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Soledad Morillo Belloso: La reina y el pirata

 

Isabel de Inglaterra fue reina desde el 17 de noviembre de 1558 hasta el 24 de marzo de 1603. Sucedió en el trono a su media hermana, María, hija de Enrique VIII y Catalina de Aragón, que pasó a la historia como “Bloody Mary”.

Isabel entendió antes que nadie que el mar era una trampa y una oportunidad. Inglaterra no tenía músculo para enfrentarse de frente al imperio español, pero sí tenía hambre, astucia y, con Isabel, una reina que sabía usar la sombra como herramienta.

Mientras la Europa de esos tiempos  la miraba como la hija incómoda de un rey sanguinario y de una reina decapitada, Isabel tejía un poder que no se anunciaba en los salones sino en las rutas marítimas.

La patente de corso fue su jugada maestra: Un papel que convertía al ladrón en instrumento del Estado, al pirata en funcionario clandestino. Inglaterra no tenía flota suficiente, pero sí hombres dispuestos a robar por ella. Isabel, con su mirada de hielo, sabía exactamente cuánto botín necesitaba para sostener un reino que todavía no era imperio pero ya se comportaba como tal.

Los piratas del Caribe —los reales, no los de Hollywood— eran hijos del desorden, criaturas de la sal y la desesperación. Pero cuando Inglaterra les extendió la mano, se volvieron algo más peligroso: Corsarios. Drake, Hawkins, Raleigh… Nombres que hoy suenan a aventura, pero que en su época eran la pesadilla de España. Atacaban puertos, incendiaban barcos, saqueaban cargamentos de plata y oro que venían de América. Y cada tonelada robada era una transfusión directa al tesoro inglés. La reina no tenía que gastar en barcos ni soldados; Solo tenía que firmar un permiso y esperar que el mar hiciera el resto. Era guerra sin declaración, violencia sin responsabilidad, riqueza sin contabilidad pública.

Inglaterra ganó tiempo, rutas,  información y mucho dinero. Los corsarios trazaron mapas, descubrieron escondites, abrieron caminos que luego serían colonias. Jamaica, Barbados, las Antillas: Territorios que primero fueron guaridas de piratas y luego bases del imperio. España, mientras tanto, se desangraba defendiendo un Caribe que se le escapaba entre los dedos. Cada ataque corsario era una grieta en la fachada del imperio más poderoso del mundo. Isabel no necesitaba derrotarlo en batalla; Bastaba con erosionarlo, con convertir el mar en una zona donde la ley española era un chiste y la inglesa una sospecha.

La ganancia inglesa no fue solo económica. Fue política, simbólica y estratégica. Inglaterra aprendió a mandar sin admitir que mandaba, a golpear sin firmar el golpe, a construir poder desde la irregularidad. Los piratas fueron su ejército paralelo, su diplomacia clandestina, su manera de hacer lo que la corona no podía decir en voz alta. La patente de corso fue el documento que inauguró una forma de gobernar que luego se repetiría en todos los imperios: Tercerizar la violencia, legalizar la ilegalidad, convertir al bandido en herramienta del Estado.

Isabel no inventó la piratería, pero sí la convirtió en política de Estado. Y ahí la clave: Inglaterra se hizo imperio gracias a una reina que entendió que el mar no se domina con ceremonias sino con osadía. Los piratas del Caribe no fueron un accidente histórico; fueron el motor oculto de una nación que ascendió robando mientras sonreía. Inglaterra ganó porque supo usar a los hombres que vivían fuera de la ley para construir una ley propia. Y el Caribe, ese territorio donde la sal se mezcla con la sangre, fue el escenario donde una reina escribió su verdadero manifiesto de poder.

Isabel no tuvo amoríos con ningún pirata, pero el único nombre que quedó pegado a ella —como brea en la madera de un galeón— fue Francis Drake. No por romance. Por poder.

Drake hacía por ella lo que ningún lord inglés se atrevía: Incendiar puertos españoles, robar oro, humillar al imperio más grande del siglo. Ella lo protegía, lo financiaba, lo celebraba. Él le devolvía botines, victorias y un aura de reina indomable. Esa cercanía, esa confianza casi íntima, fue suficiente para que la Europa católica inventara el bulo: “La reina virgen tiene un pirata escondido en su alcoba”. Mentira útil, pero mentira al fin.

Los otros nombres —John Hawkins, Walter Raleigh, Grace O’Malley— orbitaban alrededor de ella, pero solo Drake tuvo el privilegio de ser su sombra en el mar.

Drake murió lejos de Inglaterra, sin gloria y sin ceremonia, en 1596, frente a las costas de Portobelo. Había salido a una expedición que terminó en desastre: Derrotas consecutivas, barcos enfermos, una tripulación agotada y él mismo consumido por la disentería, ese mal que no perdona en el trópico. Cuando entendió que no volvería a levantarse, pidió ser enterrado como vivió: En el mar. Lo metieron en un ataúd de plomo y lo dejaron caer al agua, hundiéndose rápido, como si el océano lo reclamara. Su muerte fue silenciosa, sin épica, pero con una imagen que parece escrita para él: Un pirata desapareciendo en la profundidad que lo hizo leyenda.

Isabel murió lentamente, como se apaga una vela que ya no tiene para dónde arder. Se fue consumiendo en Richmond, rodeada de cortesanos que la miraban con ese terror reverencial que solo inspira un monarca que ya no es monarca sino reliquia. No dormía. No comía. No hablaba. Se quedaba horas de pie, apoyada en cojines, como si acostarse fuese admitir la derrota. El cuerpo se le volvió una jaula: El maquillaje de cerusa —plomo puro, veneno lento— le había ido carcomiendo la piel, la sangre, los órganos. La melancolía hizo el resto. La muerte de sus íntimos, el fantasma de María Estuardo (su prima a la que condenó a muerte), la certeza de que el tiempo ya no obedecía.

Cuando por fin se dejó caer en los almohadones, ya no quedaba reina, solo una mujer exhausta. El anillo de coronación, incrustado en la carne después de casi medio siglo sin quitárselo, fue arrancado. Una semana después, el cuerpo cedió. No hubo diagnóstico claro: Ella prohibió autopsias. Pero todo apunta a lo mismo: Intoxicación crónica por plomo, infección, desnutrición, tristeza. Una mezcla que mata sin prisa, sin espectáculo, sin redención. Y cuando la embalsamaron, el cuerpo se hinchó, se deformó, como si incluso en la muerte se negara a ser dócil.

Y si uno mira a Venezuela hoy, el parangón es inevitable. Aquí también se ha perfeccionado una forma de poder que opera desde la sombra, una especie de patente de corso contemporánea donde grupos irregulares, redes opacas y operadores sin rostro hacen el trabajo que el Estado no admite públicamente. Igual que Inglaterra en el siglo XVI, el poder venezolano aprendió a tercerizar la violencia, a delegar funciones en manos que no figuran en ningún organigrama, a construir poder desde la irregularidad. Pero a diferencia de Isabel, que usó a los corsarios para levantar un país, en Venezuela la sombra no fortalece al Estado: Lo devora. La piratería moderna no enriquece al Estado, lo vacía; no abre rutas, las clausura; No expande el territorio, lo fragmenta. Es el mismo mecanismo, pero invertido: Donde Inglaterra encontró ascenso, Venezuela encuentra desgaste. Y el mar de petróleo sobre el que estamos se ha vuelto espejo de un país que navega sin brújula mientras otros, desde la penumbra, deciden el rumbo.

Al final, lo que deja esta historia —la del Caribe del siglo XVI y la de la Venezuela de hoy— es una advertencia que corta como  machete afilado: El poder que se ejerce desde la sombra siempre termina pudriendo todo a su alrededor. Isabel jugó con la oscuridad para construir un país que luego dominaría medio mundo; aquí, en cambio, la oscuridad se ha vuelto un agujero que traga instituciones, territorio, riqueza y futuro. Cuando el Estado renuncia a ser Estado y delega su fuerza en manos sucias, pierde algo más que control: Pierde sentido, rumbo, alma. Y así como los corsarios ingleses abrieron rutas que hicieron imperio, nuestros piratas contemporáneos convierten el país en un archipiélago de feudos.

Y sí, en esta historia nuestra hay un “pirata” y una “reina”. Solo que el pirata se pavonea en la corte (cosa que no hacía Drake) y la reina parece tener todos los defectos y mañas de Isabel y ninguna de sus virtudes.

Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

 

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