Entré a la Universidad Católica -la UCAB- en octubre de 1973 para estudiar Comunicación Social. Recuerdo mí propio andar: Una muchachita que todavía no sabía cómo se escribe una vida, pero que intuía —con esa arrogancia dulce de la juventud— que podía escribir una noticia. Caminaba por los pasillos como quien entra en un templo recién descubierto, oliendo el papel, escuchando el murmullo de los otros, sintiendo que algo en mí se estaba acomodando para siempre.
El primer día tuve dos materias: Teoría de la Comunicación e Informativo 101. El profesor de esta última llegó con ese aire de sacerdote laico que tienen algunos periodistas cuando enseñan: La solemnidad de quien entiende que está iniciando a sus alumnos en un oficio que no admite frivolidades. Nos habló de las seis preguntas —qué, quién, cómo, cuándo, dónde, por qué— como si fueran las llaves de un cofre antiguo. Y luego dejó la tarea: Escribir una nota sobre un hecho relevante.
Yo, que venía con el corazón todavía vibrando por lo que había ocurrido semanas antes, escribí sobre el 11 de septiembre de 1973, cuando Pinochet derrocó a Salvador Allende. A mis diecisiete años, aquello había sido un golpe seco, un estruendo que me atravesó sin pedir permiso. Fue la primera vez que sentí que la historia podía quebrarse de pronto, como un plato que cae al piso y se hace añicos. Y que uno, incluso tan joven, escucha el quiebre.
Décadas después, ya con muchas canas, el calendario volvió a marcar un 11 de septiembre, esta vez de 2001, y otra vez el mundo se partió. Yo estaba en mi casa, en mi estudio, rodeada de papeles, escribiendo dos artículos de opinión que debía entregar a los periódicos. La televisión encendida —siempre encendida, como un animal que vigila— y mis dedos corriendo por el teclado con esa urgencia que solo entiende quien ha vivido entre cierres de edición.
Y entonces ocurrió. Un avión enorme, descomunal, se incrustó en una de las Twin Towers. Lo vi sin entenderlo. Lo vi sin poder nombrarlo. Me quedé inmóvil, como si el aire se hubiese vuelto piedra. Era una escena que parecía no caber en la realidad. El tiempo, obediente al espanto, se detuvo. Sentí el mismo silencio interior que había sentido en 1973: Ese silencio que no es ausencia de sonido, sino presencia de algo que todavía no sabemos cómo enfrentar.
Al poco rato, minutos, un segundo avión. Contra la otra torre. Ahí quedó claro que aquello no era un accidente. Era algo mucho, muchísimo, más grave.
Dos fechas. Dos sacudidas. Dos veces en que comprendí que la realidad no toca la puerta: Irrumpe. Que la historia —esa señora implacable, siempre vestida de sorpresa— no espera a que uno esté listo. Y que escribir, ya sea una noticia, un artículo o una memoria, es apenas un intento de poner orden en el caos, de darle forma a lo que parece no tenerla, de rescatar sentido en medio del desconcierto.
Y así entendí, con los años y con esos dos golpes secos del calendario, que la historia no es una línea recta ni un relato ordenado. Es un animal que ataca cuando quiere, que sacude, que desarma, que obliga a mirar de frente incluso cuando uno preferiría cerrar los ojos.
A veces llega con botas militares; Otras, con el rugido metálico de unos aviones que atraviesan un cielo claro que creíamos seguro. Y uno, que se dedica a escribir, se queda con la tarea imposible de poner palabras donde solo hay desconcierto.
Pero escribimos igual. Porque escribir es la única manera que conozco de sostener el mundo cuando tiembla. Es mi forma de decir: Estuve allí, lo vi, lo sentí, y aunque no lo entiendo del todo, lo nombro para que no me venza el silencio.
Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

