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“Estuvimos a un whisky…”, por Soledad Morillo Belloso

 

Corbeta Caldas de Colombia.

Lecturas de finde.

La crisis del Caldas, aunque tuvo fechas precisas, protagonistas claros y un riesgo real de conflicto, terminó oliendo más a Caribe bullanguero que a guerra. Fue un episodio breve —días tensos de agosto de 1987— pero tan cargado de nervios, orgullo y confusión diplomática que todavía hoy parece increíble que no haya terminado en algo peor. Un susto con uniforme, un amago de tragedia que por poco se convierte en sainete.

Yo tenía 31 años cuando ocurrió. Tenía amigos colombianos, gente entrañable que conocía bien las tensiones históricas entre ambos países. El 9 de agosto, la corbeta ARC Caldas cruzó hacia aguas del Golfo de Venezuela, ese mar que los dos países reclaman como si fuera seguir los dichos de un abuelo testarudo que dejó herencia sin testamento. Para Colombia, eran aguas “no delimitadas”; para Venezuela, una incursión en su soberanía marítima. Y allí comenzó el enredo.

No era la primera vez que el tema de la delimitación marítima encendía ánimos. Desde el Tratado de 1941, que resolvió los límites terrestres pero dejó el mar en un “ya veremos”, Venezuela y Colombia venían acumulando frustraciones, negociaciones fallidas y mapas dibujados según el humor del día. Cada intento diplomático terminaba en un portazo. Cada propuesta, en un gesto de desconfianza. El Golfo era una herida abierta que nadie lograba cerrar.

En Miraflores, el presidente Jaime Lusinchi —más dado al diálogo que a la épica militar— recibió la noticia como una bofetada. En el Palacio de Nariño, Virgilio Barco lidiaba con un país en combustión interna: guerrilla, narcotráfico, crisis política, asesinatos selectivos. Y sin embargo, bastó un barco en el lugar equivocado para que ambos gobiernos se pusieran tensos como cuerdas de cuatro.

La reacción venezolana fue inmediata: Movilización de tropas, miles de soldados desplegados, aviones F‑16 recién estrenados rugiendo sobre el Golfo, generales luciendo uniformes que olían a glorias pasadas. Colombia respondió con rigidez, porque ningún gobierno quiere aparecer débil en una fotografía internacional. En cuestión de horas, la frontera se convirtió en un escenario donde cualquier chispa podía encender una fogata.

La prensa hizo lo suyo, en ambos países: Titulares inflamados, expertos opinando como si estuvieran narrando una final de béisbol, y la gente en las calles diciendo “esto se va a poner feo” con ese tono de fatalismo caribeño que mezcla susto, resignación y un poquito de morbo. En las radios, los locutores hablaban con voz grave, como si la guerra fuera a comenzar al terminar el noticiero.

Al final, la OEA metió la mano, Argentina empujó un poco, y el Caldas se retiró con la dignidad de quien sabe que ya hizo suficiente ruido. Venezuela bajó el tono. El Golfo volvió a ser mar y no escenario. Y los dos países siguieron adelante, como vecinos que se pelean por la cerca pero igual se saludan cuando se cruzan en la panadería.

Pero más allá de los comunicados, de los mapas y de los discursos inflamados, la historia tuvo también su lado humano, ese que nunca aparece en los libros pero que define la realidad. El general Álvaro Valencia, del ejército colombiano, hombre inteligente y encantador, de voz grave y mirada curtida por demasiadas madrugadas difíciles, me contó detalles del episodio que francamente sería de muy mal gusto revelar. Cosas que solo se dicen cuando la formalidad se afloja y la memoria se vuelve confesión.

Y sin embargo, de aquella conversación en su casa, hubo una frase suya que se me quedó pegada como salitre en la piel: “La verdad, estuvimos a un whisky de caernos a trompadas.”

Ahí está todo: La diplomacia convertida en pulso, el orgullo nacional servido en vaso corto, el Caribe metido en un trago. Una crisis internacional que, por un instante, dependió más del nivel de alcohol que de los tratados o los mapas. Una disputa fronteriza que casi se resolvió a golpes… Y se evitó gracias a un sorbo. Y los belicistas de ambos países, pues se quedaron con las ganas.

Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM