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Soledad Morillo Belloso: Ese país que inventaron

 

Una mentira hay que inventarla; En cambio la verdad es tan fácil. Alejandro Casona, Los árboles mueren de pie

Es una mentira mojada, un decorado que se deshace como papel periódico bajo la lluvia. Lo pintaron con colores chillones, creyendo que la miseria podía cubrirse con brochazos de optimismo barato. Pero el cartón siempre termina mostrando el moho. Ese país huele a oficina alfombrada, a aire acondicionado que nunca falla, a café importado servido en tazas que jamás han sentido el temblor de una mano que madruga para sobrevivir. Es un país de PowerPoint, de cifras barnizadas, de discursos que suenan a detergente barato: espuma, espuma, espuma… y debajo, la nada. Una nada que se esconde, que se maquilla, que se vende como milagro.

La verdadera Venezuela —la que  conocemos, la que nos arde en la memoria como una quemadura vieja— es otra cosa. Es un animal vivo, sudado, terco, que respira con dificultad pero respira igual. Es un país que huele a mar bravo en Macanao, a tierra mojada del Sur del Lago, a los morichales a los que les cantó Simón, a olor a gasolina que se pega en la ropa, a mango maduro que cae sin pedir permiso. Es un país que se sostiene con remiendos, con rabia, con inventos improvisados, con la terquedad de la gente que aprendió a sobrevivir sin mendigarle nada a nadie. Gente que ha visto cómo la vida se vuelve un ring, y aun así se levanta, se sacude el polvo, se acomoda la dignidad y sigue. Dignidad: palabra ausente en el diccionario de los hunos y algunos de los otros.

Esa Venezuela inventada es dócil, obediente, perfumada. La real, en cambio, es áspera, indomable, insolente. La inventada sirve para discursos; la real exige memoria. La inventada es un cuento; la real es una cicatriz. La inventada es un decorado; la real es una respiración que no se puede silenciar. La inventada es un país que se mira desde lejos; la real es un país que se siente en la piel, que se mete bajo las uñas, que deja marcas que no se borran ni con el tiempo ni con la distancia.

La Venezuela verdadera no cabe en ningún relato del régimen porque no nació para ser vitrina. Se filtra por las grietas, se cuela en las conversaciones, se esconde en las miradas, se revela en la rabia y en la ternura. Es un país que no se deja domesticar. Es un país que ya no se deja violar, que ya no se deja caer a cobas. Y aunque intenten cubrirla con telones de cartón, terminará rompiéndolos con la fuerza de lo que es: una verdad que no se arrodilla.

La esperanza de vida en Venezuela dice que las mujeres duran, en promedio, 76,66 años, y los hombres 68,89. Las cifras son frías, pero cuando las pongo frente a mí, me dicen que me quedan poco más de seis años. Seis años no son nada. Seis años es un parpadeo. Seis años es apenas el tiempo que tarda una herida en volverse cicatriz. Y no creo que ese parpadeo alcance para ver nacer ese nuevo país que se parece al mío, a ese que llevo en la memoria.

Pero aun así —y aquí está la parte que me sorprende, que me sostiene— empiezo a sentir que  algo, muy pequeño, muy terco, indetectable por los idiotas, empieza a insinuar que reconstruir no es una fantasía, sino una posibilidad. Hoy discuten en la AN, ese tinglado de amorfías, la reforma del artículo 65 de la Ley Orgánica del TSJ para modificar la composición del Comité de Postulaciones Judiciales. Bue… algo es algo.

No sé si me alcanzará el tiempo de vida. Pero sé que me alcanza la lucidez para reconocer cuando un país, incluso hecho pedazos, empieza a buscar su forma original. A pesar de los hunos y algunos otros que quieren mantener este estado de cosas.

Inventaron un país imbécil, a su imagen y semejanza. Y esa imbecilidad es la que se los come por dentro.

Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

 

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