Rafael del Naranco: Una postal castellana

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La  ciudad de Ávila se presenta ante el peregrino rodeada de las murallas mandadas a construir por Raimundo de Borgoña en nombre de su suegro el Rey Alfonso VI, siendo ellas la antesala de una puesta  en escena de carácter espiritual, ya  que en cada esquina, atalaya, crucero o convento,  se alza la figura de  Teresa de Ahumada.

La admirada mística,  tornasolada al lado de San Juan de la Cruz, llega a la cumbre más alta de la espiritualidad cristiana por un arrebato de locura subliminal, un romper mondes en un tiempo en que la expresión del conocimiento Universal estaba marcada a rajatabla sobre infinidad  de creencias inmutables, y  para impedir que no sucediera así, y nadie torciera el camino hacia el cielo protector, se hallaba en vela la Santa Inquisición.

La ciudad, Patrimonio de la Humanidad,   resguarda en sus arterias la sombra vivencial de Teresa de Ahumada con esa grandeza íntegra que forjó pujanzas humanísticas,  al ir entrelazando su nuevo Carmelo Descalzo – experiencia mística – en este antiquísimo castro Vetón muy pronto romanizado camino del cristianismo.

La urbe, levanta con piedra arenisca, posee toda ella una personalidad nacida del llamado Románico Abulense. La catedral, iniciada por el maestro Fruchel en el siglo II, más que una iglesia mayor, parece una fortaleza, reflejo de la fuerza que debían mantener sus habitantes cuando se defiende una ciudad siempre a mano diestra del sarraceno.

No obstante, el peregrino no fue a la ciudad amurallada de los caballeros contemplativos – tras esa pequeña abertura que comenzó a dejar el Coronavirus demencial en España -, para ver únicamente portones góticos renacentistas, almenas y atalayas, lambrequines o capiteles platerescos.

 

Acudimos  a hincarnos  de rodillas  antes las puertas del convento de La Encarnación y sentir en sus desguarnecidos aposentos, la celda fría donde un buen día del año 1535, la cruzó una novicia para encontrar su destino, hacia una perfección almohadillada del ángelus revelado,   marcado en  ello  el sentido insondable del “muero por que no muero”, cuyas palabras poéticas  germinaron en el orbe cual luciérnagas resurgidas de de una  brisa amorosa.

Sólo con la confianza
vivo de que he de morir,
porque muriendo, el vivir
me asegura mi esperanza.
Muerte do el vivir se alcanza,
no te tardes, que te espero,
que muero porque no muero.

A partir de entonces, la urbe hidalga de Ávila se volvió mitológica, espiritual y fecunda,  sobre  el  sendero de indivisos colores del aliento purificador.

 

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