de los siglos.
Ya en la antigua Grecia, (siglo IV a.C), para los cínicos, el exilio era: “un requisito para ejercer una libertad fuera del alcance de los sistemas sociales e institucionales”.
El talentoso escritor venezolano, Gustavo Valle, hace un fidedigno bosquejo sobre el tema, en su pródigo libro “Sólo los que se aman pueden separarse”.
Su interesante visión sobre la diáspora, el desarraigo, el exilio, las migraciones, y como él prefiere designarlo, el distanciamiento de los seres humanos de sus lugares de orígenes, es acertadamente fundamentada por las experiencias de los grandes poetas, filósofos y eruditos de la historia.
Toda una épica de razones existenciales, que nos lleva a deducir, que todos los migrados, y castrados sus sueños, en su propia tierra, deben, no solo separarse, sino sublevarse, e insubordinarse.
Tras la lectura del exquisito relato de Gustavo Valle, aparte de la sorprendente sensación, de tener otra visión en torno al padecimiento de los distanciados de su patria, nos complace saber, que los desterrados de esta Tierra de Gracia, también “tienen quienes les escriban”, para ayudar a capitalizar su irreverencia, y tal vez, convertirla, en sorprendentes desafíos.
Aludo a la reciente celebración, de las V jornadas de la Sesión Venezolana de Estudios Latinoamericanos, (LASA, por sus siglas en ingles). Dos mesas redondas denominadas, “El Relato escindido: narrativa venezolana actual”, en donde Valle y su libro, descollaron con su excelsa revelación.
Parodiando el título, pienso igualmente, que solo los que han sufrido “el amor y terror de la tragedia”, de un holocausto, como el caso del pueblo judío, y más recientemente, los forzados a la infame separación y castración de sus sueños, por las tiranías emergentes del siglo XXI, podrán entender mejor el abismo del distanciamiento con sus países, como lo apunta Valle.
Un tema crucial, para un momento crucial, que toca las fibras más sensibles, y que por diversas razones históricas, religiosas, y de la geopolítica mundial, ha convertido al Medio Oriente en un hervidero, a punto de estallar en una guerra total e impredecible.
Lejos en la historia, han quedado las marchas y contramarchas del pueblo judío por el mundo huyendo de la opresión, en una incesante y angustiosa búsqueda de su porvenir.
O como lo increpara Benjamín Netanyahu en un desgarrador discurso ante una expectante Asamblea General de la ONU: “Sólo hace 70 años los judíos fueron llevados al matadero como ovejas. Hace 60 años no teníamos país ni ejército. (…). La Nación de la Biblia, los esclavos de Egipto, todavía estamos aquí. Los árabes no lo saben todavía, pero aprenderán que hay un Dios…Mientras mantengamos nuestra identidad, estaremos por siempre (…)”.
A 12 meses del brutal ataque del 7 de octubre de 2023, contra un pacífico concierto, en el que más de 1200 israelíes fueron asesinados, no solo dejó al descubierto, un odio visceral, sino que marcó, un antes y un después, de un conflicto, que a partir de entonces, se agudizó por la magnitud del contraataque israelí, que a la postre, luce brutal y desproporcionado.
¿Cómo entender la magnitud de una agresión que, en su crueldad, evoca los peores crímenes de la historia, incluyendo, el odio hitleriano que impulsó el Holocausto?, plantea el historiador británico, Paul Johnson.
Un odio antisemita, que sigue echando raíces, que enfrenta a Israel, no solo contra sus vecinos terroristas de Gaza-Hamás-Líbano-Hezbolá, Siría e Irán, sino a una manipulación mediática complaciente, que lo acusa de magnicida, y a punto de convertirlo, en indeseable victimario.
Un nuevo y peligroso desafío, que ahora también enfrenta al pueblo hebreo, a una narrativa global, donde a menudo, la verdad es la primera víctima.
Antes como ahora, el futuro de Israel, volverá estar a prueba. Antes como ahora, su desafío monumental, será su gran capacidad para ejercer con eficacia, su legítimo derecho a la defensa. En última instancia, a sublevarse contra el mundo que lo ha visto padecer.
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