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Soledad Morillo Belloso: Goteo de verdad, diluvio de mentira

 

El punto de partida es simple y brutal: Cuesta entender el lío de Venezuela. Cuesta porque lo que llaman “información” llega como las cosas cuando alguien quiere que no las entiendas: Rota, astillada, torcida. La sueltan en gotas, con la malicia del que sabe que una gota desespera más que un chorro. La verdad aquí no se comunica: Se raciona como el agua en un barrio olvidado. Y por eso el país vive en una inundación perpetua, pero no de datos: de incertidumbre, que es más venenosa, más lenta, más eficaz para quebrar la voluntad.

La política venezolana dejó de ser política hace tiempo. Ahora es un mecanismo de tortura suave: Administrar el desconcierto. El poder aprendió a manejar la información como quien maneja un arma blanca: No siempre mata, pero siempre hiere. Informes de organizaciones de derechos humanos han registrado esa opacidad institucional que ya es paisaje: Cifras económicas que no cuadran, datos electorales que se esconden, decisiones judiciales que se anuncian como si fueran secretos de guerra.

Ese goteo —esa filtración lenta, casi sádica— tiene un efecto devastador. La gente intenta armar el rompecabezas, pero cada pieza llega tarde, incompleta, contradictoria. Y en ese vacío crecen la sospecha, la desconfianza, la parálisis. El país se vuelve un cuarto donde la luz se va y regresa sin aviso, y uno aprende a caminar a tientas, con los brazos extendidos, esperando no tropezar con algo que no debería estar allí.

Cuando la información no fluye, lo que se desborda es la angustia. La gente siente que todo se inunda: Las instituciones que no responden, los mecanismos democráticos que no actúan, la vida cotidiana convertida en una improvisación perpetua, la esperanza reducida a un fósforo húmedo que no enciende. Informes internacionales coinciden en que la crisis institucional venezolana se define por la erosión de contrapesos democráticos, la concentración de poder y la falta de transparencia en decisiones clave.

Así, la percepción de que quienes podrían evitar el desastre no pueden o no quieren hacerlo se vuelve parte del clima político. No es una acusación automática: es la lectura natural de un país donde las instituciones han perdido capacidad de respuesta y los actores políticos parecen atrapados en sus propios cálculos, como pescadores que siguen remendando redes rotas aunque ya no haya río.

La ambigüedad —esa mezcla de incapacidad y desinterés— es funcional para quienes controlan el sistema. Mantener a la ciudadanía en un estado de incertidumbre prolongada reduce la capacidad de organización, protesta y articulación política y social. Algunos analistas – de esos muy sabidos-  llaman a esto “estrategia de desgaste”: Saturar emocionalmente para controlar socialmente. La política deja entonces de ser deliberación y se convierte en supervivencia. Ya no se discute: Se aguanta. Se mastica la rabia. Se traga la resignación.

Entender Venezuela hoy exige aceptar que el caos no es accidental: Es estructural. No es un derrumbe espontáneo, sino un diseño. Un sistema donde la opacidad, la fragmentación informativa y la incertidumbre son herramientas, no fallas.

Lo repito sin rodeos: La información la van soltando en gotas, y uno tiene la sensación de que se va inundando todo.

Ese contraste —goteo e inundación— es la metáfora perfecta del país: Se oculta lo esencial y se desborda lo irrelevante. Se administra la verdad y se libera el desconcierto.

El lío de Venezuela no está hecho para ser entendido. Está hecho para ser soportado. Y esa es, quizás, la tragedia política más profunda: una ciudadanía obligada a vivir entre la escasez de certezas y el exceso de angustias, mientras el poder observa impávido cómo la gente aprende a nadar en aguas que nunca debieron existir.

Y ahora, dicen, hay que esperar. Esperar como quien espera que escampe un aguacero que no termina nunca. Esperar a que pasen las elecciones… En Estados Unidos (las nuestras no tiene ni fecha en borrador). Eso nos repiten, como si el destino de este país fuera una vela prendida en otra mesa, en otra casa, en otro continente. Eso y que aguantemos el chaparrón. Que sigamos, empapados, con el agua al cuello, mientras ellos miran el cielo ajeno para decidir cuándo nos van a dejar respirar.

Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM