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Orlando Ramírez: Manifiesto sobre las zonas de montañas

 

Las zonas montañosas con su verdor que deslumbra son una magia bendita a los sentidos del ser humano, que se solazan por tanta belleza. Además, son las génesis de los manantiales por donde brotan las aguas para alimentar a las llanuras y vitalizarlas. Y  así producir alimentos al hombre y a la fauna silvestre. Además sus hojas con su clorofila, los rayos solares y CO2 se convierten en una máquina biológica en el proceso de la fotosíntesis, para transformarlos en frutos y vegetales. Sin ningún costo. Transforman la luz lumínica  en energía química,  No así sucede con la pequeña o gran industria. Donde ningún proceso de manufactura  es gratuito, como sí lo son, los elaborados  por la naturaleza. Esta es la razón fundamental de resguardar y proteger celosamente los recursos naturales renovables. Que por su origen siempre están bajo los efectos climáticos e intemperie, como los dos casos que terminaron en tragedia, Para lo cual se han elaborado leyes; pero a menudo  estas no se cumplen y se transgreden rutinariamente. No debe privar la duda en su aplicación, Lo paradójico  es que los propios labriegos de la zona y que por tradición estos terrenos agrícolas  les han sido útiles a sus padres y abuelos y lo mejor  aún,  al ambiente.  Ellos vulneran estas normas, bien cuando dejan animales que pastan sobre terrenos casi sin vegetales o cuando irresponsablemente destruyen las montañas desde la sima  a machetazos limpios.  Ahí   se comienza a producir un crimen ecológico, con resultados de desastres.

Las primeras consecuencias que afloran son las calvicies de estos terrenos;  Siendo los campestres y sus familias los más afectados, junto a los habitantes de zonas bajas. De esta conclusión se deriva, cómo se perjudican a las demás personas y de paso al ambiente.

Hay otros elementos no menos importantes, los árboles que crecen en estas florestas. Tienen funciones ecológicas bien definidas: La primera;  la de sostener los suelos con sus ramificaciones de las raíces principales y secundarias; ellas se extienden por el subsuelo y se  convierten en una maraña bien estructurada- como las de un hormigón o amasijo-  de una edificación  que hace las funciones de losas o de placas nervadas, para sostener los suelos en posición fija y fuerte, dan rigidez para que no sean removidas fácilmente  de sus lugares. Porque en  el supuesto  de realizarse algún deterioro de esa estructura, los daños causados son inimaginables. Cómo lo veremos con ejemplos. Además, por las raíces las plantas absorben su propio alimento,    La segunda función son las hojas: las cuales se convierten en sobrillas en las que descansa las gotas de agua vertidas fuertemente desde el cielo. Si ellas al caer no encuentran nada que las amortigüen. Entonces, los suelos desnudos comienzan a agrietarse, dando paso a pequeños  agujeros, que  van transformándose en aberturas de tamaño mayor, hasta convertirse en troneras. Estos son los llamados zanjones o simplemente cárcavas  que se observan desde las  carreteras, cuando viajamos por estas zonas de laderas de altas pendientes. En el subsuelo se encuentran las rocas, que bajo lluvias torrenciales se deslizan suavemente y a medida que avanza su fuerza se hace incontenible y,  va arrastrando todo lo que encuentra en su camino. Estos guijarros  de tamaño colosal, una vez  que se desbordan  de su cauce natural  van a dar a los cultivos para sacarlos de raíces.  Cuyos tonelajes monstruosos se llevan viviendas, vehículos, o personas como  lo que pasó, en la tragedia de Vargas en diciembre de 1999. Fueron cientos de víctimas humanas y millonarias pérdidas; siendo los edificios, viviendas  y las carreteras  los más afectados. Quedando miles de familias desamparadas y dispersas por varios lugares. El actual Presidente ( E) Juan Guiadó, es un sobreviviente de esta catástrofe. De manera similar ha acontecido, también en lugares del Estado Mérida.  Recordemos lo ocurrido en los pueblos de Bailadores, Tovar, Santa Cruz de Mora como lo describe patéticamente  El Escritor-Periodista Simón Alberto  Consalvi (+), en su artículo del Diario El Nacional  del 11 de febrero del 2005. “Cayeron (las aguas) despiadadamente sobretodo el Valle del Mocotíes…”

Como Colofón las zonas altas de montaña y sus  laderas deben ser intocables. Que nadie se abrogue el derecho de degradarlas. Los habitantes de los valles  deberían ser los vigilantes y cuidadores. Ellos deben denunciar por escritos a los criminales, antes las autoridades competentes.  No pueden usarse para el pastoreo de animales, ni talar árboles ni arbustos. Estas áreas son sagradas. Son el Olimpo de los dioses. Los ejemplos aludidos me inspiraron en la creación de unos versos libres-por razones de espacios no los transcribo- en ellos se reclaman  conciencia y respeto por la madre natura. En beneficio de todos, Desde este breve manifiesto, lanzo la idea del rescate de las simas de montañas y sus laderas de toda Venezuela. Mediante un programa de reforestación y protección de largo aliento con la participación de instituciones públicas y privadas, con evaluaciones anuales.  Espero que los lectores y habitantes de las montañas hayan descubierto las verdaderas razones de las vaguadas convertidas innecesariamente en catástrofes.

Profesor Titular jubilado de la UNET. Egresado  del IAEDEN.

forlandormontoya@hotmail.com

 

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